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Federer, derrotado por Delbonis en Hamburgo

El suizo encaja derrotas consecutivas ante tenistas fuera de top100 por primera vez desde 2002

Roger Federer cayó derrotado a manos de Federico Delbonis en las semifinales de Stuttgart (6-7 6-7) cerrando de manera agridulce su retorno a la tierra batida. El suizo, en una temporada modesta para sus estándares, busca sobre la tierra batida el rodaje que una prematura derrota en Wimbledon le terminó de arrebatar. El cemento norteamericano aguarda en un horizonte cada vez más cercano y las preguntas sobre el suizo vuelven a crecer.

Hubo raqueta nueva, pero apenas hubo rastro del antiguo Federer. Prácticamente cada encuentro competido en Hamburgo ha sido un parto para el helvético, puesto en dificultades ronda tras ronda. Si buscaba ritmo, no obstante, gastar minutos en pista con este tipo de encuentros puede ser positivo. Desde la apertura ante Brands, pasando por Mayer hasta la derrota ante Delbonis. Se trata, cierto es, de semanas bisagra con elementos de probatura de cara al segundo tramo del año a competir en pista dura. Pero conociendo el carácter del suizo poco le habrá gustado mostrar este trazo de vulnerabilidad y la postrera claudicación ante un hombre cuyo nombre va acompañado, hasta el día de hoy, por un ranking de tres cifras.

A diferencia de unos cuartos de final envueltos por las bajas temperaturas que ven a Roger envuelto en un chaleco y lidiando con bolas pesadas, las semifinales reciben la competición bajo el intenso sol del julio alemán. Cancha más rápida, presta para potenciar las dinámicas directas. Panorama distinto que sorprende al suizo, según reconoce en rueda de prensa. A eso se agarra Delbonis para hacer fruncir el ceño a Federer.

Tiempo atrás definía en la Revista Grip el argentino su sino en el tenis. “Al ser tan alto no me la puedo pasar corriendo dos horas y tengo que ser yo el que manda”. Necesidad de ser agresivo, de encarnar un patrón de juego cortado primordialmente por la acción, y rara vez por la reacción. Un libro de estilo tan escueto como certero. Avizorando el panorama desde un vertical de 190 centímetros, el planteamiento debe de pasar por acelerar el curso de los acontecimientos.

Eso no es el 117 del mundo jugando ante una leyenda, es un hombre desbocado jugando con la valentía de los inconscientes. No es un tenista escondiendo sus debilidades, es un hombre decidido a llevar al partido por los derroteros conocidos. Así empuja el zurdo sobre el revés de Federer, desangrado a errores ese flanco, con derechas cruzadas y reveses paralelos. Así abre la pista con reveses cruzados demoledores, poniendo en carrera al suizo y reduciendo al mínimo sus golpes en estático.

Federer, que desembarca en la tierra batida tras haber jugado Wimbledon por primera vez desde 2004, culmina su primera estancia en el periplo de arcilla con sentimientos encontrados. Necesita ritmo de competición antes de encarar el cemento y sale de Hamburgo dejándose partidos por jugar. Precisa de confianza para encarar a los mejores y se marcha de Alemania como lo hizo de Wimbledon: siendo batido por un hombre ubicado fuera de los 100 primeros, enlazando derrotas de este calibre por primera vez desde 2002. El suizo, que se agarra a una raqueta de mayores dimensiones que debe otorgarle mayor margen de error, se desangra fallo tras fallo siendo incapaz de dar réplica al empuje de su adversario.

Después de entregarse antes de los cuartos de final en Grand Slam por primera vez en nueve años, el suizo cede por primera vez en su vida ante un jugador de la generación de los 90. Golpes encajados que se van acumulando en su armadura. Estrenar condición de número 5 del mundo cediendo ante el 122 no debiera entrar en los planes del helvético. Dirigirá sus pasos el de Basilea hacia la familiar Gstaad. Allí, en el resguardo del suelo patrio tratará de construir el último impulso antes de cruzar el charco y pelear sobre una tierra habitualmente fértil para sus intereses: el cemento americano.