La dirección del Australian Open está demostrando una falta total de tacto para con los tenistas. Es una cuestión de simple sentido común. Si se avisa a Australia sobre la ola de calor que asola el país, si las altas temperaturas -hasta 44ºC marcaba la previsión de este miércoles- ocupan las portadas de los principales diarios, advirtiendo a la población sobre "riesgo de ataques al corazón", parece poco aconsejable ponerse a correr a las 15.00h. Jornadas de tenis que abarcan desde las 11.00h hasta cercar, y en ocasiones traspasar, la medianoche parecen vivir ajenas a tal paisaje. Han tenido que pasar tres días para, en las horas centrales del miércoles, dar el paso.
El oscurantismo de una regla de calor extremo que responde a diversos factores (temperatura, humedad, radiación, viento) para entrar en funcionamiento deja a discreción del torneo la interrupción de la actividad. Pese a temperaturas que superaban los 40ºC en jornadas previas, el motivo esgrimido para no detener los encuentros radicaba fue una "insuficiente humedad". Jugar a 40ºC es sano si el ambiente es seco, parece ser el mensaje. Únicamente el parón de 10 minutos entre segundo y tercer set, aplicable en exclusiva a la competición femenina, ha ido sirviendo de parche para sobrellevar la tortura.
¿Es esto un reto añadido que presente Melbourne o una ridícula asunción de riesgos? ¿Es una idiosincrasia asumible del estío australiano o una locura evitable? ¿Algún médico recomendaría la práctica deportiva en estas condiciones? No se trata de un grupo de amigos jugando a las cartas en una tarde de verano. Son deportistas de élite que llevan el cuerpo al límite físico. Si ya de por sí realizan esfuerzos titánicos, no es difícil imaginar sensaciones con una pila de grados.
No es suficiente el desvanecimiento de los recogepelotas, parecen no bastar los rostros enrojecidos de los jugadores desde primera hora de la mañana, tampoco resulta indicativo las alucinaciones de algún tenista, poco parece importar las botellas derretidas ni las reclamaciones de interrupciones en las horas centrales del día, de nada sirve ver a un tipo acalambrado hasta el punto de no poder andar 30 minutos después de abandonar su partido, se hace caso omiso a tenistas cuya tensión arterial necesita ser testada y su cuerpo restregado con bolsas de hielos para soportar el sofoco.
¿Qué más tenía que pasar para que alguien tomara una decisión al respecto? ¿Dónde está el límite de sufrimiento para coger el toro por los cuernos? ¿Qué tiene que suceder para que se den cuenta de que un esfuerzo a 40ºC puede traer algo más que un mareo? ¿Estaban esperando a una hospitalización, quizá un ataque o tal vez algo más serio? Hasta Andy Murray, tres veces finalista, ha pedido reflexión en torno a ello. "Es fácil decir que no sucede nada. Sólo bastará que pase algo malo (para reaccionar)".
Parece más importante mantener al día el calendario del torneo. Detener en estos momentos un evento del calibre de un Grand Slam supondría un drama a nivel de organización. En la segunda ronda de competición, con decenas de partidos previstos por jornada, el caos es evidente. Sólo a nivel individual, sin contar choques en modalidad de dobles, un total de 32 partidos están programados para este miércoles. Estirar el chicle hasta que la situación sea insostenible y no quede otra que parar. Si entra en acción la Heat Policy Rule, únicamente dos pistas pueden garantizar la continuidad de los partidos hasta el final. Mantener activo el negocio y emplear a los tenistas como mercancía, parece la prioridad - dicho de manera clara.
Parece más respetable el orden de juego que tener el juego en orden. ¿Nadie se ha preguntado por qué los encuentros que alcanzan el quinto parcial son excepción en las jornadas diurnas y en cambio copan últimos turnos? En lugar de atender al sentido común, de actuar con premura ante la evidencia, lo primero que ha hecho el torneo es dar cabida a esta denigrante pieza en su web oficial, donde se vilipendia la figuras de los deportistas tachándoles, entre otros apelativos, de 'florecillas delicadas' por sudar a 40ºC. Con uso del disclaimer para apartarse de la opinión expresada, pero ejerciendo de sonoro altavoz de tal mensaje.
Crucen dedos para que no suceda nada. Porque, según parece, the show must go on. A cualquier precio.


