Con la victoria en el Abierto Telcel de Acapulco, Grigor Dimitrov ha entrado en un más que posible despegue definitivo en su escalada hacia el tramo más importante y competitivo de su carrera deportiva. Su actual despunte, que le ha llevado a ser número 16 del mundo y 6 en la Carrera de Campeones, ha llegado de la mano de un momento físico esplendoroso, por momentos inabarcable, que no niega escorzo, esfuerzo o implicación en cada golpe por muy difícil solución que tenga. Un trabajo de doble dirección, físico y espiritual, que define bien los métodos de su preparador, el australiano Roger Rasheed.
Tras la exigente y agotadora batalla que libra el búlgaro ante Andy Murray, en semifinales del torneo mexicano, sufre Grigor una caída de tensión y azúcar que apaga las luces de su reserva física. Una actuación extenuante, emocionalmente abismal, de las que dejan cicatriz en el aspecto más vital del jugador, con la que construye su camino hacia posiciones y posibilidades tan ambiciosas como su actual proceder en la pista. Siempre ha sido Dimitrov un jugador de gran carga energética en todos sus tiros pero tras el acuerdo que alcanza con su actual coach, Rasheed, la hiperactividad que mueve al búlgaro es de crecimiento exponencial.

Arqueo corporal del revés de Dimitrov
Rasheed es uno de los entrenadores más prestigiosos de la última década. Y sus éxitos, en tres etapas previas, tienen, como común denominador, una implicación física y motivacional altísima. Hizo de Lleyton Hewitt un jugador de ritmo incesante, optimizado siempre más allá del 100%, con un nivel de concentración extraordinario sobre la pelota. Con Monfils repitió fórmula, si bien la base física con la que trabajar era de primer orden mundial, número 1 del mundo junior y ganador de tres Grand Slam en esa etapa, con el que alcanzaría el puesto 7 de la clasificación. En las casi dos temporadas en las que tuvo como pupilo a Tsonga, el camino resultó positivo, aunque fue el francés quien cortó la relación por una cuestión de “mensaje y creencia”, con problemas idiomáticos y de feeling.
“Él buscaba a alguien que lo ayudara a conseguir lo que él sueña en el tenis, que es ser el mejor jugador que pueda llegar a ser. Pero Grigor también entendió que en mi caso, para ser su coach, él debía tomar un gran compromiso, dentro y fuera de la cancha, de realmente desear que busquemos esa meta de alcanzar su máximo potencial. Es un gran jugador joven, y ahora debe convertirse en un hombre. Y quiere saber cómo hacerlo. Quiere seguir a una persona que lo guíe y que lo apoye (…). Debemos enfocarnos en el carácter, por supuesto. Y también en ser profesionales de este deporte, en lo que yo creo que es importante lograr cada día. Encontrar ese gran motivo por el cual uno está en el court, por qué estás haciendo el trabajo que amas”.
Palabras de Rasheed a Juan Ignacio Ceballos, periodista de ESPN desplazado a Acapulco, horas antes del debut de Dimitrov en el torneo, reflejan la profundidad de un proyecto compartido, que va más allá de un trabajo disciplinar. El australiano, de igual manera, es consciente de que trabaja con un jugador que físicamente está transitando hacia la madurez, pero que concentra hambre, margen de mejora enorme y un biotipo de muchas posibilidades.
¿Techo/tope físico? de Roger Federer
Dimitrov atraviesa una etapa de poco autocontrol corporal, sintiéndose físicamente capaz de hacer todo lo que el tenis le pida. Al igual que el Rafa Nadal de 2004, o en cierta y menor medida, del Federer que eclosiona en 2004, Dimitrov excede en curvas y pliegues todos sus bocetos corporales. Eso le permite generar un movimiento tan agresivo como productivo para crear carga cinética muy potente en todos sus golpes, estirando y arrugando su cuerpo a punto del manierismo, a cambio de un importante desgaste emocional. Es labor del técnico australiano canalizar los pies humeantes de Grigor hacia un trabajo profesional y global, para prevenir lesiones y dar sentido a su explosiva manera de jugar.
Rasheed lo está aprovechando para hacer del búlgaro una máquina física de enormes revoluciones. Suficiente con ver su actividad y ritmo en todo el Australian Open o recientemente en su semifinal ante el escocés Murray. Esa manera tan grácil como aún bruta para moverse y defender con pasos largos –su split step con las piernas muy separadas- transmiten la sensación de hiperrevolución. Nadie juega con tanta raza y electricidad como el de Haskovo. Su talento y su entrenador están otorgando a Grigor una personalidad arrolladora, una mezcla extraordinaria de pasión y carisma, para el aficionado… y para el business.
Energía. Actividad. Revolución.

