A título personal esperaba que Wimbledon le proporcionara a Eugenie Bouchard un empujoncito. Que el césped londinense, con su mística y magia innata, le diera el plus que tanto necesita tras una temporada oscura y encapotada; porque qué más elevador que retomar la confianza en tan magno evento –el más prestigioso del circuito– y allí mismo donde en 2014, con bombos y resonantes, le mostró al mundo que era parte de la nueva sangre.
Por esto último llegué a cruzar los dedos, como quien espera que por medio del ocultismo o cualquier fenómeno inexplicable, para que la canadiense plantara cara ante la cuasi-desconocida Ying-Ying Duan (117 mundial, 26 años y primer cuadro principal en Wimbledon), lograra estirar el partido y terminara en una remontada que le ayudara muchísimo más a la moral, esa que está quebrantada desde hace meses. Todo porque, queramos o no, la natural de Quebec se ha ganado el derecho de ser considerada una estrella del mañana, sin importar su momento actual, y porque quien termina sangrando es el circuito femenino, tan necesitado de un aire renovado. Al final quien llegó fue la derrota, la cara de la moneda que tanto ha visto en el último tiempo.

La caída parece ser la gota que ha rebasado el vaso. Todos estábamos expectantes en saber qué le deparaba Wimbledon a una Bouchard que tenía como misión defender los puntos de la final del pasado año; las apuestas incluso estaban en si podía ganar siquiera un partido. Y lo que muchos vaticinaban llegó como rayo en tempestad: salida en el debut y, por consiguiente, una estrepitosa caída en el ranking, tanto que la veremos seguramente fuera del top-30 al terminar el tercer Grand Slam; el ánimo rozando el piso, un futuro tan desolador como el desierto y más dudas que respuestas. Las siete plagas para ‘Genie’.
Ver a Bouchard en esta situación llega a ser tan inexplicable como desgarrador. Una chica de 21 años que destelló en la temporada anterior, brilló con luz propia y estuvo codeándose con las mejores y en menos de un año mira cómo se derrumba el castillo de naipes que había construido con suma dedicación. Todo se fue al hueco en un parpadeo.
Sin embargo, es una verdad sabida que mucho se debea responsabilidad propia: una desconfianza que prepondera en cada pista que toca, una imagen corporal decadente casi desde el primer punto de cada partido, cabeza al suelo, miradas perdidas… a simple vista se nota que en la mente todo está revuelto. Sin soluciones en la cancha, con menor variedad de juego y sin ser aquella que desbordaba con la velocidad, la que dominaba los puntos. Porque es difícil entender cómo se le han escapado encuentros que ha tenido bajo control o por qué ha caído tan fácil con jugadoras que no representan mayor peligro. Y esto pasa porque las rivales han sido capaces de oler el miedo, saben que enfrentar a Bouchard por estos días te da más de una posibilidad de victoria; se crecen y entierran el cuchillo sin piedad. También fue un arma de doble filo exponerse tan de lleno –y tan deprisa– a las cámaras y portadas de revistas, luciendo pomposos vestidos y siendo imagen de múltiples productos, creando a la par una carrera de modelo llegando descuidar su verdadera profesión. Y no es que satanice su intención de generar ingresos, porque está en su libre derecho y para eso trabajamos todos, pero ponerlo como un principal referente a tan corta edad llega a cobrarte en cualquier momento.

Por otro lado, de afuera también han contribuido a la causa. La presión que, consiente o no, imprimieron los medios en ella, tanto que hace poco llegó a comentar que “no hay semana que no le recuerden los puntos que tiene que defender”. Eso te carcome la cabeza. Sin embargo, todo ha sido provocado por el gran despegue en tan poco tiempo en el profesionalismo: en un periodo tan corto pasó a hacer tres semifinales de Grand Slam, a llegar a una final, disputar una Copa de Maestras y hasta a ser la 5 del mundo. Y es que posiblemente se saltó los procesos naturales en la carrera de cualquier tenista. Todo llegó tan rápido y hay un punto donde mantenerse es casi una proeza.
Lo cierto es que Eugenie ahora se encuentra donde termina el abismo. Para su enorme tranquilidad los grandes puntos que tenía que defender ya han pasado y es momento de asumir la nueva realidad con calma y sensatez. Lo ideal es tomar un periodo de receso para acudir a la introspección y exponer cuáles han sido las fallas en la temporada, reconocer las buenas y malas decisiones y establecer determinaciones referentes a ello. Poner sobre la mesa qué fallos hay en su parte técnica y física que no estaban en 2014, mirar el ambiente que la rodea y dictaminar si hay aspectos a cambiar. Ya es tarde para cuestionarse si fue un error alejarse de Nick Saviano y al contrario, centrarse en si con su nuevo entrenador, Sam Sumyk, el tren puede regresar por la vía correcta. Y si no, buscar quien pueda replantear las estrategias en su juego. Además, trabajar en la motivación, porque puedes ser la jugadora mejor dotada técnicamente pero si no hay un estímulo que todos los días te haga tomar una raqueta nada vale la pena.
Para Bouchard este tiene que ser un tiempo de reflexión más que de desesperanza porque puede que no haya peor panorama. Nadie le puede arrebatar que posee talento, pero es momento de reencausarlo. Ni es lugar para sentirse la peor tenista del mundo porque a sus 21 ha logrado mejores méritos que algunas contemporáneas y otras más veteranas del circuito. Nada mejor que traer la videocasetera y mirar lo que logró en el pasado y cómo luchó para conseguirlo. Puede que ella no sea el relevo de Serena más adelante, pero el circuito la necesita.

