Federer, y unos pocos, mueren como héroes

Roger Federer, después de mirar a su alrededor tras los dos primeros sets y no ver apenas a nadie, se levantó y murió como un héroe junto a sus más fieles.

Iván Alarcón Tortajada | 28 Jan 2016 | 18.01
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Fue Hannah Arendt quien escribió que la suerte más triste de un héroe sería no morir como un héroe, cosa que Alejandro Gándara interpretó mucho tiempo después como la idea no sólo para los héroes, sino para todos nosotros, de que el héroe honra su heroísmo muriendo en marcha.

Si Gándara tenía razón y la idea sirve para cualquiera; y si en cierto modo los seguidores de Roger Federer anduvieron en el mismo camino que él durante la semifinal contra Djokovic, entonces no cabe duda de que él demostró ser un héroe y la mayoría de los demás no.

Todos, cuando arrancó el partido, salieron a la campaña juntos: Federer y su ejército, que son sus fans, pero en el anochecer del segundo set estaba prácticamente solo.

Leer, en ese momento, las predicciones que del destino del suizo —y en cierto sentido del suyo propio— hacían sus seguidores, era contemplar un desolador panorama de deserciones.

Roger Federer, el jugador más amado de la historia del tenis, aún incluso con la guerra sin terminar, de pronto era el más abandonado.

Tal vez una de las causas del vacío existencial tan caracterizador de las sociedades posindustriales sea que la fe en los dioses modernos (por ejemplo los deportistas) tiene a menudo un recorrido muy corto y una naturaleza desleal.

Un auténtico creyente no cree y sigue a su dios sólo cuando está haciendo milagros. Rafa Nadal sabe mucho de esto, y cada uno sabe qué tipo de creyente fue hoy. Si uno auténtico, o uno de los que hasta tres veces había negado a Federer antes del canto del gallo.

El heroísmo puede ejercerse en el centro del escenario, bajo los focos del «Rod Laver Arena» aunque también en pijama, viendo televisión; pero en ambos casos un héroe demuestra serlo cuando la tierra es árida, llega la noche, está solo y aterrizan los fantasmas.

En el amanecer del tercer set, rodeado de apenas unos cuantos fieles soldados que creían aún en él, sentados en las gradas, en su silla de ruedas, tras el televisor de su casa o viéndolo a hurtadillas en la oficina, Roger Federer se sobrepuso y peleó para evitar junto a ellos la suerte más triste de un héroe: no morir como un héroe; no morir en la odisea, tras haber sido alentado por la certeza de que el sentido nunca puede encontrarse en la rendición, sino sólo más allá de aquella colina.

Y así fue como murieron. Por el momento.