La experiencia de ver jugando a Milos Raonic es mitológica. Recuerda a dioses y a héroes. Hay una arena minóica azafranando el cielo cuando está en la pista. Su porte monumental, su semblante impasible y un poco perdonavidas, su tamaño, sus movimientos tranquilos, sus pasos como acordes de sinfonía de Beethoven, lo hacen recordar a Talos, el gigante de Bronce protector de Creta.

Mientras el Dios Tenis aguarda a Federer, como quien espera a alguien para que en el futuro no sea siempre de noche, Raonic sigue a lo suyo. Lleva, desde cuando era un crío aunque aún de los bajitos, pero madrugaba, a veinte bajo cero para estar a las 6:00 frente a la máquina de bolas, sabiendo adonde va.
Verlo sacar, con ese vaivén previo a la detonación en clave de condensador de fluzo; o cañonear derechas desde el fondo; volear en la red casi siempre con excelencia, mientras trabaja la táctica como para ejemplos de un libro; tan gigante, tan colosal, es como ver Talos amaneciendo tras los peñascos, persiguiendo a Jasón y a su grupo de Argonautas.

Después de que la bola rebote despachurrada contra la pista, y salga disparada inexorablemente hacia el fondo, y alguien diga ace, y suenen los aplausos y la cámara enfoque a Raonic, cada vez, se hace un silencio. Un silencio más lleno que el anterior de la presencia de Milos. Y de sus pasos. Unos pasos firmes que se escuchan, en alguna parte solapada con la realidad, yendo sin vacilar como hacia un gran sol de fondo, un sol de atardecer en un cielo encarnado que podría no ser un sol sino algo más grande.

