La metamorfosis del tenis femenino

Hace tiempo que la delicadeza se tornó en potencia y juego directo en el tenis femenino con Garbiñe Muguruza como último ejemplo. ¿Cómo fue esa transformación?

Rubén Pérez Serrano | 15 Oct 2015 | 08.40
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El control sin la potencia no sirve de nada. Ese debería el eslogan que presidiera gran parte de los partidos del circuito femenino en los tiempos que corren. Un fuego abierto entre auténticas atletas forjadas en salas de musculación, que perforan, desintegran la pelota a cada golpe. Donde no tienen cabida la estrategia o los cambios de ritmo, donde la preparación física y la pegada lo son todo. La hispano-venezolana Garbiñe Muguruza es el último gran talento que hace alarde de estas condiciones. Una planta espectacular con la que traspasa la pelota y a sus rivales. Si bien todos tenemos a las hermanas Williams como referentes de este estilo de juego. Pero, ¿fueron ellas las que lo implantaron? ¿o viene de más lejos?

Al comienzo de la década de los 90 quizá encontremos la respuesta. Un momento en que la preparación física iba cogiendo una importancia capital y en el que las raquetas de gran cabeza empezaban a ser la tónica a todos los niveles del tenis. Es ahí donde se fraguó el tenis femenino que conocemos hoy en día. El material tuvo gran parte de la culpa. La fibra de vidrio, el grafito o el kevlar dejaron a las raquetas de madera como algo propio del jurásico. El juego de cortados, subidas a la red y toque y precisión en general empezaba a verse subyugado por un despliegue de efectos liftados y velocidad sin igual.

Dos jugadoras icónicas son a menudo señaladas como las precursoras del hard-hitting: la alemana Steffi Graf y la serbia Monica Seles. Ambas poseían una condición física muy buena, especialmente la alemana. Eran capaces de dominar el punto con mucha prontitud, ejecutando golpes devastadores desde la línea de fondo, algo apenas visto anteriormente en el circuito femenino. Seles recurría menos del físico pero estaba más compensada en el revés y la derecha (ambos tiros realizados a dos manos) mientras que Graf se apoyaba en una mortal derecha y en un gran juego de pies para cubrirse un revés más débil y propio de anteriores épocas.

Paralelamente al tenis masculino, el de féminas iba cogiendo velocidad y espectacularidad. Mejores saques, mejores restos y puntos en un visto y no visto. La evolución natural de Graf y sobre todo de Seles recayó en las estadounidenses Lindsay Davenport y Jennifer Capriati y en la francesa de origen canadiense Mary Pierce. En ellas el servicio era un arma que preponderaba en muchos puntos. Y si la bola volvía, devastadores drives o reveses empuñados a dos manos hacían el resto. Quedaban excepciones entre las mejores como las españolas Conchita Martínez y Arantxa Sánchez Vicario o la checa Jana Novotna que buscaban otras vías para dominar el juego.

La metamorfosis del tenis femenino que había comenzado a principios de los 90 con Graf y Seles estaba culminando su proceso a finales de la década con la irrupción de dos hermanas que dinamitarían el circuito WTA, marcando un antes y un después en el mundo del tenis. Venus y Serena Williams, herederas del tenis de las Capriati, Davenport o Pierce, eran la pegada (y aún en 2015, son) elevada a la enésima potencia, y nunca mejor dicho. Su servicio y la aceleración de sus golpes desde el fondo de pista desarmaban el planteamiento de cualquiera que osara a medirse a ellas. Una masa muscular fuera de lo normal aunada con el material más liviano eran un cóctel que sólo invitaba a una cosa: imitarlas.

Las generaciones venideras no han hecho sino reforzar esta tendencia. El imperio de las pegadoras era cada vez más poderoso, con las siempre puntuales excepciones de jugadoras talentosas y diferentes. Muchos renegaban del tenis de hombres por ser excesivamente rápido y sin elaboración. Pero el tenis de chicas no le iba a la zaga, poca paciencia y menos aún variedad de tiros.

Algo totalmente sintomático de que el tenis de puñetazos y bombas sigue su imparable curso es que las hermanas Williams, con sus idas y venidas del circuito, siguen ahí, ganando cuando y donde quieren. Al fin de al cabo, el resto juegan a lo mismo pero con menos prestaciones, y las que no juegan a lo mismo no tienen suficientes argumentos para doblegar ese desborde.

Garbiñe Muguruza es una de las últimas estrellas de la WTA, una de las últimas exponentes de la potencia del tenis femenino. Y de las que más se acercan al nivel de destrucción de bola que ejecutan las Williams. Nadie duda de la vistosidad de este esquema de juego pero si la única manera de imponerse va a ser seguir incrementando los km/h de la pelota, la esencia del tenis se irá diluyendo. Lo ideal, un tenis femenino donde se vea un lucha en igualdad de condiciones entre la pegada y el control y la estrategia. Una nueva metamorfosis donde aparezcan más Justines Henin o Carlas Suárez.