Andrey Rublev dio el gran petardazo del torneo de Montecarlo tras derribar a Rafael Nadal en los cuartos de final del torneo monegasco (6-2, 4-6, 6-4). Un partido sublime del ruso, que pegó como un boxeador inspirado a un Nadal realmente apagado. El segundo set acabó siendo un futil conato de remontada ante la solidez del moscovita en los momentos cruciales, lo que le asegura su segunda semifinal de Masters 1000 y abre como un melón un torneo que se queda huérfano de sus dos grandes favoritos.
El partido comenzó con un guion inesperado. Fue Rublev el que golpeó primero, capitalizando su primera bola de break y arrebatándole a Nadal el saque. Muchos podrían pensar que esto no sería nada más allá de un espejismo, que Rafa recuperaría pronto la compostura e impondría la lógica en una pista de la que conoce absolutamente todos sus rincones. Y sí, Rafa restableció la igualada en el marcador. Lo que nadie esperaba es lo que iba a acontecer apenas minutos después.
A partir de ese 2-2, lo que empezó a ocurrir en la pista fue... extraño. Cuasi marciano, diría yo. Por un lado, un Nadal absolutamente desconocido. Dobles faltas por doquier. Inseguridad a la hora de continuar el movimiento de drive. Un revés muy corto. Algún que otro error no forzado de los que no tocan. La confianza se veía mermada una vez Rublev volvió a dar otro mordisco en el marcador en forma de rotura de saque... y la confirmaría sin problemas. Rafa empezaba a mostrar algunos gestos de desconexión, incluso, algo totalmente inédito.
Por otro lado, el partido del ruso era simplemente perfecto. Su táctica estaba muy clara: aprovechar un potente primer saque para buscar el revés de Nadal en todos y cada uno de los intercambios. Normalmente un golpe tremendamente fiable, lo cierto es que asfixiar al mallorquín por ese lado de la pista estaba dando muchísimos dividendos. Ya saben, un mal día lo tiene cualquiera. La realidad es que cada vez que el punto cogía fuelle y Andrey encontraba la forma de martillear el revés de su rival, los puntos caían a su favor. Y a veces, ni eso hacía falta: cinco dobles faltas en un set por parte de Nadal. Lo nunca visto, vaya.
Así, el tenista moscovita consiguió quedarse con un primer parcial un tanto gris. Daba la sensación de que a Rublev no le hacía falta abrir la caja de los truenos con su derecha: era suficiente con golpear las mejillas de Rafa sin necesidad de noquearlo. El propio Nadal ya daba síntomas muy claros de debilidad, sabiendo que en Montecarlo un solo set nunca es suficiente.
Sin embargo, el segundo parcial comenzó siguiendo exactamente el mismo rumbo. Andrey se montó en la ola de la confianza y certificó un rosco parcial (seis juegos a cero consecutivos) para abrir fuego en el segundo set. Fue ahí cuando el duelo se fue al barro y Rublev elevó su nivel hasta límites estratosféricos. Cada juego se convirtió en una pelea sin cuartel, con bastantes bolas de break a repartir y con un Rafa peleando casi por inercia, sin sentirse del todo bien pero con su característico pundonor.
Con 2-1 y break a favor, Rublev salvó una bola de rotura de manera impasible. Sacó el juego adelante y, en el siguiente, fue Nadal el que evitó irse dos breaks abajo con varios puntos colosales, destapando el tarro de las esencias cuando más lo necesitaba. Ahí, Rafa parecía que aprovechaba el momentum del partido... pero Rublev se encargaba de cerrarle la puerta, una y otra vez, sacando auténticos misiles que evitaban al manacorí tomar la iniciativa.
La confianza del ruso a la hora de comandar cada intercambio fue absolutamente encomiable, en especial en un segundo set en el que Nadal, sin ser ni mucho menos esa versión agresiva que te machaca en tierra, toleró mucho más el rally largo y se mostró muchísimo más sólido. El saque fue otro gran lastre para el manacorí, una rémora de su mejor nivel y permitiendo a Rublev atacarlo sin piedad.
Sin embargo, un punto pareció cambiar de nuevo el sino del partido. En otro de los interminables juegos a mediados del segundo set, Rublev afrontó una bola de break en contra que tenía ganada: toda la pista libre con una bola al lado de la red. Sin embargo, decidió dirigirla hacia una de las esquinas de la cancha... donde, cómo no, esperaba un tal Rafael Nadal, dispuesto a conectar un passing de revés paralelo que le metía de lleno en un partido que cambiaba radicalmente.
La inercia positiva ahora pertenecía al manacorí, que había subido sus prestaciones en el segundo parcial y que veía cómo Rublev se arrugaba, posiblemente pensando aún en esa oportunidad perdida. Lo que precedió a aquel juego fue una rotura de manera inmediata que mandaba al duelo al set decisivo. Tras haber salido del abismo, parecía imposible que el resultado no fuese otro que una enorme victoria de Nadal, remontada incluida. Una más.
El tercer set, un monólogo bestial
Si leen hasta aquí, probablemente esperen el final de esta película. ¿Qué otro desenlace si no iba a tener? Jugador A recupera lo imposible, manda el partido al set decisivo y con una marcha más a nivel mental despacha el duelo mientras Jugador B piensa en cómo ha desperdiciado el encuentro. Si, encima, uno de esos jugadores es Rafael Nadal... las posibilidades de Rublev al inicio del tercer set parecían mínimas.
Y fue ahí cuando el jugador de Moscú se erigió y mostró que, no sabemos cómo, pero en Montecarlo los milagros existen. Nadal volvió a verse lastrado por un saque absolutamente inexistente que le imposibilitaba tomar el control de los intercambios en su golpe de continuación. Rublev se convirtió en una pantera que se lanzaba en tromba a cada servicio del mallorquín y que, además, subió notablemente las prestaciones con el suyo.
Así, el ruso llegó hasta el 5-1 pegando y volviendo a pegar. Extrañamente, Nadal fue el jugador que se desvanecía físicamente más rápido. Ahogado ante los misiles rusos, Nadal no consiguió nunca sentirse realmente cómodo y recuperar esa chispa a nivel físico que exigiese a Rublev batallar más. Una de esas funciones en las que los 35 años parecen realmente notarse, especialmente si tenemos en cuenta que Rublev ganó los puntos cortos... pero también los largos (más de nueve golpes). Una estadística que lo dice absolutamente todo acerca del nivel del ruso.
6-2, 4-6, 6-2. Andrey Rublev hizo lo que parecía imposible: derrotar a Rafael Nadal en la tierra batida de Montecarlo. Lo hizo por varios factores: físicamente no bajó el pistón en ningún tramo del encuentro, se levantó como un campeón del mazazo de perder el segundo set, y tácticamente supo identificar y explotar las debilidades de un Nadal apagado en todo momento: tanto su revés, que martilleó en busca de las bolas cortas, como un saque manso como pocas veces antes. Nadal ya ha tenido derrotas así en cada gira de tierra, así que sacar cualquier conclusión catastrofista antes de Roland Garros es un ejercicio inútil. Recuerden, lo importante vendrá en Francia. Mientras tanto... Andrey disfruta de una de las mejores victorias de su carrera, si no la mejor. Crónicas marcianas desde Montecarlo.

