Lo decía Alex Corretja en la retransmisión y no le faltaba razón “Cuando tú juegas 25 veces ante un mismo rival y le ganas 23, no es casualidad”. Novak Djokovic y Tomas Berdych revivieron de nuevo una rivalidad con más capítulos que emoción donde el serbio volvió a mostrar su mejor nivel y acabó con la presencia del checo en París (6-3, 7-5, 6-3) con un severo correctivo traducido como un nuevo golpe sobre la mesa. Será la séptima semifinal del balcánico en Roland Garros, colocándose a solo dos triunfos de capturar el gran título que le falta.
Sus partidos siempre empiezan de una manera muy fría, casi congelada, con ambos contendientes tejiendo sus estrategias hasta que llega ese momento en el que una de ellas derrumba a la otra. Suele ser siempre la de Novak la que acaba imponiéndose, mucho más sólida desde el fondo de la pista y con un abanico mucho más amplio de recursos. Lo hizo con el 3-3, cuando vio que aquello ya se alargaba demasiado. Un break para impartir distancia y una segunda ruptura para acabar de confirmar su superioridad. Rostro serie del checo que veía como aquella película empezaba igual que en las últimas diez ocasiones.
Pero no se vino abajo Tomas, postura que cualquier otro jugador hubiese tomado viendo el recital que estaba practicando Djokovic en la arcilla. El número uno del mundo volvió a acelerar en la segunda manga hasta colocarse 4-1, parecía que la función agotaba ya sus últimas escenas, cuando el de Valasske-Mezirici despertó de su letargo e igualó la batalla. Fue un resurgir meditado, trabajando punto a punto y desarbolando la paciencia de un Nole que maldecía al ver perdida su ventaja. El nivel de autoexigencia del serbio se encuentra en la azotea de las posibilidades. Pero con el 5-5 la igualdad se quedó en cueros cuando el mejor tenista del planeta rompió la balanza a base de talento.

El último parcial tuvo la emoción que no tuvo los dos previos, aunque no por motivos deportivos. Primero porque a Novak se le ocurre lanzar la raqueta contra el suelo y a punto estuvo de golpear a un juez de línea. Y la segunda, porque el propio serbio decide parar el partido cuando ve que la lluvia (llevaban así set y medio) puede causarle realmente un problema. El de Belgrado cogió sus bártulos y se marchó al vestuario, sin preguntar. Berdych, cabreado como pocas veces, no tuvo más remedio que seguirle. En la reanudación, la grada pitó al número uno durante unos segundos, lo que le ayudó a salir mordiendo y cerrar su 26ª victoria consecutiva en Grand Slam.
Dos pasitos separan a Djokovic de su tesoro más preciado, aquel que nunca pudo capturar. Sus octavas semifinales en Roland Garros le enfrentarán a David Goffin o Dominic Thiem, antesala de una grandísima final, bien ante Andy Murray o bien ante Stan Wawrinka. El hombre de los cien millones de dólares ya empieza a soñar con ser también el hombre de los cuatro Grand Slams.

