Novak Djokovic es el gran triunfador. Es el número uno y ejerce como tal. El tenis desplegado por el serbio sigue maravillando allá por donde va, y solo hay un hombre capaz de plantarle cara sobre esta superficie: Andy Murray. El escocés siempre ha sido un rival incómodo para el mejor jugador del mundo y en la final de hoy lo volvió a demostrar.
Dos talentos precoces. Dos animales hambrientos. Novak Djokovic y Andy Murray llegaron a la élite cuando apenas contaban con 21 y 22 años respectivamente. Quizá los últimos jugadores jóvenes que se desarrollaron rápido y consiguieron llegar a la élite de manera de forma algo algo prematura fueron ellos. Instalados ambos en el top-4 desde agosto de 2008, se han mantenido en esas posiciones de manera ininterrumpida -salvo incursiones esporádicas de Del Potro y Soderling- intentando luchar por quitarles a Federer y Nadal una hegemonía que parecía eterna.

El primer paso para lograrlo lo dio Andy Murray, que en agosto de 2009, tras ganar el Masters 1000 de Canadá le arrebataba la segunda plaza del ranking a Rafael Nadal. Sin embargo, su prematura derrota en el US Open al mes siguiente le apeó rápidamente de esa posición. La espera se hizo larga pero en el Open de Australia de hace dos años pudimos ver por primera vez una de Grand Slam entre los dos. La mala actuación del escocés en el partido por el título no restó importancia a la hazaña. Por primera vez desde 2008, ninguno de los dos primeros jugadores del ranking estaban presentes en una final de Grand Slam.
Desde entonces, las batallas entre ambos tenistas han sido largas y disputadas. Murray tuvo en su mano cortar la increíble racha de victorias consecutivas que tuvo Djokovic en 2011, pero finalmente cedió en las semifinales de Roma, en el mejor partido de tierra batida de todo ese curso. En Cincinnati, sin embargo, consiguió ser, después de Roger Federer, el segundo hombre en batir al serbio -entonces ya número uno del mundo- en toda la temporada.
Pasados los meses, en Melbourne Park se vio uno de los partidos más increíbles que se recuerdan en los últimos años. Ambos jugadores se citaban como primer y cuarto cabeza de serie en las semifinales del primer ‘major’ del 2012, y una vez más no decepcionaron. El escocés tuvo en su mano vencer a Djokovic de nuevo, llegó a dominar por dos sets a uno e incluso tuvo break de ventaja al final del parcial definitivo. Pero una vez más, el serbio parecía indestructible. Tal y como hizo en el US Open con Federer, volvió a salvarse de la quema y avanzó a la final del torneo, donde le esperaría Rafael Nadal.

Tras un enfrentamiento bastante pobre en la final de Miami, del que resultó ganador el serbio, Murray se llevó el gato al agua en sus dos siguientes enfrentamientos. Su victoria en las semifinales de los JJOO de Londres, sobre el césped de Wimbledon, le dio muchísima confianza. Algo vital para jugarse el oro con Roger Federer en el último partido y conseguir el mayor título de su carrera. Ese fue el ‘click’ para el pupilo de Ivan Lendl, que al parecer supo dar con la tecla exacta para que el de Dunblane superase sus miedos de enfrentarse a los mejores en los grandes escenarios.
La confirmación de esto último llegó en el US Open. Por segunda ocasión volvían a compartir protagonismo en una final de Grand Slam. El cambio de guardia ya era un hecho, sobre todo en pista dura. Tras la derrota de Federer en cuartos ante Berdych, era cuestión de tiempo que durante el otoño Djokovic recuperara el cetro que le acreditaba como número uno del tenis mundial, y Murray ya había sobrepasado a Nadal en los rankings al llegar al partido por el título de campeón. Y de nuevo ambos tiraron de épica. Andy no quería perder su quinta final de un grande, ni mucho menos ser recordado como ‘Poulidor’, así que dio lo mejor de sí para colocarse dos sets a cero. Novak igualó la contienda, pero Murray tenía una marcha más, que le sirvió para hacerse con el trofeo. La losa que tanto que le pesaba ya era agua pasada.
Por primera vez Murray y Djokovic protagonizaban una final épica sobre un escenario colosal: la Arthur Ashe de Flushing Meadows. Por todo ello, su lucha encarnizada por el título en el M1000 de Shanghai no sorprendió a nadie. Ninguno de los dos jugadores dejaba un resquicio al otro para atacar. Son tenistas modernos, jugadores totales, con poquísimos puntos débiles, y con una gran sabiduría para elegir el momento exacto en el que tienen que atacar y en el que tienen que defenderse. En la ciudad china, ‘Nole’ sobrevivió a varias bolas de partido para llevarse un encuentro que se alargó hasta las cuatro horas.

Al igual que en esta última final en Melbourne, en las ATP Finals de Londres, Djokovic se impuso remontando en el marcador. Nadie tiene dudas de que son los mejores del mundo en pista dura, y quién sabe si dentro de poco serán los dos mejores del mundo. Con Federer teniendo que afrontar la inevitable cuesta abajo por temas de edad, y estando Nadal más pendiente de sus problemas físicos que de rendir bien en todo tipo de pistas, bien podría el escocés recuperar ese número dos que alcanzó por unas pocas semanas en aquel lejano 2009.
El cambio de guardia es ya un hecho. Dieciocho capítulos escriben, de momento, la historia entre Djokovic y Murray. El de Belgrado domina el cara a cara al salir triunfador en once ocasiones, pero si siguen por este camino, con este nivel de juego, no van a tener nada que envidiar a otras rivalidades históricas que hemos visto a lo largo de los años en el circuito. El presente y el futuro, hasta nuevo aviso, empieza a ser un asunto entre ellos dos.

