El techo de Murray

El problema no radica en su talento ni sus golpes; Todo está en su cabeza

Rafael Plaza | 13 Mar 2012 | 08.47
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Dejemos algo claro antes de empezar: Andy Murray es un tenista especial. Si ganar un título profesional es la meta que persiguen sin éxito miles de jugadores durante décadas de esfuerzo, ganar veintidós es admirable. No es casualidad. Nadie es capaz de lograr semejante currículo si por su cuerpo no fluye la sangre de un triunfador. El británico ha levantado los brazos al aire más de veinte veces desde que en 2005 ganase su primer partido en la élite. En otras diez ocasiones logró quedarse a las puertas de sumar una nueva corona. Ahí comienza su pesadilla. En la última ronda de tres torneos grabados a fuego en su memoria en una cronología dramática: Nueva York 2008 y Australia 2010 y 2011. Tres finales de Grand Slam que han marcado el resto de su vida. Tres trofeos arrebatados por dos de los jugadores con los que comparte un escaparate universal y con los que forma, junto a Nadal, la mejor generación de la historia.
Poquísimos rostros han sido capaces de seguir la estela histórica de Federer, Nadal y Djokovic. Algunos lo intentaron, pero terminaron sucumbiendo en el intento desesperado de igualarse ante tres nombres alargados en el tiempo. Lo hizo Roddick y terminó agotado de golpearse una vez tras otra con el mismo muro de roca caliza. Lo hizo Soderling a destellos con idéntico resultado. También acabó desesperado por ser derrotado en la mayoría de los desafíos. Lo hizo Del Potro y pareció ser una alternativa tan seria como real. Se lesionó en la muñeca y perdió más de dos años vitales entre la recuperación y la escalada hasta su posición real en la clasificación. Lo hicieron circunstancialmente Tsonga, Berdych y otros jugadores de segunda final. Ninguno de ellos, salvo el argentino, logró privar a uno de los rostros nobles de la clasificación de un título grande. Un torneo del Grand Slam. Los cuatro compromisos de una temporada para los que vive un tenista. Murray, sin embargo, puede presumir de seguir resistiendo entre ellos.

¿Qué ocurre entonces con Andy?


Dudar de sus capacidades técnicas es una imprudencia. Incluso la persona más neófita en este deporte sabría reconocer que sus condiciones son idóneas para triunfar. Murray es un contragolpeador natural. Pasar del escudo a la espada en un segundo es su territorio ideal. Su zona. Donde se siente cómodo, seguro e infalible. Podría abandonar la defensa para ser un atacante y seguro que también rozaría altas cotas de notoriedad. Sabe hacerlo porque lo ha demostrado en ocasiones puntuales. Cuando la situación llegó al límite, Andy se atrevió a cruzar la línea. Sabe acelerar y frenar creando una peligrosa tormenta de ritmos. Sabe servir con potencia y solvencia. Sabe apostar a las líneas y levantar una muralla de apoyos infranqueables. Domina, en consecuencia, todo el abanico de opciones disponibles.
Su problema es bien distinto.

Murray queda en un segundo plano tras Roger Federer. Foto:lainformacion.com/EFE

Los campeones no se moldean con un puñado de golpes aislados y desordenados. Por muy buenos que estos sean hace falta algo más. Lo realmente sustancial. La parte más importante del paladín es un tiro intangible. Un tiro que no tiene potencia, efectos o alturas. Un tiro invisible. Nadie lo ve. Nadie lo aplaude. Nadie se asombra ante su belleza. Pero es el que termina marcando la diferencia entre ser sublime, destacado o común. Pocos conocen que la mente es más importante que el disparo más venenoso. La llave que se desbloquea un complejo laberinto que ningún científico ha logrado descifrar por completo.
La mente es el corazón del tenista. Por ella transcurre un mar de sentimientos a la velocidad de la luz. En ella viven todas las emociones antagónicas del ser humano multiplicadas hasta niveles siderales por la adrenalina de la competición. El valor y el temor. La alegría y el pesimismo. El coraje y la cobardía. Noche y día. Blanco y Negro.
La mente es lo que termina marcando la diferencia.

