El primer golpe de Federer

El suizo, cómodo sobre cemento indoor, acumula 48 triunfos seguidos tras sellar el primer set en su entorno predilecto

Álvaro Rama | 31 Oct 2013 | 17.59
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Son los ojos atentos. La mirada clavada en la mecánica de servicio del rival. El tronco inclinado hasta dejar el pecho paralelo al suelo. Es la concentración plasmada en una postura de acecho. Es un suizo mirando la hora. Puntualidad en la cita. Cuando Roger Federer inclina a Philipp Kohlschreiber (6-3 6-4) bajo la cubierta de Bercy, aprieta el puño y se afloja el pañuelo mientras posa las pupilas en el suelo parisino. Sabe que las agujas apenas han dado un giro al reloj, que sus pies han volado y que el servicio (8 aces, 85% ganado con primera entrega, sin opciones de quiebre encaradas) ha surcado la pista como hierro incandescente posado en manteca.

Ante el rival alemán, Federer camina y encuentra un desfiladero (3-3 15-40), pero ilustra en el encuentro su sino a corto plazo. Apoyado en una gran reacción de servicio, salva la tesitura, quiebra después el alemán y no vuelve a mirar atrás. Cerrará el set y no concederá una pelota de rotura más en el partido. Es una radiografía concentrada de la virtud de Roger. Cuando pasa a dominar un pulso en pista cubierta, el suizo es un tren en marcha. Y eso, para un hombre que ha cedido grandes cuotas de aura, tiene vigencia en 2013.

Federer tiene un reto entre las manos. Un área del juego donde su voracidad no ha perdido lustre desde la época del pináculo. Cuando Roger gobierna en cemento bajo techo, los rivales siguen callando. Si consigue que el primer pestañeo tenga lugar desde el otro lado de la red, Federer no baja la mirada. Es forzar el viento a favor y huir de todo remolque. Coger el timón del barco nada más subir a cubierta.

La estadística, esa medida que ha visto rotos numerosos registros del helvético, le devuelve una esperanza desde el historial. La misma que indica que Roger no ha jugado una final de Slam por primera vez en una década. Esa que dice que sus presencias en cuartos de final de torneos grandes se vieron interrumpidas en Wimbledon tras 36 escaladas seguidas al penúltimo peldaño. La misma no le veía abandonar el top4 desde que ganase su primer grande. Esa misma que otorga una capa caduca a registros inmemoriales, le entrega una prueba de fe.

En el cemento sobre pista cubierta, ese entorno donde Roger guarda un vínculo atronador durante las fases otoñales – habiendo alcanzado ocho finales en los últimos nueve torneos jugados, guarda un candado aún por descerrajar. Si de algo sirve la temporada 2013 de Roger, es para contemplar que aferrarse a registros pasados ha dejado de ser una garantía. Pero este condimento obrado en pistas cubiertas, el parapeto más íntimo del suizo, es un factor presente de su legado a tener en cuenta.

Roger Federer, en uno de sus más protegidos rescoldos de autoridad, ha ganado los últimos 48 partidos en pista dura indoor tras haber sellado el primer set. El suizo, que en tal período solamente en ocho veces ha sido arrastrado a un tercer parcial, tiene una impresa en la piel. Se trata de una constante que se remonta sin error hasta la temporada 2009.

Eso son cuatro años sellando cada partido donde el primer mordisco procede de la mandíbula del tenista de Basilea. Eso, también, incluye 18 triunfos ante el top10. Ese calibre de tenistas ante los que el suizo firma un balance prácticamente yermo (1-7) durante 2013.

Hoy día, para un competidor cuyas piernas sostienen un cuerpo de 32 años, el inicio de los partidos es un factor clave para mantener el pulso a la élite. Evitar alargar los partidos es una clave evidente en el esquema del helvético. En pistas cubiertas, en recintos donde no llega a posarse la luz del sol, rara vez la presa aferrada suele escapar de sus manos.

Y ese patrón de resultado, probablemente, sea la clave para marcar el destino del suizo en la Copa de Maestros. Nunca tuvo tanta importancia un buen comienzo de partido para el suizo. En atmósfera aséptica, alejado de agentes naturales, el acoplamiento del helvético tiende a ser inmediato. En un entorno que le garantiza privación de efectos e impactos frecuentes a la altura de la cintura, encuentran un mestizaje instantáneo los automatismos del de Basilea. Conectarse rápido. Conectarse ya. Para un hombre de arranques habitualmente lentos, esta circunstancia se atenúa a la sombra de las bóvedas. Una circunstancia que casa con su carácter.

“No soy el tipo de persona que puede estar en una esquina sin jugar durante cuatro meses” concedía el suizo al ser cuestionado por los partidos donde tomó parte estando lesionado en la espalda. Precipitación en la reinserción. Errores cometidos durante 2013 por el ansia de ejercer la acción amada. Es el ímpetu por competir. Esa ilusión que aborda el espíritu de un hombre al que los resultados bien podían hacerle morder la toalla. Un tipo que sitúa la ilusión por el deporte como principal acicate para mantenerse en la pelea tiene en las cubiertas un estímulo prioritario para reencontrarse.

“Ahora, estoy completamente recuperado” anticipaba el suizo, como si el abrigo de las bóvedas supusiera un placebo extra a un cuerpo entre algodones. Una plenitud física que se antoja vital para entrar en calor con los primeros peloteos. Esa fase del partido donde el suizo puede hilar la ventaja para pasar de grande a gigantesco. “Me sorprende sentirme tan bien después de la semana que tuve en Basilea”, expresaba al rememorar la final entregada frente a su grada a manos del argentino Del Potro por segundo año consecutivo.

Precisamente el argentino aparece ante el camino del suizo en los cuartos de final de Bercy. Un reto de gran altura justo antes de abordar la Copa de Maestros. Allí buscará Roger, quien guarda un pírrico 1-7 en enfrentamiento directo ante las diez primeras raquetas del mundo, un estímulo previo a la visita al O2 Arena. Batir al argentino sería lograr el gran resultado del año antes de acudir al paraíso.

Antes de Londres, por tanto, una prueba del algodón para el suizo. Puede que Del Potro, un tipo de colisión majestuosamente violenta, impacte más fuerte a las esferas. Pero pocos pegan más duro que Federer cuando es Roger quien golpea primero.

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