Ocho años después, Serena Williams y Venus Williams van a revivir lo que durante el comienzo de este milenio significó un duopolio familiar que recuperó para Estados Unidos el dominio de un circuito que la alemana Steffi Graf hizo suyo como nunca antes. Además, dicha transición trajo el juego físico y vertical propio del tenis de hoy, algo que no hicieron en soledad, pues junto a ellas, el top-10 agrupó una cantidad de calidad absolutamente extraordinaria. Pero ellas dos, juntas, marcaron una época entre 2000 y 2007.
Ocho años también es la cantidad de tiempo que Venus Williams no pisa una final de Grand Slam. En su caso, perdida la costumbre que nunca ha dejado de perder su hermana menor, el mérito es doble por sus circunstancias. Para Venus, competir tras superar una grave enfermedad (síndrome de Sjögren), ya fue un triunfo. Mantenerse sana, prolongar su carrera y ser competitiva entre las 25 mejores del mundo, sabiendo que las ganas seguían intactas, era motivo de celebración diaria.

La mayor de las Williams no ha dejado de progresar hasta dar con este rendimiento. Su final en Melbourne no responde a un golpe aislado o puntual entre síntomas de decadencia, sino a la culminación de tres temporadas sólidas, firmes, libres de lesiones y de baches negativos. En 2014 finalizó 19ª, en 2015, 7ª, y en 2016 volvió a quedar entre las 20 mejores (19ª). Venus acumula cuatro Grand Slams consecutivos llegando a la segunda semana, algo que no lograba desde 2010, hace ahora 7 años. Desde la calma y la veteranía, su tenis respira de nuevo, con su sempiterna agresividad desde el fondo.
Lo de su hermana es bien distinto, porque recientemente ha atravesado uno de sus picos históricos en cuanto a rendimiento, y ya es decir observando su trayectoria. Serena, que recuperará el número 1 si vence en la final, sigue marcando el paso del tenis femenino aunque no lo haga todas las semanas. En ella sigue depositándose el mejor servicio, los mejores golpes y la mejor mentalidad para competir y alzar la voz entre todas las demás. Nadie posee un instinto tan superior y así será mientras su cuerpo y su hambre persistan.

La final no guarda ningún secreto a nivel táctico, pues sus estilos, calidad a un lado, se asemejan. Necesitadas de iniciativa, de un gran primer servicio y acelerar con sus golpes de fondo, la final del Open de Australia verá levantar el título a aquella que consiga realizar todo eso en momentos de presión si la cita es ajustada. Aunque amplia favorita, Serena Williams también es la que manejará más tensión y expectativas. Si bien en palabras de ambas en la previa, la derrota sería más dulce que nunca, un grande está en juego. El apellido de la ganadora ya se sabe.

