Angelique Kerber se proclamó campeona del Open de Australia 2016, tras vencer contra pronóstico a Serena Williams, por 6-4 3-6 y 6-4, en un encuentro que acabó de manera inesperada, pues la número 1 logró remontar un 2-5 y servir para igualar la tercera manga. Allí, Kerber logró cerrar la final, creciendo y ofreciendo su mejor competitividad en el parcial decisivo. Como si salvaguardara el récord de su compatriota Graf, Kerber terminó en lágrimas, haciéndose con su primer Grand Slam y convirtiéndose en la nueva número 2 del mundo.
Cuatro primeros saques y un juego en blanco para Serena Williams. Así comenzó una primera manga aparentemente cargada de intenciones por parte de la número 1 del mundo. Con una firmeza imponente, pareció establecer distancias desde la primera pelota, intimidando a su rival, debutante en finales de Grand Slam. Sorprendentemente fue un juego completamente aislado a lo que fue sucediendo desde el segundo game. Desde ahí, Serena se descompensó y fue propagando errores no forzados uno detrás de otro.

La final dependió en todo momento de su iniciativa, lo que puso a Kerber en una situación que agradece si la menor de las Williams no se muestra intratable al servicio. La jugadora germana, desde la contra y observando un unforced tras otro, se hizo con dos breaks, y a pesar de ofrecer un 45% de primeros saques, sólo afrontó una bola de break. Mientras Williams no cerrase el grifo de concesiones, Kerber permanecería con opciones en la final. 0 aces y 23 no forzados fueron suficientes: Kerber se adelantaba, 6-4.
Con su habitual proceder para calmar su tenis y hacerlo sostenible, Serena cuajó un segundo set impoluto. Dejó atrás la precipitación, se enfocó sobre su primer envío (del 55% de primeros pasó al 67%), redujo los errores de 23 a 5 y conectó 16 ganadores para dictar sobre la Rod Laver Arena el tenis que la convierte en intocable. Kerber apenas pudo ponerse a defender la calidad, ya serenada, de los golpes de su oponente. Reconocible en su tenis y con el partido igualado, la tercera manga dirimiría el primer enfrentamiento entre ambas (5-1 hasta hoy para Williams) que se iba a decidir en el parcial decisivo.
En el tercero se comprobó toda la esencia que define y caracteriza a Kerber. Y además, subiendo de nivel. La de Bremen se puso 2-0 arriba, con una enterza impropia del 90% de rivales que Williams enfrenta tras igualar el choque a un parcial. Con una defensa fugaz de las esquinas, sin ceder medio metro ni un segundo de esfuerzo, Kerber mantuvo una concentración y una convicción que tuvo su punto álgido con dos puntos de pura épica, uno en el segundo juego y otro en el sexto, para ponerse 3-2 y 15-40 sobre el servicio de Serena. Dos bolas de break para colocar el 4-2.

Los salvó Serena con un ace y otro punto de pura número 1, pero tras el deuce, Kerber siguió insistiendo, hasta que en la quinta bola de rotura, Angelique comenzó a crecer como nunca antes en el encuentro. Con 4-2, sirvió y ganó en blanco su turno al servicio. Sus piernas y su cabeza iban acompasadas, dispuestas a ganar el primer grande su carrera. Serena lograba sacar adelante su servicio. Kerber debía cerrar la final con su saque.
En una situación completamente desconocida para Kerber y una muy familiar para Serena, pareció prevalecer de nuevo la campeona, que rompió en el noveno juego y sirvió para igualar a 5. Entre tantos vaivenes, Kerber mantuvo la calma y pudo aprovechar la irregular noche que Serena tuvo al servicio. La alemana convirtió la línea de fondo en una trinchera casi inabordable en los últimos juegos, convirtiéndose en la cuarta jugadora que derrota a Williams en la final de un major y haciéndose con su primer grande a sus 28 años.

