Murray reconquista su jardín

El británico se impone a Milos Raonic y captura su segundo título en Wimbledon. Cierra invicto, junto a Lendl, una brillante gira de hierba (12-0).

Tres años han tenido que pasar para que Andy Murray volviese a ser profeta en su tierra. El jugador británico conquistó este domingo su segunda corona en Wimbledon al vencer a Milos Raonic (6-4, 7-6, 7-6) en una final que tuvo controlada en todo momento. El de Dunblane todavía no sabe lo que es perder desde que volvió a juntarse con Ivan Lendl (12-0) cerrando así una gira de hierba perfecta, exactamente igual que hiciera en 2013. Después de dos finales Grand Slam perdidas esta temporada, por fin llegó la recompensa para el escocés. En casa, en hierba y ante su público.

Con Roger Federer y Tomas Berdych ya camino del aeropuerto, solo faltaba por descubrir qué tipo de partido nos esperaba en este segundo domingo de competición londinense. Bien podía ser como la semifinal que dejó escapar el suizo: eléctrica, emocionante y con oportunidad de ambos lados. La otra opción era un partido como el del tenista checo hace dos días: lineal, práctico, casi sin imposición. Desde la primera bola hasta la última pudimos observar la solución: sería como el segundo.

Había dos factores que intervendrían de manera muy diferente en contra de Raonic respecto a su duelo ante Roger. Enfrente se hallaba uno de los mejores restadores del circuito, Andy Murray. Esto, teniendo en cuenta que el canadiense basa su hoja de ruta en el servicio, era crucial. El segundo era la constancia y regularidad del escocés sobre la línea de fondo, ahora mismo muy por encima de la de un Federer con casi 35 años. El reto era mayúsculo y se pudo ver, desde la primera manga, que Milos no se encontraba cómodo.

Un solo ‘ace’ en todo el primer parcial. Catastrófico. El de Podgorica no encontraba la manera de dibujar saques directos, pero es que tampoco era capaz de meter tantos primeros saques como día anteriores. En la otra vertiente, a la hora de recibir, apenas un 25% de puntos a su favor, preocupante. Si no muerdes con la iniciativa y tampoco asustas desde la barrera, resulta tremendamente complicado batir a un jugador de las características de Murray. Fue un 6-4 ligero, sin florituras, con un solo break (en el 3-3) que confirmaba nuestras conjeturas: El hombre que partía como favorito estaba aceptando su papel y, de seguir así, pocas sorpresas acontecerían en la Centre Court en las próximas horas.

Pero Raonic no había llegado hasta aquí solo para recoger la bandeja de subcampeón, no quería irse al menos sin intentarlo. El segundo set continuó con el mismo patrón, salvando Milos varios puntos de ruptura con 3-3 y 4-4. Al final, toda esta tensión acabó llevándose el asalto al tiebreak, un contexto que maneja a las mil maravillas el número siete del mundo. Fíjense si había llegado nervioso que en un abrir y cerrar de ojos ya iba 5-1 abajo. Incapaz de mantener la entereza en los momentos importantes, el pupilo de Carlos Moyá se inclinaba también en la segunda manga. Esta vez había conectado tres directos. Pero claro, el escocés apenas contaba con dos errores no forzados en todo el set. Aquello se ponía ya muy cuesta arriba.

El factor psicológico ya campaba a sus anchas por la pista, viendo como un hombre se acercaba al objetivo y el otro lo veía cada vez más lejos. La contundencia de Raonic le ayudó a mantener alerta en la batalla aunque la conclusión fue evidente. Cuando todos pensábamos que la clave estaba en el saque del canadiense, resultó estar en el resto del británico. Pocos como él para enseñar la manera de efectuar las transiciones desde la defensa hasta el ataque. En este torneo, ninguno.

Tercer Grand Slam para Andy Murray a sus 29 años. Parecen pocos, pero solamente Djokovic y Nadal ganaron más que él en la presente década (2010-2016). Campeón en Queen’s, campeón en Wimbledon, en ambas derrotando a Raonic en la final y en ambas demostrando el valor añadido que significa tener a Ivan Lendl en tu equipo. Aunque el checo apenas sonría con ese semblante serio que le caracteriza, buena parte de culpa de este éxito se encuentra bajo su gorra. Un (segundo) punto de inflexión que Andy necesitaba en su carrera, ahí están los resultados. Gracias a ellos dos, hoy Fred Perry volvió a sonreír desde el cielo.

Comentarios recientes