En número. En perfiles. En diversidad. La generación francesa que nació allá por el comienzo de este siglo, a caballo entre los dos primeros lustros, fue seguramente la mejor de la historia de Francia desde que se implantó la Era Open. Jo-Wilfried Tsonga, Gael Monfils, Michael Llodrá, Richard Gasquet, Julien Benneteau, Gilles Simon o Jeremy Chardy sumaron para Francia una nómina de grandes jugadores que, si bien marcados competitivamente por la exigencia de ganar un Grand Slam, supo darle consistencia y vigencia a la nación francesa durante muchos años.
Francia venía de Guy Forget, Cedric Pioline, también de Arnaud Clement, Sebastien Grosjean o Nicolas Escudé, buenos jugadores que no llegaban a otorgarle a su país esa condición de potencia. Fue con la aparición de tres talentos singulares, Tsonga, Monfils y Gasquet, estos dos últimos despertando todo tipo de elogios y expectativas en su adolescencia e infancia (Monfils fue número 1 del mundo junior y tricampeón de Grand Slam junior en la misma temporada), cuando Francia pensó en que el Grand Slam era posible. Los tres tenían la virtud de lo diferente.

Y los tres presentaban cosas originales, sentidos únicos. Lo circense y exuberante en Monfils, la descomunal potencia de Tsonga, el delicado toque de revés de Gasquet. Junto a ellos, grandes secundarios para darle a Francia una suma de 10 o 12 jugadores dentro del top-100 que emparentaba su nivel con el Argentina o España.
Pero esa etapa parece estar llegando a su fin. La discontinuidad física, el desgaste de la edad y la peculiaridad competitiva de algunos de esos, ha llevado a dicha generación a aceptar su actual papel. El número 1 francés a día de hoy se llama Lucas Pouille, mientras es Adrian Mannarino el segundo mejor clasificado, alguien que siempre estuvo por detrás en cuanto a expectativas. El ranking y la realidad ve a Tsonga en el puesto número 37, a Gasquet en el 38, a Monfils en el 42, a Benneteau en el 59, a Simon en el 71, o a Chardy en el 81.

La época en la que tres jugadores galos rondaban el top-10 y opositaban a ganar la Davis como una de las escuadras más profundas y versátiles del mundo, parece haber llegado a un cercano fin. Sin el Grand Slam bajo el brazo, con el físico dando toques de atención, Francia tiene ahora en Lucas Pouille la principal esperanza. Cumplidas o no las expectativas, pues levantaron la ensaladera a falta de Roland Garros, la generación tricolor parece apagarse.

