“Tengo mucho que mejorar”, analizaba en sala de prensa un Carlos Alcaraz muy crítico con el nivel mostrado esta semana en Buenos Aires. Sobre todo, ante Nicolás Jarry en semifinales, donde se quedó a un paso de disputar otra final. La bola empieza a hacerse cada vez más grande y hay que ponerle freno antes de que produzca un daño mucho mayor.
Cuando Carlitos se apuntó nuevamente a la gira sudamericana de tierra batida, una gira sin ningún otro Top 10 que no fuese él, seguro que lo hizo con la idea de volver a ganar confianza en su juego e irse con algún título bajo el brazo. Habían sido unos meses muy complicados, desde que perdió la final de Cincinnati, y el escenario era perfecto para que encarara Indian Wells y Miami con otro aire, pero es probable que de Buenos Aires se vaya con más líos en su cabeza de los que llegó a la capital argentina hace una semana.
En una gira como esta, teniendo el estatus que tiene actualmente Carlos Alcaraz, hay más cosas que perder de las que ganar. Sobre todo, si vienes con dudas en la cabeza. Por ello, tienes que jugar con mucha más atención si cabe. Desde el primer partido se le vio que hay algo que no está bien. Que sí, que se avanza de ronda ante Carabelli y Vavassori, pero la victoria quizá empaña lo débil que está algunas facetas de su juego en la actualidad, como el saque (empiezan a saltar algunas alarmas), su revés y, ante grandes sacadores, su resto. Ni hablar ya de los momentos importantes.
Y es que, desde hace tiempo, Carlos viene chocándose con la misma pared y termina los partidos con muchísimas oportunidades de break desperdiciadas, así como varios 30-30, deuce o segundos servicios donde los juega rematadamente mal. “Los que están ahí arriba, veo que es en esos momentos donde marcan la diferencia. Es una asignatura que tengo pendiente desde hace tiempo. Son momentos que tengo que llevar de mejor manera. Tengo que leer mejor esos momentos, como los 0-30 o bolas de break. Esos hay que jugarlo de una manera diferente”, analizaba el murciano en sala de prensa.
Misma asignatura, mismo resultado: suspenso
Porque ya son muchos los torneos donde Carlos vuelve a sacar un suspenso ante el mismo examen. Lo positivo es que sabe dónde falla. Lo negativo es que, tras cada derrota en los últimos nueve torneos, le hemos oído decir lo mismo: “Tengo que jugar mejor esos momentos. Tengo que mejorar eso”. Cuando hay un mismo resultado a cada examen, hay que empezar a plantearse dónde está el error. Quizá tenga los apuntes equivocados o está centrándose en estudiar algo que no es de ese temario. Lo que está claro es que hay algo en lo que trabajar de manera urgente. Y antes de que la situación se enquiste y se vuelva un problema mayor, hay que empezar a poner soluciones encima de la mesa.
Ante el éxito, más trabajo
Carlos se ha ganado la atención que recibe allá por donde va. Él mismo lo comentaba anoche en rueda de prensa. “A cada torneo donde voy, se genera una gran expectación y la gente cree que tengo que ganar cada partido”, decía. Se lo ha ganado por él mismo. El problema del éxito es que hay que saber surfear bien la ola del triunfo. Una ola que sube muy alto y que, si te despistas, te acomodas o piensas que podrás controlarla, te puede hacer mucho daño al caer al suelo.
Puede que fuera lo que le pasó tras ganar Wimbledon en una final épica a Novak Djokovic. Aquel tremendo triunfo le hizo ver a dónde puede llegar. Un sitio a la altura de los mejores de la historia, sin duda, pero el tenis es un deporte muy cabrón porque no entiende de éxito, sino de trabajo. A la que tu cabeza se vaya un solo centímetro a otra parte durante un par de semanas, estarás en un lugar que no conoces, con dudas en tu juego y sin entender qué está pasando.
Es justo ahí donde más trabajo hay que poner, porque es cuando más daño te puedes hacer en la caída. Toni Nadal obligaba a Rafa a levantarse a las 8 de la mañana al día siguiente de ganar Roland Garros y le hacía ir al gimnasio y ponerse otra hora y media a entrenar. Porque sabía que ese era el único camino para volver a levantar otro grande. No vale la relajación. Y no estoy diciendo que Alcaraz no se haya puesto a entrenar después de ganar Wimbledon, pero sí que es obvio que después de aquella victoria ha habido una relajación, una creencia de que todo debía venir rodado y no deja de ser una realidad que el Carlitos actual, de febrero de 2024, no es mejor que el Carlitos de julio de 2023 y eso no es bueno para él.
No es bueno porque mientras él se queda parado o incluso pega algún paso hacia atrás, los demás vienen creciendo y caminando con soltura hacia adelante. Véase el caso de Jannik Sinner, un chico que ha ido haciendo su camino en silencio, poniéndole trabajo y constancia, sabiendo dónde quería llegar, para ser hoy en día el que mejor tenis está jugando. Precisamente del italiano tiene Alcaraz una lección que aprender: fijarse objetivos palpables.
El problema de querer apuntar demasiado alto
“Tengo el objetivo de alcanzar a Djokovic en número de Grand Slams”, decía orgulloso Alcaraz esta misma semana en rueda de prensa. Una frase que viene repitiendo desde hace meses, cuando sumó su segundo grande en el All England Tennis Club. Está bien ser ambicioso, es de aplaudir y es la actitud correcta para mejorar y convertirte en el mejor del mundo, el problema de apuntar tan alto es que eso mismo que anhelas puede convertirse en tu peor enemigo.
Porque ante cada derrota, la presión que recibirás de ti mismo se hará tan grande que te hará frustrarte y no entender qué está pasando. Sinner, al término de la pasada temporada, comentó que su objetivo para 2024 era ganar un Grand Slam. Objetivo realista, palpable con la mano de inmediato. Una vez conseguido, a por otro. Jannik dejó caer que iba a por el número 1, otro objetivo palpable. Mientras el italiano se fija objetivos alcanzables al corto plazo, Alcaraz se fija uno que, de tocarlo, podría hacerlo dentro de 15 años. Creo que, lo ideal, antes de querer ganar 24, sería ir a por el tercero, luego el cuarto, y así poco a poco. Querer tirar demasiado alto no creo que le beneficie en la actualidad.
Y eso es trabajo suyo y, sobre todo, de su equipo. De bajarle los pies al suelo y aterrizarle. Decirle que hay que ser ambicioso, que eso está fenomenal y que no pierda esa hambre y esas ganas de querer ser el mejor, pero que para llegar a la cima a la que ha llegado Djokovic, antes hay que subir por un terreno en el que nombres ilustres de este deporte como McEnroe, Borg, Connors, Wilander, Agassi o Sampras, se quedaron a bastante distancia de lo que ha hecho el serbio. Y ese terreno es más empinado de lo que parece. Solo Nadal y Federer se acercaron. Cuando tan pocos lo lograron en la historia, será por algo. Con esto quiero decir, para querer correr, antes hay que dar el primer paso. Eso es esencial.
La parte positiva de todo esto es que el tenis te ofrece cada semana la oportunidad de volver a hacer un nuevo examen de la misma asignatura. Si Carlitos es capaz de aprobarla de una vez en Rio, eso le hará ir a Indian Wells y Miami con otro pensamiento. De volver a suspender, la herida empezará a hacerse un poco más grande y los rivales seguirán ganándole terreno. Es una buena oportunidad para empezar a cambiar cosas y reconducir el camino que empezó a torcerse aquella tarde de julio en Cincinnati. Veremos si el alumno termina aprendiendo al fin la lección.

