Agnieszka Radwanska, voluntad de poder

La mágica jugadora polaca mostró en 2015 el verdadero camino hacia la superación. Un camino de sufrimiento y autopérdida donde el deseo es sólo el principio.

Iván Alarcón Tortajada | 7 Jan 2016 | 10.57
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Ser Agnieszka Radwanska en 2014 aparentaba estar muy bien, claro está, sin contar con que a menudo aquello que aparenta estar muy bien amanece con los sesos volados y un revolver en la mano. Pero aún así no suena nada mal tener 25 años, ser la sexta mejor del mundo en tu disciplina, ganar un pastizal, y encima gozar de una admiración muy especialmente dirigida a ti, porque tu modo de ejecutar el deporte al que te dedicas es exclusivamente hermoso y genuino.

Agnieszka Radwanska tenía eso cuando acabó 2014, que es como decir que había alcanzado cotas de éxito muy superiores a las conseguidas por casi cualquiera, si se entiende éxito sencillamente como el resultado de un propósito. Un propósito que en el caso de Radwanska había sido grandísimo y principalmente deportivo, pero que por lo común requiere de más éxitos acompañantes, como sobre todo el emocional. Saber estar en el mundo generalmente en superávit anímico, automanejando bien las emociones dentro del encuadre en el que vivimos, que es siempre solos y al mismo tiempo siempre acompañados. Siempre necesitando (saber) querer(nos) y ser queridos.

Muchas tenistas y muchos tenistas se hubieran dado —se dan— por satisfechos en la posición número 6 del ranking. Y en la 50. Salen a la pista a hacer lo que ya sabían que sabían hacer, y lo hacen. Y lo hacen bien como casi siempre, y por lo tanto como casi siempre cogen el taxi tras la misma ronda que en el torneo anterior. Dependiendo de quién se trate, esa ronda son cuartos de final, o la final de una qualy, o a veces, la final de un torneo grande para su empeño, pero pequeño para su potencial.

Quieren ser mejores, y lo quieren de verdad, pero querer, por sí solo, tiene muy poca propulsión.

Agnieszka Radwanska, la maravilladora de todos, incluidas sus rivales, a pesar de su gran éxito, no quiso seguir siendo tras 2014 ‘La Profesora’, o no al menos la profesora que continuase viendo cómo eran, finalmente, las alumnas y no ella quienes levantaban todas las grandes copas. Decidió atravesar la línea que separa los conceptos querer y voluntad de poder, que es la misma que separa una tarde de picnic y la agogé espartana. No sólo en el tenis sino en cualquier empresa de la vida, si es que cualquier empresa de la vida y la vida misma no son, en realidad, la misma cosa.

El autor Matti Hemmi divulgó hace algunos años una interesante estructura psicológica multizona compuesta por varios espacios metafóricamente continuados, y entre los cuales el menos amenazante era la Zona de Confort. Cualquiera imaginará aproximadamente lo que es la Zona de Confort, y sobre todo hoy en día, después de que hayan crecido los coach como setas a la sombra de un árbol. Pero el matiz más interesante, y también sin duda el más contraintuitivo aportado por Hemmi, señalaba que la Zona de Confort incluye aquello que nos disgusta, siempre y cuando sintamos que nos resulta conocido. El miedo a lo desconocido —por supuesto repartido en otras zonas—, por definición, no puede sentirse frente a aquello que se conoce y así, la bronca del jefe en la oficina, el atasco cada día por la mañana o, en el caso de Radwanska, la paliza de Serena Williams, serían Zona de Confort porque se dan dentro de un territorio en el que no se han asumido riesgos.

La asunción de riesgos por parte de Agnieszka Radwanska a primeros de 2015 fue, tratándose de ella, especialmente brutal, y se trató de una profunda transformación de su juego. Aga había vivido, durante muchos años, en el overtop, y hasta había rozado el cielo con la punta de los dedos (Final de Wimbledon 2012), pero cerca de sus 25 primaveras pareció ver con claridad no sólo que su juego, definitivamente, continuaría siendo ineficaz contra las rivales a quienes nunca había arrebatado la gloria, sino también contra las jóvenes emergidas del molde para el patrón del tenis del futuro inminente. Cíborgs próximas al 1,90 que la sacarían de la pista a sartenazo limpio. Radwanska, la jugadora más tecnológica del circuito, un sofisticadísimo producto terminado, quiso desarmarse para rearmar algo mejor. Algo mejor que algo maravilloso.

El grandísimo reto significaba no ya entrar en la segunda zona propuesta por Hammi (que es la Zona de Aprendizaje; una zona templada), sino lanzarse directamente a la tercera y última de las tres zonas, que es por descontado la más amenazadora e inquietante. La Zona de Pánico o Zona de No Experiencia. La zona, de hecho, de los grandes retos. La zona hacia donde uno va cuando siente miedo no sólo de perder lo que tiene, sino de perder lo que es. La zona en donde uno teme que pueda morir.

Martina Navratilova, que fue la linterna con la que Agnieszka decidió enfrentar la noche, agotó sus pilas apenas en cuanto Radwanska se metía de lleno en la oscuridad, y salió picando espuelas mediado abril, justo cuando la polaca estaba en el momento más penoso de la temporada. Pero Wiktorowski, entrenador de Aga desde hacía años y aún junto a ella tras la llegada de Navratilova, no sólo no saltó del barco sino que ya desde hacía tiempo lo timoneaba como había que hacerlo. —Observo a Agnieszka y veo que se debate entre continuar con lo que ha estado haciendo los últimos 20 años y probar un tenis más agresivo. Cuando utiliza nuevos elementos, juega con agresividad, más pegada a las líneas y arriesga en el resto, veo que puede hacerlo con mucha eficacia. Pero este tipo de momentos aún son muy escasos. Llevamos trabajando en estas cosas tres o cuatro meses, pero no es suficiente [...] Lo peor que puede hacer es sentarse y llorar. Agnieszka no lo está haciendo. Está pensando en el futuro —aclaraba Tomasz. Y era verdad. La desnaturalización de determinados automatismos iba a requerir tiempo. Cualquier túnel es oscuro y la luz está sólo al final.

Agnieszka continuó trabajando y ciertamente se la veía medio amorfa, cuando a mitad de camino, en esa búsqueda de mayor potencia, su swing, su footwork, su armonía, habían cambiado. Aga afeaba su juego para embellecer sus resultados, pero para colmo, seguía perdiendo. La sensación de mayor auto extravío debió sentirla ahí, y la fe de muchos en ella también se perdió, pero Radwanska no desfalleció.

Poco a poco las cosas fueron cambiando. La aparatosidad que caracterizó el incruste de piezas nuevas dio paso, tras el limado que signficó el transcurso de varios torneos, a una Radwanska que sobre su superficie favorita —la hierba— recuperó la musicalidad.

Las semifinales en Wimbledon fueron el pistoletazo de salida más sonoro hacia una versión de Agnieszka Radwanska, que a base de voluntad de poder, se terminaría imponiendo a varias de las jugadoras que la habían aplastado durante la primera mitad del año, y que eran las mismas por las que había emprendido esa nueva “iniciación, lejos de la civilización.

Y volvería a su pueblo como espartana, o no regresaría”.

Lo escribió perfecto Fernando Murciego después de que Radwanska ganase el primer gran título —por el momento— de su carrera: “La profesora se hace maestra”.