Jannik Sinner, un todoterreno, una máquina perfectamente engrasada, un muro que ni siente ni padece, ni se inmuta, él solo golpea la bola, y cada vez más fuerte. Y a su rival, por mucho que sea Novak Djokovic, no le deja respirar, lo va atrincherando poco a poco, lo exprime y, aunque el serbio se deje el alma en la pista, finalmente, lo remata. Así es un partido del número uno del mundo, que no sucumbió ante la presión de unas semifinales de un Grand Slam ni ante el respeto que infunde el tenista más laureado de la historia. Él no se expresa, solo ejecuta. Así que de esta manera tan implacable eliminó al de Belgrado por 6-4, 7-5, 7-6(3) tras 3 horas y 17 minutos y se verá en la final de Roland Garros ante su gran rival, y también criptonita: Carlos Alcaraz.
Mención especial merece Novak Djokovic ¿Qué le lleva a seguir compitiendo después de haber ganado absolutamente todo?, se pregunta el aficionado del tenis. Y la respuesta es sencilla: el hambre, la motivación y el deseo con el que sale a una pista de tenis desde que cogió una raqueta. Esta ha sido su receta para ganar 24 Grand Slams y todos los títulos posibles que puede tener un tenista. Ni un ‘pero’ al tenis del serbio durante este Roland Garros. Lo dio absolutamente todo, simplemente el paso del tiempo señala una nueva época y Sinner ha decidido con mano de hierro que él va a ser uno de sus mejores representantes.
Unos de los duelos que la mayoría de los aficionados estaban esperando. Unas semifinales de escándalo entre dos de los mejores tenistas del mundo. El último representante del Big-3, de la vieja escuela, contra uno de los estandartes de la nueva era. El número uno contra el campeón de 24 Grand Slams. 4-4 en el cara a cara y un solo puesto para la gran final de Roland Garros.
La Philippe Chatrier presentaba un aspecto de día grande, con Andre Agassi en la primera fila, campeón en París en 1999 y ganador de ocho Grand Slams. Y también, con una gran novedad respecto a la primera semifinal: se jugaría sin el techo puesto. Es decir, al aire libre. Un aspecto que, a priori, podría beneficiar a Djokovic.
El serbio aplicaba su plan de juego
Se esperaba un duelo donde el físico jugaría un papel clave, se vio en la primera semifinal donde Musetti colapsó físicamente a pesar de poner contra las cuerdas a Alcaraz. Y Djokovic, con 38 años, quince más que Sinner, pero con el hambre competitivo de un chaval, sabía que si entraba en el duro intercambio de golpes con el italiano saldría perdiendo. Por lo que empezó a aplicar su manual de supervivencia: dejadas, bolas altas, cambio de direcciones.
El objetivo era cortarle el ritmo y la velocidad de crucero al número uno del mundo. Sin embargo, acostumbra este a que por mucho que le exijan y le busquen las cosquillas, casi siempre sale vivo de estas afrentas. Y de una manera muy clara: reventando la bola, metiendo una más y llegando a todas las partes de la pista.
De esta manera se explica el primer break del italiano en el quinto juego del partido. Por mucho que el serbio ejecutase su plan de juego, Sinner imponía un ritmo que empezaba a agobiar a ‘Nole’. Ya no tenía en frente a un Zverev bloqueado y sin ideas, sino al número uno del mundo, una máquina engrasada a la perfección.
Sinner, implacable
El de Belgrado no encontraba respuestas, se quejaba y su cara mostraba preocupación al ver que su juego no hacía ningún tipo de daño. Pero si algo tiene Djokovic es que nunca hay que darlo por muerto. Recuperaba el nivel, insistía en su táctica, salvaba tres bolas de break y llegaba a ponerse 0-30 en el siguiente juego para recuperar el break, pero ahí estaba de nuevo un robot que ni siente ni padece para salvar el juego y colocarse 5-3. Para posteriormente cerrar el set por 6-4 en 46 minutos y demostrar que si alguien le quiere vencer va a tener que exigirle mucho más.
