Novak Djokovic vuelve a depender de sí mismo

El serbio Novak Djokovic gana su tercer US Open y su 14º Grand Slam, igualando a Sampras, tras una cátedra de movilidad y magisterio al resto.

Novak Djokovic. Foto: Getty
Novak Djokovic. Foto: Getty

El verano de 2018 parece traer consigo otro momento de esplendor, esta vez más inesperado, para una leyenda del tenis que vive para cuestionar lo que se ponga por delante. De nuevo luchando contra algunos elementos, llámese el descomunal e histórico drive de Juan Martín del Potro o el ánimo de un público que volvió a empujar a su rival, Novak Djokovic levantó su tercer US Open (6-3 7-6 6-3), su 14º Grand Slam y su candidatura para abalanzarse sobre el número 1 a corto o medio plazo después de reducir y disminuir al tremendo tenista argentino. Djokovic, como en 2011, 2015 o 2016, ha vuelto para tiranizar.

La lluvia avisó de crear un nuevo escenario, con techo cubierto, y una certeza, que su rival iba a gozar del cariño de un respetable que quiso meter a Del Potro en el choque, sin saber que Djokovic iba a sacarlo del mismo cuantas veces hiciera falta. El tenista balcánico cinceló una obra perfecta, canónica en equilibrio, entereza, sabiduría y modernidad tenística, basada en un estilo impertérrito, que devora la mente de su rival gracias a un nivel de concentración, movilidad y calidad tenística propias de un tenista que hace ya mucho tiempo construyó su propio camino. Una nueva medida de las cosas que juntas conforman el tenis.

Se pudo ver en los ojos y en inconformismo con su alrededor -habla con el árbitro, se queja de lo que considera injusto, celebra los momentos importantes y el momento cumbre como solía celebrarlo- que Novak tenía la mano ganadora en la finalísima del US Open. Preparado para aguantar los huracanes y alimentarse de cada acometida de Del Potro para imponer un tenis tan rocoso como elástico y líquido, punto a punto, bocado a bocado, sin cesar. No existieron huecos en la retaguardia de un memorable jugador de tenis, vestido de perfección.

Arrancó la noche con un set de puntos muy largos, con los dos jugadores asentando planes sobre la pista, pacientes en el momento elegido para pasar al ataque, con Del Potro cortando mucho la pelota y Djokovic activando sin más demora sus piernas. Excelso en el cómputo movilidad-reacción, Djokovic fue apilando argumentos de toda índole hasta dejar sin espacio a Del Potro. Únicamente en algún tramo desbordado de sartenazos de sobra conocidos inquietaron lo que durante todo momento fue un recuerdo imborrable de 2016.

Siempre esperando por detrás de la pelota, incisivo y sincronizado con cada bola, cumpliendo aquella frase de Nick Bolletieri sobre el tenis moderno -movimiento, movimiento, movimiento-, el balcánico fue sumando claves a su repertorio. De entrada, un golpe para la memoria: su devolución. Para Del Potro, activar su combinación servicio y drive era condición sine qua non para discutir esta final. Y allí estuvo Djokovic para procrear devoluciones imposibles, pero sobre todo, regulares y extendidas en el tiempo. La regularidad de Djokovic restando de manera impoluta explicó el marcador, las sensaciones y el envoltorio de una final que se amplió cuando Nole caminó 6-3 y 3-1 entre medias de un guion inequívoco: Djokovic estaba regando la pista de un tenis inabordable. La pelota del de Belgrado sonaba como si estuviera en un estudio de grabación. Música sobre las líneas, siempre jugando profundísimo, y perfeccionando con su derecha un movimiento invertido con la intención de ganar una posición mejor para el siguiente tiro. Djokovic elevó el concepto que el mismo llevó de la mano en su mejor momento: anticipar para transitar hacia el ataque.

Pero en base a una excelente movilidad, cubriendo pista con una celeridad y una calidad exquisitas, Djokovic defendió también de la mejor manera. generó muchas bolas extra y demandó en su rival arreones que llegaron con tres juegos consecutivos después del 3-1 del segundo set, y 20 minutos de juego, el octavo de la segunda manga, que de alguna forma sirvieron para entender por qué Djokovic ha recuperado su mojo. Del Potro se metió a la gente en el bolsillo y con ellos se fue a por el segundo parcial, pero Djokovic, en un tira y afloja extenuante, igualó a cuatro y tras llegar al tie break, salió al encerado y dio una clase de competitividad al alcance de jugadores excelsos en su mejor momento.

El tercer set corrió parecida suerte pero con una montaña dificilísima de escalar para el sudamericano, que tras ceder un break lo recuperó a base de manotazos más furiosos que sostenibles, y cuya igualdad posterior vino a significar un desenlace. Djokovic, preciso, ligero, demoledor, cerró el partido y mandó un nuevo mensaje para el presente del tenis. Si hace apenas tres meses Marco Cecchinato instalaba las dudas en su inestable mentalidad, el tenis ha dado la oportunidad a Novak de dominarlo todo de nuevo. En su banquillo Vajda, Jelena y su familia. Con este nivel de tenis, Djokovic vuelve a depender de sí mismo.

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