Hasta para ser rebelde hay que pagar un precio si quieres que los demás te soporten, y ese precio es o saber serlo (rebelde), o no saber serlo pero ser por lo demás tan genial como para poder permitírtelo. Eso sin contar con que la rebeldía de los genios no suele incluir bajezas como decirle a un rival quién se folla a su novia, pero de todas formas Kyrgios hasta ahora no ha pagado ni un precio ni el otro y por eso la mayoría no lo considera un rebelde sino un gilipollas.

El australiano parece creer que la irreverencia mola mucho, y tiene razón, pero también la tienen quienes creen que no mola nada cuando no está bien justificada.
Nick tiene algunas opciones, claras a simple vista, con las que sustituir su errónea línea insurrecta actual: o comienza a respaldar con motivos convincentes cada salida de tiesto, o transforma su rebeldía en un producto que finalmente entretenga más de lo que desagrada, o se convierte en el genio que quizás, sorprendentemente, ya se ha creído que es cuando de momento ha ganado los mismos títulos ATP que yo. De lo contrario, nunca ocupará con aceptación mayoritaria ese espacio de chico malo que al final, por definición, si incluye aceptación mayoritaria será porque no incluye verdadera desobediencia. Pero eso no importa, porque a Nick parece que en el fondo la opinión pública le afecta mucho más de lo que pretende aparentar, o no se hubiera disculpado, públicamente, tras la reacción general a su vil comportamiento contra «Wawa».
Caso aparte es haber asistido, como siempre con asombro, a la manera rabiosa con la que muchos aficionados pedían en los foros poco menos que la cabeza de Kyrgios en bandeja de plata. Lo hacían como solemos hacer muchos humanos eso de juzgar un error cuando es de otro: de manera extrema, prácticamente irreflexiva y bastante inmisericorde; pasándonos tres pueblos con la proposición del castigo. Como si perteneciéramos a una raza mejor, como si entre tanto juez ultra castigador no estuvieran los mismos que lanzan a la calle colillas encendidas a través de la ventana de su piso, los mismos que se quedaron con el dinero de esa cartera encontrada en el suelo, los que espiarán a alguien desde detrás de una puerta, chocarán contra un coche estacionado y huirán sin dejar una nota en el limpiaparabrisas, los que se chivaron al jefe de que fulanito nosequé.
Tuvo que aterrizar Rafa Nadal, para recodar a Kyrgios que el deportista es ciudadano antes que deportista, pero también para recordarnos a todos el derecho de cualquiera —no sólo el de uno mismo— a un castigo proporcional, al perdón y a otra oportunidad.


