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Mío
Roger, eres mío. Sólo mío. Miísimo. Ese mío tan tuyo del que me enamoré viendo jugar sobre una pista de tenis hace tantos años.
Mío. Solo mío. Miísimo. Más mío no puedes ser. Y no porque yo te lo diga, sino porque así lo ha decidido tu Betterer.
Mío. Solo mío. Miísimo. Ese mío tan tuyo del que me enamoré viendo jugar sobre una pista de tenis hace tantos años. Ese tuyo tan nuestro que ahora sufro por no verte competir. Es un mío un poco egoísta, porque yo también considero tus títulos como míos. Porque contigo aprendí que hasta que tú no habías llegado, no sabía lo que era el juego perfecto sobre una pista de tenis. Porque mi máxima aspiración es poder seguir viéndote jugar por mucho más tiempo. Aún cuando en la suela de tus Zoom Vapor traigas arena de otra pista.
Mío. Sólo mío. Miísimo y ya está. Sufro cuando me entero que te bajas de un torneo. Por eso, siempre que vuelves a entrenar me alegro tanto como si fuese el día de Navidad. Los dos sabemos que el tiempo corre en tu contra y que más pronto que tarde, todo llegará a su fin. Pero esto que te ofrezco es una admiración infinita. Más allá de lo que dure tu carrera tenística. Porque tú eres más que un tenista. Eres un ejemplo a seguir en muchos aspectos de la vida.

Mío. Miísimo. Más que mío y de verdad. Mío porque cuando era estudiante me gasté mis ahorros en ir a verte jugar. Mío porque el día que te conocí en persona y me diste la mano no lo voy a olvidar. Yo que me había creído que no idolatraría tanto a ningún tenista. Hasta que hubo a alguien a quien temí no volver a ver jugar nunca más. Y a estas alturas de partido me descubro sufriendo por ver que ya estamos finalizando el quinto set de tu carrera y aquí no hay tiebreak. Este Nadal nunca deja de pegarle hostias a la bola. Este Djokovic es de armas tomar.
No me malinterpretes, sé que también le gustas a otros. Es lo lógico que suceda, cualquier otra cosa sería poco normal. Imagino que a ellos les pasó lo mismo que a mí al verte. Cómo no le va a ocurrir a otro, cómo les voy a culpar. Y a ti mucho menos, si lo que me gustó de ti desde el principio era esa manera de danzar sobre la pista. Esa manera de tirar la derecha. Ese revés que parecía que habían sacado de la foto de un libro técnico sobre cómo se debía pegar de verdad. Esa forma de acabar los partidos casi sin sudar.
Si te soy sincero, temo que me dejes. Por mucho que me diga que lo tengo asumido, me intento engañar. Cada día me despierto con la angustia de abrir Twitter y leer que te retiras. No creo que esté preparado todavía para una noticia así. Y cuando llega la noche y no ha ocurrido, pienso en el regalo que me da la vida y el deporte de poderte disfrutar 24 horas más.

Han sido muchos los que han pasado por una pista de tenis. Muchos han seguido a otros tenistas pero sólo tu fan sabe lo que es ganar todo lo que tú has ganado. Sólo aquél al que le apasionas sabe lo que es alegrarse de ganar Roland Garros en territorio vetado. Sólo aquél conoce a qué saben las lágrimas de una derrota tras 5 horas de final en Australia pensando que no lograrías alcanzar a Sampras. Sólo aquél sintió aquella Davis como si fuera suizo aunque naciera a miles de kilómetros de los Alpes.
Mío. Oh, sólo mío. Porque eres puro talento. Cual composición de Mozart. Cual obra de Da Vinci. Cual teoría de Einstein. Cual ley de Newton. Cual golpe tuyo. El que sea. Sí, soy mío y eres tuyo. Lo tuyo, lo siento mío, y nada deseo más que convertirme en mayor de edad en cuanto a Grand Slams. No sé si sabes a lo que me refiero.
Podré hacer mil artículos sobre ti. Podré escribir sobre tus inicios, sobre tu vida, sobre tu carrera, pero nunca jamás querré escribir ese último. El que ya sabes sobre qué hablaría. Ese día tendrá que llegar, pero hasta entonces seguirás siendo mío. Y de nadie más.
Porque para escribirte, describirte y prescribirte ya no encuentro ni siquiera las palabras que puedan definirte.