Roger Federer y la maestría

El suizo impartía lecciones en cualquiera de las distintas pistas que componen el circuito ATP, dando ejemplo con su hacer.

Alejandro Ladrero Benito | 17 Sep 2022 | 08.00
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Roger Federer y la maestría. Fuente: Getty.
Roger Federer y la maestría. Fuente: Getty.

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Sinceramente, no sabía que título poner a este escrito. Entre la marea de epítetos que se pueden utilizar para definir a Roger Federer, este que utilizo sólo es uno de ellos. Por lo que, de alguna manera, reconozco que no hay tinta suficiente para delimitar la figura del crack suizo.

Pensé, como solución, significar de forma metafórica a Roger como el último de los samuráis. Y más tras ver, en el día de ayer, una estadística que exhibía que el suizo, en sus más de 1500 partidos, no se había retirado de ninguno de ellos. Epítome del estoicismo, Federer encarna todas y cada una de las virtudes clásicas, teniendo en cuenta que el de Basilea fue templando su carácter a medida que crecía.

Su praxis como canon

Es evidente que el ex número uno del mundo es un jugador único, de calidad inmensa, irremplazable, etc. Sin embargo, y siendo fundamentales todas y cada una de las cualidades técnicas-físicas, estos no son los únicos ingredientes que uno tiene que meter en una coctelera para que el resultado de el arquetipo de jugador de tenis.

Jugando muy cerca de la línea de fondo, la leyenda levitaba, no parecía moverse a la velocidad que lo hacía. Danzando por la pista, el suizo era capaz de explotar su cuerpo. Un término, este de explotar, que no es baladí, pues el deporte se ha comparado en multitud de ocasiones a la guerra, además de la diferencia, de estirpe aristotélica, entre movimiento violento y movimiento natural.

Para mí, como para Foster Wallace, esa era su principal singularidad. Es decir, su capacidad para escenificar la unión de los contrarios, de lo artístico y lo científico. En cierto modo, el basiliense era capaz de hacer bello el golpeo, o sea, de reencontrar aquello que, en principio, está polarizado.

Esa capacidad de movimientos, esa cinética, podía ser musicalizada, pasar de un vals a una marcha en cuestión de segundos. Muestra ineludible del ejercicio sinfónico con el que nos deleitaba y que incitaba a seguirle con la mirada. Brillando con luz propia, Federer era pura armonía.

Todas las miradas y focos se dirigían a él casi sin quererlo, una especie fuera de lo común, un punto de fuga. Su mano no era un martillo, a pesar de su potencia, sino un cincel. Superaba al rival, pero lo hacía creando una obra para el recuerdo. Su belleza podría ser el sufrimiento del contrario, pero así lo ha sido en multitud de obras. Por ello, ver un partido de Federer me recordaba al visionado de la obra Laocoonte. Su rival, aprisionado e incapaz, era la viva imagen de la desesperación, aunque más plástico, mejorado en su esencia.

Federer era, en definitiva, la ortodoxia, el canon por enseñar. Y no sólo a nivel corporal, al modo del canon de Policleto, sino a nivel técnico. Federer, en dos palabras, era (y es) simetría y proporción.

La maestría

No se debe confundir la maestría con la destreza. De forma simple diremos que ambos términos se pueden disociar, pero son inseparables, por lo que el que disfruta de una cierta maestría lo hacer apoyándose en el dominio de ciertas destrezas. Y esta maestría, que viene determinada por multitud de procedimientos que resultan en conocimientos, se obtiene por la repetición e instrucción adecuada. Pues bien, Roger es la síntesis de la práctica del tenis. La finalidad de la institucionalización del tenis es Roger Federer.

Dominando lo natural y lo artificial con finura y estilo, podríamos decir que si el tenis fuera geometría, Federer sería la proporción aurea. Por tales motivos, si Roger es un maestro, si dominaba todas y cada una de las maestrías, lo es porque con su oficio demostraba en el contrario sus propias limitaciones y las propias determinaciones del juego.

El maestro nos recuerda que ser libre no es hacer lo que se quiera, sino saber lo que se hace. Como diría Cicerón: “La gloria sigue a la virtud como la sombra” (Gloria Virtutem Tamquam Umbra Sequitur).