Vintage: Molla Bjurstedt la tenista potente

Descubre la peculiar historia de la tenista noruega que cambió el devenir del tenis femenino ganando ocho US Open. Nuestra saga ‘vintage’ continúa

Pedro Gutiérrez | 31 Dec 2012 | 00.39
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En Puntodebreak encontrarás toda la actualidad y noticias de tenis, así como fotos de tenistas e información de los torneos ATP y WTA como los Grand Slam y Copa Davis.
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Nuestra sagavintage’ continúa, ya estrenada brillantemente por Rafael Plaza y su artículo sobre Björn Borg, toma el testigo la conquista de las Américas de Molla Bjurstedt Mallory (6 de marzo de 1884 en Christiania, hoy Oslo).

«Encuentro que las chicas generalmente no golpean la pelota tan duro como debieran. Yo creo en golpear siempre la bola con toda mi fuerza, pero parece haber una disposición para "solo pasarla" en muchas chicas con las que he jugado. Me desespero. Yo no llamo tenis a esto», es recordada como una de sus grandes citas. Clara, honesta e incluso, por momentos, bruta.

Cuarta de cinco hermanos, tres de ellas féminas, Anna Margarethe siempre fue una niña peculiar. Con 19 años un fracasado pretendiente le propuso intentar jugar contra él a ese deporte llamado tenis, en aquel pabellón cerrado que apenas encendía sus luces del Christiania Lawn Tennis Club. Imaginen la cara del muchacho aquella primera vez en que alguien vio a Molla golpear con una raqueta. No, la pelota no fue a la línea como ocurriría en una película, más bien acabó por colarse por una de las claraboyas a varios metros de altitud del pabellón, aportando los cristales rotos el efecto suficiente para dejar estupefacto al muchacho. Lo curioso e interesante no fue su error sino que golpeó a la pelota extraordinariamente duro. Tanto como aquél mozo jamás había visto a nadie. A Molla le picó la curiosidad, ésa curiosidad que transformó aquél talentoso antebrazo en uno de los más célebres de la historia y conquistar ocho títulos de US Open (1915, 1916, 1917, 1918, 1920, 1921, 1922 y 1926). Y cuando digo antebrazo: digo antebrazo, no muñeca, ésa fue su gran aportación.

Apenas arreglada la maltrecha claraboya, Molla ya se había inscrito en su primer torneo de tenis. Ni un mes tardó. “Las niñas soñaban con su boda, los niños con volar... yo siempre había tenido el deseo de correr y golpear a algo. Resistir y atacar a la vez. En la escuela hacíamos mucho ejercicio: remo, natación... y en casa tenía duras batallas diarias con mis hermanos, pero hasta que conocí el tenis no había tenido una sensación igual. Aquél juego me apasionaba verdaderamente, esas pistas me arrastraban hacia ellas. Era un juego curioso, muy divertido a la vez que muy físico, con estrategias y con mucho camino para recorrer y mejorar”. Perdió aquél torneo, pero su alma competitiva entró en acción. Sin heroínas en las que reflejarse, supo descubrir que sólo compitiendo su juego crecería. Y vaya si lo aprendió, sin duda una de las grandes virtudes que destacan los analistas de la época era la capacidad de Molla para aprender de las derrotas, superarse, y competir como una auténtica guerrera. Fue ella quien transformó el tenis chic de té y pastas, en el tenis batalla con dureza y estrategias. Una tenista clave en la historia y evolución del tenis femenino.

Más tarde, el príncipe heredero noruego, Gustav Adolf, se interesó por ella... a cada torneo que jugaba aumentaba exponencialmente su fama, y compitieron juntos con escaso éxito en los Juegos Olímpicos -años más tarde ella conseguiría a nivel individual la medalla de bronce-. Sin embargo, sus padres no creyeron que aquello condujera a nada. Fue internada en Wiesbaden (Alemania) para aprender alemán, pero como relató ella mismo, fue un fracaso: “no me gustan las chicas en absoluto; lloré durante seis meses hasta que conseguí volver a casa; aquello era un asco, sabiendo que existía el tenis no iba a encerrarme a coser. De ninguna manera”. Después marchó a París para mejorar su francés, permaneciendo todo este tiempo alejada por completo del tenis. Entonces se enteró de que el tenis en el Reino Unido estaba muy generalizado, volvió a Noruega y estudió enfermería, era el trabajo bien hecho que buscaba el premio como recompensa de conseguir que su padre le permitiera, de nuevo, desplazarse a Londres libre y aún sin prometido para trabajar. Lo consiguió y bien poco tardó en inscribirse en un club.

Sin embargo, en su profesión las cosas no marcharon bien, y aunque aprendió allí la federación inglesa apenas le permitió competir; de nuevo con ansias de batalla a cada vez más alto nivel Molla volvió a casa desilusionada. Entrenó a su hermana y convenció de nuevo a sus padres para marchar a jugar un torneo en Hamburgo (Alemania) prometiendo que tan sólo sería una semana. A regañadientes accedieron, pero les engañó. En aquél torneo quedaron segundas en dobles, y ella también perdió la final individual. Entonces otras tenistas les comentaron que en sólo dos semanas se disputaría un nuevo y espléndido torneo en Braunschweig. Desobedientes, ambas hermanas acudieron. Y luego se animaron a otro. Y a otro más. Las cartas de sus padres, caían en saco rato ante la emoción por competir. Aquellos torneos pasaron y su hermana, con sentimiento de responsabilidad ante las misivas apremiantes de su padre, se desplazó a París para aprender música como tenía previsto. No así Molla que siguió sola su senda por Europa. Al poco, quiso acudir a América, deseaba descubrir todo aquello que contaban y emplearse al fin como enfermera a la vez que disfrutaba del tenis. Ni imaginaba lo que aquél viaje cambiaría su vida. “Pasé miedo, pensaba en el Titanic hundido dos años atrás, pero necesitaba hacerlo”.

