No es cuestión de ser el mejor, sino de ser más grande

Rafael Nadal vuelve a confirmar que los grandes competidores saben contarse a sí mismos lo necesario para volver a superarse.

Rafael Nadal. Foto: Getty
Rafael Nadal. Foto: Getty

Hay momentos que trascienden a uno mismo. Es como si, en un imposible, ese instante le perteneciera pero a la vez no fuese suyo. Es difícil explicar lo que ha hecho hoy Rafael Nadal, pero pocas veces ha sorprendido tanto como en las tres horas en las que ha hecho desaparecer a un tenista tan perfecto como Novak Djokovic. Cuando los números y los títulos ya no son la noticia -lo es su 20º grande, no tanto su 13º Roland Garros, pues un título más no le hace mejor jugador sobre tierra batida de lo que ya era-, el espectador debe preguntarse qué ha hecho diferente Rafa Nadal en esta final para que hoy sea una figura más grande que hace 24 horas.

Roland Garros 2020 tiene y tendrá siempre un significado realmente importante en la carrera de Rafa. Como Australia 2017 para Federer, este torneo le ha concedido al mallorquín una serie de oportunidades para reivindicarse. Porque, ¿puede reivindicarse un tipo que ha ganado 12 veces en París y 19 grandes en su carrera? Sí, por supuesto. Y como las circunstancias, que al final lo son todo, se han dado así, Nadal ha encontrado espacio para trabajar en una dirección concreta que no le distraiga de su objetivo.

Cada uno de los miembros del 'Big3' no puede valerse únicamente del motor que supone ser considerado como el mejor. Con ese único motivo de acción y cambio no puede ser suficiente porque la mente no funciona ni responde siempre bajo el mismo reto, de manera constante; de hacerlo así probablemente caería a plomo sin más estímulos que uno sólo. La mente de estos jugadores, de los grandes competidores, es mucho más plástica. Y debe serlo para sobrevivir a semejante reto.

Rafael Nadal ha comprobado como las circunstancias doblaban en dificultad su supervivencia y favoritismo en el torneo, una narrativa perfecta para centrarte en trabajar correctamente: mantener el foco en el trabajo diario, ajustar tu juego a la dificultad, formándose así un estímulo sobre el que trabajar, y con todo ello regenerar la motivación y las energías. El discurso de Nadal, aunque soterradamente esconda un objetivo mayúsculo, el más grande de todos, no juega al despiste porque con ello declare que su objetivo es disfrutar de lo que hace y ganar en París como mayor disfrute. No es discurso vacío. Es la verdad.

Todos los competidores de élite, los mejores entre todos ellos, saben contarse a sí mismo una historia con la que les merezca la pena reinventarse. Es encontrar constantemente, desde sus adentros o con ayuda externa, el estímulo que les remueva. Hoy, Rafael Nadal ha jugado con una determinación y una voracidad propias de quien puede ganar su primer grande, pero sin los nervios de quien recién empieza.

La mirada, el control corporal y emocional, el enfoque tan inamovible que ha demostrado saliendo de vestuarios y ejecutando un plan perfecto; la sensación de estar rompiendo tu propio molde. Ante la pista techada, la pelota pesada, la ausencia de todas esas variables que en París suelen acontecer a la vez, que le regalan confort a Rafa, no estaban. Ahí comenzaba su nueva aventura, y su mente, que todo lo puede a nivel adaptativo, comenzó a elaborar un camino nuevo en su forma de jugar y competir.

“Mi cabeza tiene el talento para seguir dándome oportunidades, continuar trabajando y aceptar los fallos para seguir haciéndolo mejor”. Desde aquí, Nadal no termina nunca. Sólo algo más grande que el tenis le obligará a tomar la decisión de marcharse, pero mientras tenga historias que contarse y oportunidades competitivas, seguirá por aquí ganando títulos.

En los días previos a las rondas finales, Carlos Moyà puso en palabras los pensamientos que él como técnico tiene que elaborar: ¿cómo puedo ayudar a mi jugador para que aquí siga siendo tan bueno como siempre? Una pregunta que todo el equipo de Rafa se hizo cuando aterrizaron en París y la pelota era muy difícil de mover y levantar.

"Al final, hay algo muy claro: Nadal tiene que jugar a favor de las condiciones de este Roland Garros. ¿Que está seco y la pelota bota alto? Genial, a por ello. ¿Que la la pelota no bota y eso favorece a tirar más porque los golpes no se le van a escapar? Pues hay que ser más directo. Este Roland Garros te obliga a especular menos. La tierra, con el juego que él tiene y si la pelota bota alto, te permite especular un poco más si no estás con mucha confianza. La metes, que bote y a ver si te ganan. Este año te ganan haciendo eso, sin ninguna duda. Mentalmente, hay que esforzarse para que cada bola tenga sentido. Para hacerlo fácil: cuando esté en posición de atacar, tiene que atacar en lugar de hacer que la bola bote, que sus tiros avancen y vayan largos."

Esta declaración, que en cierto modo viene fabricada por el cambio de mentalidad que Nadal acomete junto a Carlos desde 2017, cobra hoy mucho más sentido. Este Rafa Nadal seguramente no fuese tan posible en 2014, por más que su físico estuviese mucho más vigente. Hoy Nadal se ha demostrado que todo lo que puede mostrarse en contra también es un constructo mental, porque habrá que demostrarse. Y mientras Nadal tenga la capacidad de adaptarse a todas las circunstancias, la realidad tendrá que demostrarse de forma empírica.

Definitivamente, Rafa Nadal podía reinventarse sobre tierra batida. Podía jugar de otra forma. Podía seguir siendo el mejor aunque se moviera el centro de gravedad que define las características de Roland Garros. Rafa Nadal puede porque, como él dice, su cabeza tiene el talento para decirse que si algo no se puede habrá que comprobarlo. Dentro de 100 años, no lo sabemos, Nadal será o no el mejor de la historia, pero su 13º Roland Garros será uno de esos momentos que sin duda lo harán mucho más grande que cualquier palmarés o lugar en la historia. Es éste triunfo uno que, por encima de cualquier otro valor, es pura inspiración.

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