Grigor ¿y ahora qué?

Tras coronarse en Estocolmo, Dimitrov, sometido en su carrera a una gran exigencia, puede verse algo más liberado

Alejandro Arroyo | 21 Oct 2013 | 18.02
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La emoción de Grigor Dimitrov al coronar el torneo de Estocolmo es una imagen muchas veces vista en los jóvenes que alzan su primer torneo al máximo nivel profesional. No es nada nuevo. Pero hay algo en esas imágenes que pueden ayudar a valorar una figura muy particular; una promesa que ha recibido elogios y comparaciones imposibles de sostener. En Punto de Break reflexionamos sobre lo qué ha sido la vida profesional de Grigor Dimitrov antes de su primer trofeo ATP y lo que puede depararnos un talento tras su primer entorchado.


Leía por twitter ayer que Marc Rosset, al ganar a un jovencísimo Roger Federer, le dijo a su compatriota que “no llorase”, a lo que Roger respondió que “quizás no tuviera otra oportunidad de alcanzar una final”. Qué brutal destino encerró esa frase. Es un sentimiento que también tuvo Rafa Nadal tras su segunda final de Wimbledon en 2007. Más allá de las dudas que se puedan tener sobre el talento competitivo del tenista búlgaro, esa explosión natural tras ganar en Suecia –o las lágrimas incontenibles tras vencer a Djokovic en la arcilla de Madrid, en mayo- van más allá de una alegría. Quizás explican a un chico emocionalmente intenso y con una pasión creciente por el juego y la competición.

Desde Pato Álvarez, experimentado preparador, que comenta que no ha visto nada igual a esa edad, cuando Grigor cuenta 16-17 años, su victoria en la Orange Bowl en 2006, con 15 años, su número 1 junior, con victorias en Wimbledon y el US Open, vencer a Berdych, cuando contaba 17 años… Su formación está labrada en el éxito y en la expectativa. Como una esponja, Dimitrov absorbe formalmente cada marca registrada que Roger Federer hace suya. Premeditadamente o no, la mecánica de saque (calca hasta los tiempos y la posición de los pies), el revés con spin sacando el pecho, el drive invertido o utilizar la misma raqueta. Es una sombra que se vuelve en su contra.

En medio de una época de enorme exigencia psicológica y en un deporte al que todo campeón se hace medida desde la precocidad, Dimitrov se muestra irregular y de progresión insuficiente a ojos de muchos. 19, 20, 21 años. Ningún gran triunfo en Grand Slam, ninguna continuidad en torneos menores. Hablando en twitter con el exfutbolista argentino Diego Latorre, gran aficionado al tenis, sobre la figura del búlgaro, comentaba que es muy frecuente en deportistas jóvenes, algunos más proclives que otros, que el factor psicológico y contextual influya en determinados rendimientos físicos.

En varias ocasiones, sobre todo en partidos largos en grandes escenarios, los Grand Slams, ha sido frecuente ver a Dimitrov bloqueado en su juego o sufrir calambres y rampas que le impedían rendir a un nivel óptimo, como si su pulso fuera demasiado rápido y al no controlarlo somatizara problemas musculares. A eso hay que añadir que el camino a la cima, elegidos a un lado, tiene sus frenazos y parones que hacen surgir más dudas a un contexto que como decimos exige resultados a un jugador al que el diario L´Equipe situó como el número 1 del mundo en 2020.

Si miramos el ranking, Dimitrov ha ido ascendiendo con seguridad pero sin grandes saltos:

2008= 493
2009= 288
2010= 106
2011= 76
2012= 48
2013= 22 (octubre)



Anatómicamente es un jugador perfecto en términos de envergadura, altura y movilidad. Es un tenista equilibrado entre control y potencia, si bien su juego necesita de más consistencia para alcanzar su potencial. Aunque resulta un jugador de golpes de ataque, con gusto por finalizar en la red, utiliza con mucho sentido su revés cortado, sobre todo el paralelo, y las dejadas para jugar con la posición del adversario. Su mayor laguna con respecto a la élite, la capacidad para jugar partidos importantes, ya sea al saque o al resto. Le cuesta generar puntos de inflexión y confianza en los partidos.

Como todo joven que conoce sus posibilidades, siempre se ha motivado sobremanera ante los mejores jugadores del circuito. Ha ganado a Berdych en dos ocasiones, a Djokovic siendo número 1, a David Ferrer siendo número 3 o poniendo contra las cuerdas a Rafa Nadal sobre la tierra de Montecarlo, además de arrebatarle un set en los tres enfrentamientos con el balear. En toda esta progresión, Grigor ha cambiado varias veces de equipo de trabajo.

Comenzó en el circuito ATP de la mano del australiano Peter McNamara, ganador de 24 títulos ATP y exnúmero 4 del mundo en 1983. Después trabajaría en la Academia de Patrick Mouratoglou, residiendo en París, para en 2012 terminar colaborando con la Good to Great de Magnus Norman y Mikael Tillstrom, con el que terminaría viajando. Hace pocas fechas conocíamos que se ha comprometido a trabajar con Roger Rasheed de cara a dar el salto definitivo que su talento proyecta.

Tras ganar su primer título ATP y alcanzar su mejor posición en el ránking -22-, el competidor búlgaro debe completar su evolución en un punto concreto: los Grand Slams. Aún sin alcanzar los octavos de final en ninguno de los cuatro grandes, y en cuarentena su respuesta física y emocional para con los grandes escenarios, no parece inaccesible que su capacidad competitiva se resienta como hasta ahora. Si esos problemas físicos pueden estar relacionados con un mal de altura, quizás veamos a un Dimitrov más liberado a partir de ahora y presto a competir por retos más importantes, de manera más regular. Tiene pasión, no es un temperamento irascible, es sacrificado –aunque le falta medir bien los esfuerzos y cubrir la pista con menos pasos- y tiene golpes. Y esta semana compite en Basilea con un trofeo bajo el brazo.