Novak Djokovic se proclamó campeón del torneo de Pekín, derrotando a Rafael Nadal (6-3 6-4), convirtiéndose en el primer hombre capa de parar los pies del mallorquín en una pista de cemento durante 2013.
Es la reacción de un espíritu arañado. El día que pierde el número 1, en el momento en que la competición le exige apretar los dientes, Djokovic se aferra con toda la dentadura. Es un despliegue colosal del serbio. Una auténtica demostración de grandeza competitiva. En uno de sus mejores partidos del curso, mirando directalemte a los ojos de Nadal, un mensaje entre líneas: ha entregado el trono, pero está preparado para la pelea. Ha cedido el primer peldaño del ranking pero se comporta como un número 1. Si, conforme a lo expresado por Nadal, un número 1 no depende de un sistema matemático, sino que es algo que se siente dentro, el de Belgrado actuó como tal en la final de Pekín.

Un hombre que lleva siete meses sin alzar un trofeo, que ha decepcionado en cemento durante la temporada -incapaz de alcanzar una sola final de Masters en la superficie-, se levanta como un resorte hasta tumbar a su némesis en un partido decisivo. Es un golpetazo en el pecho reclamando un lugar arrebatado. Con las heridas abiertas, el de Belgrado no capitula. Más al contrario, presenta toda una declaración de guerra mirando al futuro. La pelea no ha terminado. En la rivalidad con más capítulos de la Era Abierta, 38 episodios les contemplan, el enfrentamiento simplemente acaba de comenzar.
En un escenario que jamás le ha visto titubear, campeón en sus cuatro participaciones con un balance demoledor (20-0), Djokovic se aferró al pasado para asestar un puñetazo de futuro. Al menos, para quedar con la conciencia tranquila tras un año removido. En Montreal, Nadal asaltó su guarida de pista dura por primera vez en tres años. En Nueva York, con la corona del US Open en juego, Rafael terminó de virar a su favor una rivalidad interrumpida. Ahora, pisando territorio chino, el de Belgrado aprieta el puño antes de que la balanza coja un ángulo cercano al punto de no retorno.
Djokovic es un huracán de principio a fin. Ante Nadal, uno de los mejores restadores de la disciplina, no concede una sola pelota de rotura y apenas cede seis puntos con el saque. Las sensaciones del partido son más contundentes del 6-3 6-4 que indica el marcador final. Djokovic vuela dos pasos por delante del mallorquín durante gran parte del partido. Tremendo en la defensa. Brillante en transiciones de ataque. Siendo quien marca el tempo de los intercambios, penetrando el parapeto de Nadal e impidiendo que el mallorquín sea la máquina de lanzar tiros ganadores con la que ha llegado invicto sobre cemento al mes de octubre.
El encuentro se rompe en una clave: Djokovic destroza la tracción de Rafael Nadal, negándole la profundidad del tiro. Djokovic juega largo, varía direcciones con una precisión de cirujano, encontrando vértices y líneas laterales como el que come un puñado de pipas. Ahí, el balear encuentra enormes dificultades para impactar con buenos apoyos. Mal clavado, casi siempre en movimiento y un paso por detrás del ritmo de pelota, Rafael ejecuta debiendo domar demasiados desequilibrios. Es el reto de respirar ante el ritmo de bola más infernal del circuito. Y Novak no levanta el pie del pedal hasta el último latigazo. No se pierde en desesperaciones ni gesticula en momento alguno. Mantiene una concentración inabordable para clavar el lienzo. Queriendo pisar fuerte para dejar huella.
El de Belgrado está desatado, y maniata las réplicas poderosas del mallorquín. En consecuencia, las entregas de Nadal pierden muchos metros. Rafael, ese prodigio de trazar winners que ha surcado el cemento sin mácula, ve cómo la cuota de pelotas largas quedan limitadas a un exiguo 16% del repertorio. Es decir, solamente una de cada seis bolas tienen la capacidad de despegar a Novak de la línea de fondo. Eso hace que Djokovic pueda golpear constantemente clavando las punteras sobre el blanco. Eso manda a Rafael contra las vallas, con frecuencia pisando a la altura del BEIJING que ilustra el fondo. Eso es veneno.
Profundidad de pelota de Rafael Nadal en la final de Pekín 2013*
Viviendo en el balcón, Djokovic es capaz de poner ponzoña tanto al resto como al servicio. En materia de devolución, destroza el segundo saque de Nadal. Es una carnicería sin piedad. El principal foco de fuga (Rafael apenas anuda 7 de sus 21 segundos saques). Al servicio, donde únicamente cede 6 puntos en todo el partido, Novak no deja tiempo para que Rafael pueda reaccionar. En un tenis de tres golpes mantiene una precisión que borra el oxígeno. Le seca los pulmones antes de dar la primera bocanada.
En ésas Nadal, un portento de la reacción no se procura una sola bola de rotura en diez juegos al resto. Es la primera vez que eso sucede en los 34 partidos que les han enfrentado al aire libre. Rafael se ahoga en mitad de un caudal bestial de juego, totalmente naufragado ante la propuesta directa de Djokovic. Es más, acostumbrado a morder desde el inicio, no tiene una ventaja al resto hasta el séptimo juego de devolución (6-3 *4-3 15-30), que también entrega. Con el condicionante descompresivo de alcanzar el número 1, la lectura queda con el asterisco que rodea al partido. La culminación de un reto en el balear contrasta con la necesidad de dar un paso al frente en el balcánico. Aún así, Nadal solamente cede con un quiebre por manga.
En un circuito que no entrega tiempo para acunar pensamientos, la competición coloca todo un Masters 1000 de cemento en el horizonte. Ese calibre de torneos en la superficie referencia donde Novak no ha pisado una final en toda la temporada. Si este zarandeo sobre Rafael es una cura interior se va a comprobar en cuestión de días.
El futuro a medio plazo coloca a Novak ante una empresa de fe: Nadal lidera la clasificación del algo con una renta que ronda las 3.000 unidades. Mientrás él defiende una pila de puntos hasta la próxima primavera, incluyendo la corona de Melbourne, Rafael no protege nada hasta la primavera. Será un viaje largo hasta que pueda colocarse con opciones de retornar al número 1. Pero un comportamiento como el de Pekín, le sitúa con todos los honores para retomar la conversación.
Un hombre grande no es aquel que nunca cae, sino el que se levanta las veces que sean necesarias. Djokovic fue el soñador que salta en la cama en mitad de una pesadilla. Dejando atrás el mar recuerdo para, tras secarse el sudor de la frente, volver a conciliar un descanso reparador. Una reacción de auténtico número 1. La pelea está asegurada.
*Las pelotas que ilustran el gráfico pertenecen a Novak Djokovic, no a Rafael Nadal. Es un error de la realización. Lo correcto son las referencias porcentuales de profundidad, que sí pertenecen al mallorquín.

