Nadal silencia a Djokovic en Montreal

El mallorquín, ganador de un intenso pulso a tres mangas, vuelve a tumbar al serbio en una pista de cemento

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Rafa Nadal alcanzó la final del Masters de Montreal tras batir a Novak Djokovic (6-4 3-6 7-6). El balear volvió a derribar un muro que permanecía intacto cerca de tres años: torcer la mano del balcánico en una pista de cemento. La segunda semifinal de Montreal, la que enfrentaba al número 1 del mundo contra el número 1 del año, opone a dos perfiles sedientos de dolor. Para Novak, campeón de las últimas dos ediciones, es la oportunidad para seguir marcando el territorio en cemento. Para Nadal, verdugo en Roland Garros pero incapaz de sentar a Djokovic en pista dura desde 2010, la opción de generar un asalto que origine un terremoto psicológico con el US Open en el horizonte.

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En los prolegómenos del encuentro remarcaba el tenista mallorquín la necesidad de adoptar un planteamiento consistentemente agresivo. Ante un jugador con la capacidad de despliegue físico como Djokovic, sobre una superficie tan rápida como la canadiense, bregar por la iniciativa del intercambio era un requisito ineludible para sumar opciones en el pulso. En esa tesitura, mantener la intensidad con el servicio es un factor clave para Rafa. Para Nadal, con mayor tradición de construcción que de finalización, es una prueba de auténtica fortaleza mental.

Por eso salta bravo al campo, sabedor de estar compitiendo en el hábitat de Djokovic. Para el de Belgrado, salpicado el partido de gesticulaciones y muestras de cierta desesperación, es la pelea contra el pasado reciente. Corre con el fantasma de París acechando en la espalda. Una circunstancia que parece no estar del todo suturada en la mente del balcánico. Novak, que roza la perfección ante Gasquet en semifinales, abre el encuentro tembloroso ante Nadal. Disparado a dobles faltas con el cuerpo aún frío, entrega un margen vital en la puerta de salida. Es el rescoldo de una decepción parisina que en 2012 tarda en sacar de su sistema, incluyendo cada partido de élite disputado en cemento. En 2013, tras un nuevo traspié en la capital francesa ante Rafa, su recuerdo parece tener ecos en el primer partido ‘serio’ en pista dura.

El planteamiento táctico a emplear por Nadal es la receta para poder cumplir en Nueva York. Su cuerpo suda en Canadá. Su alma vibra en la Gran Manzana. Rafa adopta un patrón de actividad asumido frente al serbio desde hace tiempo. Construye sus opciones a través de una agresividad lacerante. Debe vivir colgado de la línea de fondo. Morir en cada tiro por colocar el blanco al alcance de sus punteras y entrar en pista cuando brote la mínima opción. Morder cada bola corta. La decisión es feroz. Hacer larga la pista, empujar a Djokovic contra el muro a través de la profundidad y no tanto del desplazamiento lateral. Siendo más directo en la ofensiva, trata de estrechar el campo de acción del balcánico, de embutir su frente de actividad reduciendo la posibilidad de generar ángulos. Pocos redireccionan la esfera en dinámica de transición como el serbio. Una virtud a neutralizar por Rafa. Es, en definitiva, la plasmación de una voluntad expresada en el pasado.

Cuando Nadal cede la final del US Open 2011, juega un tercer set pensando a futuro. Se olvida del marcador, dos parciales de desventaja, y juega un partido mental entre los límites de una manga. Se quiere demostrar a sí mismo capaz de forzar la mente y el esquema del serbio. Hablará de ‘llevarle al límite’. Una expresión que se repite en la previa de Montreal. Así jugará en la final del Open de Australia 2012, precedente más fresco en pista dura, y terminará exigiendo el partido por el título más largo en la historia de los Grand Slam. Y así, decidido a virar el timón en cemento, abordará el encuentro ganado en Canadá.

Era uno de los grandes retos pendientes del mallorquín: demostrarse capaz de competir mirando a los ojos a un hombre referencia sobre cemento. Dejando a un lado criterios de resultado, se trataba de observar en qué altura se encontraba la competitividad del balear en este tipo de partidos, ante este tipo de rivales, a dos semanas de prestar servicio en el Abierto de Estados Unidos. El propio Rafa, con un parón de siete semanas a la espalda, llegó a conceder la posibilidad de que el choque ante Djokovic llegase algo pronto en su preparación camino de Nueva York. Apenas en el cuarto encuentro en su gira norteamericana de cemento con el último Grand Slam del curso como desembocadura.