El segundo set no varió las intenciones de ambos, aunque el serbio decidió ser algo más directo y arriesgar, pero Sinner llegaba a siempre, tanto que incluso Djokovic tenía que hacer dos dejadas en un mismo punto para poder vencerle. Se vio en un punto de 26 golpes en el que la Chatrier se puso de pie. No cejaba el campeón de 24 Grand Slams, pero su físico empezaba a mandarle señales. Por mucho que lo diera todo, Sinner era inabordable.
Se maldecía Djokovic porque por mucho que subiera la intensidad, que golpeará más rápido y más fuerte y le pusiera todas las ganas del mundo, el italiano era un auténtico muro. Aun así se revolvía el serbio, que también rugía y celebraba ante la grada parisina cuando conseguía sacar adelante sus saques. El problema era que al resto las opciones eran mínimas y los juegos pasaban muy rápido. Así se antojaba complicado un segundo parcial que poco a poco iba inclinándose a favor del joven de 23 años.
El serbio se dejó el alma
El número uno era todo piernas y potencia. Djokovic se exprimía para evitar ceder su servicio, pero llegó un momento en el que ya no podía aguantar más esas embestidas y Sinner quebraba para colocarse 4-3. El serbio era consciente de que la cosa no pintaba bien, pero la palabra ‘rendirse’ no aparecía en su diccionario. Sacaba Sinner para cerrar la segunda manga, y poner pie y medio en la final del domingo, así que el de Belgrado se revolvió e igualaba 5-5, puro tenis.
Aceptó el italiano la resurrección del 24 veces de Grand Slams, pero no iba a dejar que fuese a más. Sabedor que el partido estaba ahí, cortó de raíz la revolución y devolvía el break, para esta vez, a la segunda, cerrar el parcial por 7-5. Nervios de acero tiene el número uno del mundo, que supo aguantar el empuje de Djokovic. 2-0 y a un solo set de su primera final de Roland Garros.
La intensidad de la batalla y el alto ritmo al que se estaba jugando, pasó factura en la carrocería del serbio, que pedía la entrada del fisio. Se bajaron revoluciones y los juegos se iban sucediendo. No arrojaba la toalla el balcánico, pero cambiaba el plan, acortaba al máximo los puntos porque la gasolina del tanque se estaba vaciando y el set entraba en el momento decisivo: 4-4.
Djokovic se negaba a irse de Roland Garros
La grada quería más tenis y coreaban el nombre de Nole. La manga entraba en ese estado de tensión en el que Djokovic se mueve como pez en el agua y disfrutaba de tres bolas de set para alargar un partido que estaba siendo una oda al tenis. Todo pendía de un hilo, pero Sinner resistió la presión del serbio y de la grada para colocar el 5-5. El tercer set se iba a decidir en un tie break no apto para cardiacos.
El desempate fue una auténtica batalla, ninguno se dejó nada. Solo había dos bestias en la pista de la Philippe Chatrier que honraban la placa presente de Rafael Nadal. Pero como ocurrió durante todo el duelo, cuando la mano tiembla y el corazón se acelera, Sinner se erigió como el verdadero número uno que es. Dominó el desenlace final con el temple de un campeón y rendía a un loable Djokovic que luchó hasta el final y volvió a demostrar por qué es el mejor tenista de la historia.
El italiano se llevó un partido para el recuerdo (6-4, 7-5, 7-6(3)) que quizás confirma el cambio de ciclo y el fin de una época, aunque Djokovic dejó en lo más alto el legado del Big 3, pero tuvo que enfrentarse a una máquina prácticamente perfecta, que no expresa nada ni refleja ningún sentimiento, solo juega al tenis y solo quiere ganar títulos. El domingo tendrá la oportunidad de hacerlo ante otra bestia de este deporte, Carlos Alcaraz. Abróchense los cinturones porque se puede venir una final para el recuerdo.

