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Robby Ginepri, un amor de verano
El que enamorara a propios y a extraños con su gira de verano y US Open de 2005, ahora cuelga la raqueta con 32 años y muchas decepciones a sus espaldas.
Robert Louis 'Bobby' Ginepri (Fort Lauderdale, FL, 1982) no era el clásico tenista estadounidense. No poseía un servicio devastador, no reventaba la bola a la mínima oportunidad y no amaba la hierba de Wimbledon. Yendo más allá, no era el clásico tenista, era algo así como un ‘alternativo’ del tenis. Y además de todo ello, efímero. Se acaba de retirar a la edad de 32 años, como se suele decir con más pena que gloria, aunque siempre nos quedará en la retina aquel verano de 2005 en el que brilló con luz propia.
El de Florida destilaba un juego imaginativo, muy versátil. Basándose en un gran juego de pies, impactaba la bola siempre muy cerca del cuerpo. Dominaba los ángulos con gran precisión y contragolpeaba con enorme acierto. Además de demostrar una gran anticipación e intuición en la red. Pero como les suele ocurrir a los superdotados de la técnica, la lucha, la concentración y la regularidad se quedan en el raquetero.
El año 2003 fue el de su explosión y presentación general al público. Con 20 otoños alcanzó los cuartos de final en los tres Masters Series que se disputaban sobre suelo estadounidense (Indian Wells, Miami y Cincinnati). Generacionalmente pertenecía a esa quinta que cargaba con la pesadísima losa de sustituir a la época del ‘Dream Team’ yankee formada por Courier, Chang, Martin, Agassi y Sampras. Él junto a los Roddick, Fish, Blake, Gambill y compañía debían mantener el estatus del tenis del país de las barras y estrellas. Sin duda, Robby era el Andre Agassi de esa generación, el tenista distinto a los demás.

Tras un decepcionante 2004 vino el año en el que encandiló a la vez que sorprendió. Con su peculiar indumentaria (camiseta sin mangas y gorra hacia atrás) firmó un verano de 2005 sencillamente brillante. Tras ganar su segundo título ATP en el cemento del extinto torneo de Indianápolis, arribó a Cincinnati donde paso a paso fue cargándose grandes jugadores, firmando una tras otra sorpresas que engrandecían su figura. Mariano Puerta (finalista ese año de Roland Garros), David Ferrer, Carlos Moyà y Marat Safin sucumbieron ante las habilidosas y explosivas manos del luxemburgués de ascendencia. Solo el número uno, Roger Federer, pudo parar su ambicioso camino hacia la final.
El romance con el tenista americano vivió su punto álgido en la edición de aquel año del Abierto de Estados Unidos. Tras ganar cómodamente a García-López y Muller (verdugo de Andy Roddick en primera ronda), enfrentó ni más menos que cuatro partidos consecutivos apurando hasta la quinta manga, algo nunca visto hasta la fecha en el US Open. Haas, Gasquet y Coria fueron las víctimas y Agassi el verdugo en semifinales. Se ganó con creces al público de Nueva York con sus épicas batallas. Tras la retirada de Andy Roddick se había quedado como el único tenista estadounidense semifinalista al menos de un Grand Slam.
El idilio entre Robby y su raqueta continuó a pesar del bajón que podía esperarse en él. En las pistas cubiertas del Telefónica Arena de la Casa de Campo de Madrid puso los pies en la penúltima ronda del evento. En esas instancias fue el a la postre campeón Rafa Nadal el que venció al americano. Al año siguiente volvería a firmar un gran torneo llegando a cuartos. Madrid fue una ciudad en la que encontró siempre buena sintonía con su tenis.
Su techo en el ránking lo tocó ese mismo año como era natural. Número 15 del mundo, solo con Roddick y Blake por delante de él. El año 2006 debía ser el de la confirmación de su verano de 2005. Nada más lejos de la realidad. Nubes muy negras se cernieron sobre su tenis. Decepción tras decepción, parecía confirmarse que aquel estío supuso un estado de trance, un momento pasajero de brillantez, un amor de verano que resalta lo efímero del éxito y la gloria, especialmente en el tenis.

Durante el resto de su carrera, Ginepri solo encontró sensaciones de tiempos mejores allí donde la gran mayoría de compatriotas suyos nunca desean jugar, la tierra batida. No cualquier tierra batida, la de Roland Garros. Tanto en 2008 como en 2010 arribó a cotas inimaginables para casi cualquier estadounidense, los octavos de final. Fernando González primero y Novak Djokovic después bajaron a la tierra al de Florida.
Diversas lesiones le fueron apartando del primer plano del tenis mundial y diversos problemas económicos le hicieron continuar luchando y bregando por el circuito Challenger con esporádicas apariciones en Grand Slams y ATP World Tour. Los que más le admiraban siempre esperaron una reaparición fulgurante de Ginepri, que repitiera antiguas gestas. Pero Robby ya había dado al tenis todo lo que tenía que dar. Su retirada es una amarga noticia aunque era la crónica de una muerte anunciada hace ya mucho tiempo. A él y a sus fans siempre les quedará París y aquel verano de 2005…