En Hobart, una narrativa por cauces de lógica. Australia desbordó a Rusia (4-0) en una serie sin trama, mostrando en pista la gran brecha de nivel presente en los banquillos de ambos equipos. Por un lado, en el barco aussie un grupo plagado de experiencias en finales de Grand Slam. Por otro, una camada de jugadoras de corta edad y menor expediente, apenas desperezadas en el escenario internacional. Las oceánicas cerraron la serie entregando apenas once juegos en seis sets, una auténtica apisonadora sobre un grupo calado a ausencias.
Samantha Stosur tiró de galones para cercar a Victoria Kan (6-2 6-3), primera bala rusa siendo la 138ª raqueta del circuito, y sellar el pase a la penúltima ronda de Grupo Mundial. Una asunción de liderazgo sin mayor adversidad, pero con la contundencia suficiente para borrar cualquier género de dudas.
En esa fase se planta Australian con una brecha de generaciones. Las veteranas Casey Dellacqua y la mencionada Stosur, curtidas en mil peleas, junto a algunos de los mayores valores pujantes del tenis femenino: siendo Ashleigh Barty pieza fundamental en ese futuro. Entre ellas presentan a pares las pelas por majors, tanto en modalidad individual como por parejas. Un valor a tener en cuenta en una competición donde la fuerza sale del grupo.

Para una de las naciones con mayor tradición, una base de estabilidad hace tiempo añorada. Incapaz de asegurar una permanencia desde hace dos décadas, sin poder morder un título en cuatro decenios, encuentra el grupo de Alicia Molik una oportunidad para pensar en grande. Una más que probable serie en casa ante Alemania, forzando un desplazamiento enorme en las faldas de la gira de arcilla europea, una billete a la primera final desde 1993. Algunas de sus actuales integrantes ni siquiera había nacido.
La segunda nación más laureada de la historia, siete cetros contempla su estante, buscando reverdecer esas hojas.
El estreno de Myskina como patrón del barco ruso, necesitado de carácter si debe recurrir a jóvenes promesas para hacer frente a series de Grupo Mundial, marca un cambio de rumbo en el seno ruso. Lejos del nivel de compromiso de los años dorados (coronas en 2004, 2005, 2007, 2008), incapaces de presentar argumentos de entidad en primera ronda (en consonancia con la final firmada en 2013 - sin ninguna de sus primeras siete raquetas presentes), Rusia opta a un descenso por primera vez en nueve años.