No obstante, la respuesta competitiva mostrada en Canadá es notable. En el escenario de su primer título en pista dura, logra algo más allá de lo imaginable semanas atrás. Una plasmación de reconversión interior. El mismo hombre que entrega en Wimbledon una ronda inaugural de Slam por primeva de en su vida consigue consigue romper una sequía de tres años en cemento ante el número 1 del mundo. Dos horas y media de batalla ajustada dando la sensación de poder resistir más tiempo si el pulso así lo hubiera requerido. En 31 juegos al servicio apenas se producen cuatro roturas. Es decir, la pelea desatada bajo los focos de Canadá es una discusión de primer nivel: un tira y afloja donde la resistencia es máxima.

Es, también, la constatación de que el tren inferior del mallorquín está presto para soportar sacudidas de intensidad sin parangón. Privado de vendajes, no necesariamente de molestias, las piernas del balear trotan con una decisión ilusionante sobre un cemento que tiende a carcomer las articulaciones. En un pulso a tumba abierta, dos de los mejores desplazadores que ha visto la disciplina en los últimos tiempos se enzarzan en una pelea permanente por controlar el fondo de pista. No hay miramientos a la hora de caminar apenas a unos palmos de la línea de fondo. Nadie cede terreno. Los choques entre balear y serbio configuran un arquetipo táctico de finalización por ambas partes. No hay respiro. La intensidad de bola es superior al de cualquier otro partido. Ahí, con las piernas cocidas a arrancadas o contrapiés, la explosividad de salida se somete a una reválida permanente. Con buena nota salva Rafael la empresa.

Nuevamente es la demostración de un carácter donde la capacidad de superación queda indeleble. Ante el mejor hombre sobre cemento en la actualidad, Rafael resiste contra viento y marea. Cuando Djokovic se asienta en el partido, más presto en automatismos de una cancha de tempo raudo, siendo más solvente desde el fondo de pista en los intercambios prolongados, Nadal no pestañea. Para muestra un tercer set de intensidad colosal. Una altura de pelea donde las tácticas pasan a un segundo plano en favor de los corazones. Una brega sin cuartel donde, bordando un instinto de supervivencia, ninguno concederá su servicio. Rafael ni siquiera ofrecerá a su oponente la más mínima opción de rotura. Ahí radica buena parte de la grandeza de los competidores. En una virtud grabada a fuego en su interior que marca diferencias entre grandes jugadores y auténticos campeones: ser capaz de tomar las decisiones correctas en fases de bárbara tensión.

Llegado a un tiebreak en parcial definitivo, reminiscencia de la final perdida por el mallorquín en Miami 2011 donde el relevo tornó en tendencia, Rafa no da opción al titubeo. Se come los malos síntomas del pasado hasta construir un tiebreak impenetrable (clausura en 7-2 lo que construye con 6-0). Sin embargo Djokovic, un tipo que camina como nadie cuando la cuerda se estrecha, se deshincha de manera alarmante. Es el segundo guadañazo a manos de Rafa en apenas dos meses. En superficies distintas. En escenarios grandes. ¿Cómo asumirá esto en la rivalidad? El tiempo para pensar es justo con Cincinnati pidiendo respuestas a partir del lunes.

Un partido que, sugerido por el marcador pero confirmado por las sensaciones de juego, deja una lectura fundamental: el balear está preparado para volver a pelear por todo en cemento. Para acudir a cada torneo sobre pista dura con las garantías de poder expresar la última palabra. Es el encuentro que coloca la etiqueta de ‘definitivo’ a su retorno deportivo. De nuevo, por primera vez desde la eclosión deportiva de Novak, fue capaz de asaltar la guarida de su enemigo más poderoso. Dejó cabizbajo a Djokovic en una pista de cemento.

Nadal, que no conoce la derrota sobre pista dura en 2013, busca algo inaudito en su carrera. Tras gobernar Indian Wells y cercar el asalto de Montreal, tiene a un partido de distancia hacer suyos dos Masters 1000 sobre cemento al aire libre entre los márgenes de una misma temporada. Sobre cemento y expuesto a agentes naturales, como se competirá en Nueva York, quiere Nadal volver a cerrar el puño. Bajo su égida cedieron Berdych, Federer, Del Potro o Djokovic. Un espaldarazo para un hombre que camina para demostrarse competitivo fuera de la arcilla.

Llegado al medio centenar de partidos en 2013, la hoja de servicios del mallorquín deslumbra: 47 victorias por 3 derrotas. Saldrá aún más número 1 del año de una Montreal donde firma la décima final de la temporada. Si es el octavo cetro del curso, vigésimo quinto Masters 1000 que lo dispare como líder en eventos de tal calibre, deberá refrendarlo ante el local Raonic. Encarando a un nuevo top10 que disputa el partido más grande su carrera, Rafa avistará una grada que no ha dudado en generar un ambiente hostil a los forasteros en toda la semana. Habiendo superado el muro de Djokovic en cemento, puede parecer un escozor secundario.

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