Novak Djokovic: El Reencuentro

El serbio despacha con muchísima personalidad a Dominic Thiem y se mete en su octava final en Roma. Golpe de autoridad en toda regla.

Le hacía falta un partido así a Novak Djokovic. Una tarde (en este caso noche) en la que el serbio, desquitado hace tiempo de la etiqueta de favorito, lograra deshacerse del hombre con más focos del vestuario. Lo intentó en Madrid ante Nadal pero el resultado fue un suspenso considerable. En Roma, ante Dominic Thiem -el hombre que había dejado fuera al español-, se presentaba de nuevo la oportunidad de dar un golpe sobre la mesa y recordar a todo el mundo que su nombre todavía está llamado a grandes cosas, las mismas que lucen desde años en sus vitrinas. El resultado (6-1, 6-0) puede parecer escandaloso y, de hecho, lo es, pero el de Belgrado puede sacar aspectos mucho más positivos que una simple victoria después de una jornada tan gloriosa como la de hoy.

Lo primero, por supuesto, el pase a su octava final en el Masters 1000 de Roma, números al alcance de muy poquitos elegidos. Por la mañana le tocaba vencer a Del Potro en un partido aplazado por la lluvia; por la tarde, con medio día menos de descanso que su rival, esperaba Thiem, la gran sensación del vestuario. Un hombre que nunca le había inclinado (4-0) pero al que todo el mundo ya viste de gran candidato a Roland Garros y cualquier certamen que pueda disputarse sobre polvo de ladrillo. “Muy bien”, pensó Novak. “Vamos a ver si recuerdo cómo se jugaba a esto”.

El partido de Djokovic es una lección de cómo desarrola la práctica del tenis desde el primer punto hasta el último. Sí, incluso el primer punto, un intercambio de 20 golpes durísimo que acaba en las garras de Thiem. Pero ya saben que esto no es como empieza. El número 2 del mundo empezó mostrando una tranquilidad impropia del lugar pero totalmente normalizada en su historial. A partir de aquí, con toda la paz y el amor de su corazón, comenzó su exhibición. Un solo error no forzado en toda la primera manga sirve para ver la solidez que actualmente acompaña al campeón de 12 Grand Slams, rozando una perfección que se le quedaba muy lejana de igualar a Dominic.

Si hace un año nos dicen que ver un baile de Djokovic nos iba a llevar las manos a la cabeza seguramente no nos lo creeríamos. Aquello que llegó a ser el pan de cada día hoy es una noticia que llevábamos esperando cinco meses. Desde Doha, primer torneo del curso, que no veíamos a Novak meterse en la disputa por un título. Desde el verano pasado en Montréal que no alcanzaba la última ronda de un Masters 1000. Demasiado tiempo para alguien que funcionaba ya con el piloto automáticos, datos que posiblemente rondaran su cabeza pero que todavía no estaban asegurados.

Segundo set, vuelta a empezar y Djokovic empieza con break a favor. No era el primer grito que emergía de su garganta esta tarde pero sí que fue, sin duda alguna, el que más rabia propuso. “Aquí estoy yo, de nuevo, para callar todas las bocas que le perseguían”. Imparable es la palabra que hace justicia a lo vivido este sábado en el Foro Itálico, la condición de un hombre tocado por una varita mágica y la impotencia de un joven que se fue a casa con un juego en la maleta. ¿Dudaban de él? Pues parcial de 12-1 ante el número 7 mundial. Lo sé, había tardado demasiado en aparecer, pero parece que el vigente campeón de Roland Garros ha encontrado el secreto de su tenis justo a tiempo.

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