Andy Murray, hundido psicológicamente en Melbourne. Foto:lainformacion.com/Getty Images

La de Andy es singular. Capaz de tocar el cielo y el infierno de forma consecutiva. Tan brillante como frágil a la vez. En su cabeza habita un jugador de ajedrez. Su versatilidad estratégica es asombrosa. Gracias a ella ha maravillado en multitud de ocasiones por radiografiar los partidos durante No hay ninguna duda de ello. La otra parte, la que le ha llevado a deambular sin rumbo como una veleta en un día de viento, es la que impide que continúe con su evolución lógica. La que le frena en sus aspiraciones. La misma que quedó gravemente herida después de perder la primera final en Melbourne.

El caso de Djokovic debería ser la ayuda más valiosa para el número cuatro del mundo. Son situaciones muy similares. Ambos tenían un repertorio de golpes para dominar cualquier rincón del mundo. Ambos necesitaban subir un escalón psíquico. Novak lo logró en 2010 cuando ganó la final de Copa Davis. Fue su punto de inflexión. La fase previa a un año de leyenda que le aupó hasta la cima del mundo. Andy no, Andy quedó rezagado en las sombras. Por eso debería intentar aprender de la experiencia indirecta que el serbio le ha mostrado a él y a todos los demás. El tiempo juega en su contra para dar un paso imprescindible .
Por eso buscó soluciones en un último intento de alcanzar sus propósitos.
En Lendl intentó encontrar la figura de un mentor y el reflejo de alguien con una historia similar a la suya. Por eso pensó que sería bueno escuchar todo lo que el checo tenía que contar. Antes de ganar ocho títulos mayores, Iván perdió cuatro finales. Es el mismo camino recorrido por Murray. Su entrenador consiguió saltar al otro lado cuando el filo del abismo se reducía a milímetros. Fue como una bombona de oxígeno que le espoleó hacia un terreno soñado. Terminó su vida profesional con más de un millar de victorias y casi un centenar de títulos. En él, Andy buscó el enlace para acceder a sus dos grandes tareas pendientes: ganar un Grand Slam y coronar el cetro del circuito.
El número dos del mundo establece hasta ahora el techo de su carrera. Hablar de un asalto a la primera posición de la clasificación puede sonar utópico. Lo es, sin ninguna duda. La distancia en puntos es tan extensa como la cantidad de actuaciones destacadas que tendría que firmar para lograr ese objetivo. Tampoco debería ser su meta. El número uno es consecuencia directa de otra: ser regular y ganar varios trofeos de primera línea. Un lugar reservado para Federer, Nadal y Djokovic.
Los cuatro jugadores dominadores del universo son excelsos. La diferencia entre ellos se reduce a un minúsculo conjunto de puntos. Ni siquiera eso. Se resume en detalles tan insignificantes como astrales. Ninguna victoria o derrota producida entre ellos podría ser considerada como sorpresa. Todo está muy equiparado en el cielo de la clasificación.
Vivimos en una época brillante. Posiblemente estamos asistiendo a un período atemporal. Todos lo recordarán en unos años. Los relatos de sus protagonistas pasarán de boca en boca como ahora nosotros rememoramos las batallas de McEnroe, Borg y Lendl. La mejor generación de jugadores compite cada semana delante de nuestros ojos por cincelar su nombre. No juegan para ganar un nuevo trofeo, ni por rivalidades personales. Lo hacen para entrar en la historia. Murray tiene en su mente la solución para ser uno más de esta irrepetible batalla. Por ello será recordado. Por sus victorias y no por sus derrotas. Todo guerrero es eterno por sus hazañas y no por sus fracasos. Andy oposita a lo primero.