El US Open de las bajas, una bendición

Lejos de quedar deslucido por las cuantiosas y remarcables bajas, este US Open está siendo altamente atractivo por las sorpresas y la savia nueva. Me quedo con este.

Del Potro tras vencerle a Thiem. Foto: Getty
Del Potro tras vencerle a Thiem. Foto: Getty

Confieso que la semana anterior al US Open tenía una sensación extraña, una especie de desidia, un tipo de malestar, insospechado en una previa de un Grand Slam. Y es que el rosario de bajas con el que se presentaba el Abierto de los Estados Unidos de 2017 restaba indefectiblemente interés al torneo. Djokovic, Wawrinka, Nishikori, Raonic y... Murray. Todos lejos de Flushing Meadows, ni un solo punto iban a disputar. Si a eso le unimos las dudas que traían consigo al evento neoyorquino Roger Federer y Rafa Nadal, completábamos un panorama poco apetecible, enrarecido, que pintaba un US Open de capa caída, como deprimido, venido a menos en una época donde los grandes nunca fallaban, donde el 'Big Four' brillaba Slam tras Slam.

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Con más pereza que ilusión seguí los primeros compases del torneo. Sin embargo, pronto cambió la perspectiva. La decepción por tantas notables ausencias fue reemplazada por la ilusión y el recogijo de ver a las nuevas perlas del tenis mundial brillar sin complejos, como si la falta de estrellas les hubiera dotado de una confianza superior. Supuestos grandes espadas llamados a hacer algo grande tras su fantástico verano no respondían a tales espectativas. Más leña al fuego, que iba avivándose.

Dimitrov fuera, Alexander Zverev fuera, Marin Cilic fuera. Uno echaba una ojeada a la parte baja del cuadro y lejos de despreciarlo se quedaba maravillado pensando en la enorme puerta abierta para jugadores que en situaciones normales tendrían casi imposible lograr una hazaña como la de colarse en cuartos, semis o en la mismísima final de un Grand Slam. ¿Por qué no un tío de 1,70 m en cuartos? ¿Por qué no Pablo Carreño? ¿Por qué no un Sam Querrey o un Kevin Anderson jugando a ser un 'Big Four' más luchando por lo más grande a lo que puede aspirar un tenista profesional? Enormes Denis Shapovalov o Andrey Rublev. O Juan Martín del Potro, al cual no se le esperaba así.

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Yo me quedo con esta versión de un Grand Slam. Y más aún teniendo en cuenta de lo que venimos. Hemos disfrutado de una maravillosa era, la era dorada del tenis con innumerables odas a este deporte protagonizadas por auténticos monstruos llamados Federer, Nadal, Djokovic y Murray en la mayor parte de los casos. Pero había un lado poco atractivo en todo eso: La monotonía. Y es que un Nadal-Djokovic tiene un límite o un Murray-Federer o... un Nadal-Federer. Vas a preferir a ciegas ver un partido suyo a cualquier otro, sin duda. Pero el tenis también es sorpresas, historias distintas, nuevas caras, incertidumbre máxima.

Y este US Open en gran medida es eso. Recuerdo un Roland Garros 2009 colmado de sorpresas y cuánto lo disfruté. Casi insondable lo que podía acaecer en las últimas rondas. Los guiones a la papelera. La improvisación al poder. En esta edición del Abierto de los Estados Unidos se está quedando una mezcla deliciosa entre lo que debe ser y lo que no tocaba que fuera pero que muy bienvenido sea. Por un lado un posible Federer-Nadal y por el otro Carreño en semis contra un cañonero, ya sea Anderson o Querrey. Uno de esos tres en la final del domingo. Tremendo.

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Para los que amamos de verdad el tenis episodios como estos los valoramos en gran medida, sorpresas así que añadan un picante especial. El nivel de tenis no será el mismo pero las historias generadas alrededor así como la emoción no son comparables. El año 2017 pintaba un monólogo Murray-Djokovic, ciertamente aburrido desde mi punta de vista. Qué rápido se torno en otra cosa. En un relato plagado de giros inesperados, de regresos, de apariciones, en definitiva de novedades y sobresaltos. Tan necesarios todos ellos para el bien del tenis. Y gracias a estas bajas, las echaremos tanto de menos que cuando regresen los acogeremos con todas las ganas del mundo.

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