Federer contra Djokovic o «lo bueno» contra «lo malo»

Federer y Djokovic inspiran una trama que enfrenta a los dos grandes valores, y que se desarrolla medio entre bambalinas

Iván Alarcón Tortajada | 27 Jan 2016 | 18.01
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Novak Djokovic y Roger Federer volverán a enfrentarse en la enésima reedición no de un partido de tenis, sino del partido del tenis.

Hay un amplio acuerdo, aunque por corrección política no confesado por muchos, que asocia a Roger Federer con la idea de «lo bueno» (no en cuanto a éxito sino en cuanto a valor positivo) y a Novak Djokovic con la idea de «lo malo», o como mínimo, de lo no tan bueno. Esta clasificación, seguramente en su día fundada y promovida por partidarios de Federer, para neutralizar al menos conceptualmente a Nadal («pasabolismo», o sea tenis malo), les continúa sirviendo hoy a muchos con Djokovic. Pero igual que los adeptos a Nadal entonces, hoy los adeptos a Djokovic, a quienes teóricamente habría tocado la peor parte, se enorgullecen de serlo. Es decir, no sólo de ser djokovistas, sino de no ser federistas; y entiéndanse ambos conceptos sin sentidos despreciativos.

Federer es pensado por los suyos como se piensa en Dios en el sentido más literal, más sobrenatural. Como algo que con independencia de todo (del mal y de lo malo) está en otra parte, por encima de lo demás.

Las características del juego del suizo, entre las que destaca de manera insólita la expresividad estética, favorecen esa asociación de Federer con la divinidad, que está comúnmente instalada en nuestra memoria gracias al arte popular, donde Dios es representado con formas bellas, plásticas y luminosas.

Finalmente Djokovic es visto por ellos —pero insisto, la mayoría de veces inconfesadamente— como esa gran entidad opositora que sin embargo, más allá de si tiene éxito, es inferior porque no es lo que Federer es. Federer sería la luz y Djokovic la oscuridad, o sea algo que no existe en sí mismo, sino como ausencia del otro, que es la fuente.

Los hinchas de Djokovic, aparte de por descontado sí darle a Nole la cualidad de ser en sí mismo, no rehuyen por otra parte la concepción del serbio como el antifederer. No pudiendo negar al suizo como el tenista más naturalmente celestial, acceden gustosamente a pactar con el diablo. Es irresistible, y profundamente placentera para ellos (y antes para los nadalistas) la idea de ese diablo —un diablo seductoramente terrenal— empitonando con su tridente al dios virtuoso, fotografiable, envuelto en nubes, musical, y finalmente perdedor, que ven en Federer cada vez que ‘Djoker’ lo vence.

Nótese que ‘Djoker’ es un apodo construido a partir de Joker, supervillano (malo) antagonista de un superhéroe (bueno). Pero los djokovistas se sienten encantados con el alias.

Nótese también que Joker representa la diversión hallada en contraponerse a los valores nobles, al mismo tiempo vistos como si en el fondo fueran aburridos, rechazables a pesar de (o precisamente por) su refinación.

Djokovic, para los suyos, aparte de Djokovic en sí mismo, es entre otras cosas el desmentido de Federer como dios, o al menos como un dios omnipotente, que es lo que se supone que un dios debe ser, y desde luego lo que a sus creyentes les gustaría que continuara siendo, a pesar de sus 34 años.

Somos seres mortales que viven como si no fueran a morir.

Las etiquetas y subetiquetas, y sobre todo aquellas dos en donde pone BUENO y MALO, son un arma de doble filo porque por una parte nos hacen el mundo soportable, interpretable; pero por la otra nos lo suelen partir en dos, y ahí caemos en una concepción simplísima de las cosas.

La verdad es que Djokovic y Federer son mucho más iguales que diferentes. Ninguno de los dos podría haber alcanzado ese éxito, si aparte de sus virtudes más caracterizadoras, no tuvieran altas dosis de las grandes virtudes del otro. O como le dijo Rafa Nadal a Rafael Plaza en aquella maravillosa entrevista titulada «Un viaje al corazón de Nadal»: “Siempre se ha magnificado mucho mi espíritu, mi fuerza interior, mi lucha y mi entrega. Creo que la he tenido, es evidente, pero hay mucha gente que la tiene. Al fin al cabo, si he ganado lo que he ganado, esto me ha ayudado en ese momento, pero uno no gana lo que he ganado yo si tenísticamente no está superdotado. Es la realidad de la situación […]".

Roger Federer y Novak Djokovic son fundamentalmente dos superdotados para el tenis, por lo demás con algunas diferencias que nos los hacen ver como claramente distintos. Pero son mucho más una igualdad que una antítesis. No constituyen una contrariedad irreconciliable como si donde hay uno no pudiera haber el otro, o como si allí donde se encuentran (conceptualmente) tuviera que haber kárate a muerte porque la coexistencia es, por definición, imposible, a la manera de Bien/Mal.

Dentro de pocas horas, durante el partido, si de verdad quieren verlos, sencíllamente mírenlos, porque en cuanto los piensen, de muchas maneras, se les habrán escapado.

Y que gane el tenis. Por algo es su partido.