El tenis no tiene memoria, la exigencia es máxima y no hay lugar para la relajación. Una pequeña crisis puede minar la confianza a límites insospechados y opacar los éxitos alcanzados apenas un año atrás. Es lo que le ha ocurrido al tenis español femenino en esta temporada 2022, donde nuestras máximas representantes en el circuito WTA han vivido más decepciones que alegrías. Paula Badosa y Garbiñe Muguruza no solo no han ganado todos los partidos que se podía prever, sino que han mostrado una sensación de angustia y desasosiego muy preocupantes para su bienestar deportivo y personal. También hay algunas luces que hacen pensar en un futuro ilusionante, aunque lo que es preciso tener más en cuenta es que todo cambia de forma radical en poco tiempo y que la tristeza actual de las mejores tenistas de nuestro país, puede tornar en alegría desbordante a corto plazo.
Nada hacía presagiar un desplome tan notable como el de Badosa y, sobre todo, el de Muguruza después de que ambas fueran protagonistas en el tramo final del 2021. El título de la española en Nueva York conseguido en Sidney para arrancar el año hacía soñar a todos los aficionados españoles con una temporada gloriosa por su parte. Llegó a ser número 2 del mundo y a tener opciones matemáticas de situarse como la mejor del planeta, pero la presión mediática y la autoexigencia deportiva terminaron por derrumbar su mentalidad. Ese tenis alegre, completo y equilibrado tácticamente tornó en desconfianza, en agobio y desconcierto ante la imposibilidad no ya de ganar partidos, sino de disfrutar en la pista y vencer a rivales de mucha menor entidad que ella.

Las cuatro jugadoras españolas del top-100 han terminado el 2022 en peores posiciones que en 2021
Las escaramuzas triunfales que tuvo Paula Badosa finalizaron pronto con alguna derrota cruel que le cortó las alas y la manera en que finalizó el año en las Billie-Jean King Cup Finals 2022 supuso la firme demostración de cómo fue su temporada. Mucho más grave ha sido la crisis de Garbiñe Muguruza, a la que llegamos a ver llorando de impotencia en la pista. Su título en las WTA Finals 2021 no fue una lanzadera, sino más bien una catapulta infernal que aplastó su frescura en la pista y generó un caos a nivel mental difícil de entender. Ha terminado fuera del top-50 y habiendo ganado dos partidos únicamente en dos eventos: Doha y US Open.
Tampoco fueron mejor las cosas entre las otras dos representantes nacionales en el top-100, como son Sara Sorribes y Nuria Párrizas. La castellonense volvió a hacer gala de su carácter aguerrido y tenis genuino, firmando buenos resultados en la primera mitad de año, entre los que destacaron por encima de todos los cuartos de final en el Mutua Madrid Open. También lo hizo bien en las dos semanas de competición en México, donde alcanzó la antepenúltima ronda, pero no mostró el nivel esperable en Grand Slam. Una lesión en el escafoides del pie derecho hizo que su campaña terminara en el mes de septiembre, precipitando su caída en el ranking hasta posiciones mucho más atrasadas que el puesto 36 en el que acabó el 2021 y el 32 que llegó a pisar este mismo año.
Por su parte, Párrizas ha conseguido consolidarse entre las 75 mejores del mundo, aunque por primera vez en muchos años, no ha logrado dar pasos adelante en su progresión. Cada vez resulta más complicado subir de nivel y hay que valorar muy positivamente la competitividad de la jugadora española, que vende cara su piel en todos los torneos a los que acude y que ha conseguido jugar una tercera ronda de Grand Slam este año, en el Open de Australia 2022, algo que nunca podrá olvidar.
Jóvenes con buena progresión y potencial aún por desarrollar
Las mejores noticias llegaron de la mano de tenistas que sí han explorado sus límites y que transmiten la sensación de poder ingresar en el top-100 del ranking WTA. El caso más claro es el de Cristina Bucsa, aunque también Marina Bassols puede estar satisfecha de su rendimiento este año y mirar con optimismo el 2023. Algunas dudas más han dejado Rebeka Masarova y Aliona Bolsova, que parecían predestinadas a cotas de éxito más elevadas a nivel individual, pero no consiguen estrechar el cerco para meterse entre las 100 mejores del mundo. No hay que perder de vista a dos jugadoras de apenas 20 años que han conseguido grandes éxitos, como son Leyre Romero y Jessica Bouzas, cuya progresión es ilusionante.
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