No fue recibida como una de las tenistas más célebres de la historia cuando desembarcó del trasatlántico en Canadá, donde pasó un tiempo asistiendo a una familia. Más tarde se desplazó a Nueva York, encontró rápido trabajo y al poco leyó en los periódicos que los campeonatos masculinos de EEUU se desarrollarían en febrero. “Aguanté muy nerviosa, apenas dormí, soñaba con el tacto del mango y con la sensación de un buen golpe de derecha... ahorré mucho para poder costearme el viaje hasta el torneo en Philadelphia”. La tentación pudo a sus nervios y acudió. Una vez allí se enteró de que en marzo tendría lugar el torneo femenino. Alrededor de las pequeñas pistas conversó con Haggett, un profesional procedente de Estocolmo. “Hola. Quiero ganar el torneo femenino”, le saludó Molla. “Pues adelante, a por ello. Y encantando de conocerte”, le respondió él, en un tono entremezclado de sentimiento de superioridad, ironía e inconsciencia. Sorprendido se quedaría, imaginamos, cuando vio a Molla ganar el torneo sin perder ni tan siquiera un set. La leyenda se estaba forjando. Haggett le acompañaría en adelante.

Su potente derechazo empezaba a no ser suficiente ante las mejores tenistas del momento. Entonces progresó con su revés, y consiguió mejorarlo tanto como para que aún sin aguantar la diferencia entre ambos golpes, éste último ya no fuera un punto débil en su juego. Dicen que lo cambió en sólo dos semanas con entrenadores americanos. Imaginen. También comenzó a practicar en la red, una zona no honrosa para que las mujeres jugaran al tenis; a ella le importó poco las reglas virtuales que algunos adinerados hubieran creado, si así se cerraba mejor el punto, pues lo haría. Poco a poco apoyada en su enorme potencia, desconocida hasta que ella entró en el mundo del tenis, y en una resistencia brutal, acompañada de un carácter guerrero que le permitía luchar cada bola y conseguir desquiciar a las rivales, labró su espléndido historial. Sin olvidar tampoco su innata capacidad para ajustar las pelotas a las líneas, y marear a las rivales; aquél pelotazo a la claraboya, quedaba muy atrás en la historia de Molla Bjurstedt. Su gran defecto, todo hay que decirlo, fue siempre el servicio, pues lo consideraba no un as en la manga sino una mera forma de comenzar el juego, no atacaba la bola sino que la acompañaba; un defecto que nunca subsanó pero que no le impidió ganar sus ocho títulos de Grand Slam. Casi nada.

¿Mis planes? Ahora mismo mi programa es practicar mi profesión de enfermera durante una mitad de año y jugar al tenis la otra mitad. Tal vez no sea la forma más remunerativa de vida que se pueda uno imaginar, pero de lejos es lo más divertido”. Era el sueño de una tenista espectacular que nació en el lugar inadecuado para su época, pero no se resignó y luchó para volar como muchos murieron sin lograr. Molla se arriesgó y por su sueño fue capaz incluso de fallar a su familia, con quien tiempo después volvió para disculparse ya con títulos del US Open bajo el brazo, y reconciliarse.

Fue la pionera del tenis-lucha, del desconocido tenis-batalla, la primera mujer que quiso hacer de las raquetas un arma y del tenis un deporte completo. Molla no jugaba, competía. Y por ello será recordada. El éxito y el crecimiento personal, componen la sinfonía de su banda sonora.

Si uno fuera a preguntarle a la señorita Bjurstedt cómo se juega al tenis, probablemente ella le respondería que es mejor buscar esa información de algún especialista que hubiera visto y analizado cómo juega más que de sí misma. No es un teórico del tenis, sino sólo un mostrador práctico de cómo jugar tan eficazmente que es relativamente fácil ganar campeonatos con los que el resto sueñan. Ella no sabe cómo lo hace, ella juega y juega porque le gusta el tenis. [...] En el mundo del tenis andan asustados, Miss Molla Bjurstedt ha logrado en apenas unos meses, tras bajar vestida de corto de un trasatlántico, lo que muchos han buscado durante años y años: ocupar un lugar único y envidiado en una disciplina deportiva. Parece ser que ‘success’ -éxito- fue la primera palabra inglesa que entró en el vocabulario de la señorita Bjurstedt”, The New York Times, 27 de febrero de 1916.

La primera palabra que entró y que, por lo visto, nunca le abandonó, aunque después su vida fue una montaña rusa en lo personal. Ésta es la historia de Molla Bjurstedt. La noruega que lo dejó todo por hacer las Américas, por un sueño, por volar... que lo dejó todo por el tenis.

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