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Novak Djokovic es inevitable
El serbio juega para la historia. Un dominio fundamentado en una cabeza privilegiada y una ambición sin límites, una máquina de engullir generaciones.
Novak Djokovic empezó siendo, primero de todo, un proyecto de campeón. Soñar alto se antojaba, a veces, demasiado poco. Un joven tipo crecía viendo a Pete Sampras ganar en un jardín verde que empezó a colarse en sus sueños. Poco después, ese mismo niño se encontraba creando ese trofeo dorado resplandeciente de manera totalmente improvisada, visualizando que algún día sería él quien lo levantara. Mientras tanto, en la trastienda de un pequeño hogar hasta hace no tanto refugiado de las bombas, Dijana y Srdjan recolectaban las monedas que les permitirían pasar la semana.
De las situaciones más precarias nace una verdadera raza de campeón. Es un gen absolutamente inimitable y difícil de explicar, una serie de raíces profundas que te inyectan una fé en ti misma ilimitada. No había nada que pudiese parar a ese chaval. Lo vio Jelena Gencic, visionaria como pocas, cuando le dio una oportunidad a aquel chico que se quedaba hasta muy tarde en las pistas de tenis de la montaña de Kopaonik. Lo vio Niki Pilic, años después, trabajando como un orfebre ante lo que podía ser una verdadera joya.
Lo vieron todos, aunque el mundo hizo caso omiso y oídos sordos. Delante de Novak Djokovic el pastel se lo repartían dos superhéroes ya establecidos en el circuito. Ambos, además, se complementaban y se retroalimentaban de manera tan perfecta... era definitivamente imposible hacer algo por desbancarlos. En los ojos de la gente, al menos, era imposible. Eran demasiado queridos, demasiado idealizados, demasiado idolatrados. No había sitio para un hermano más: el tenis ya disponía de su familia perfecta.
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Domingo, 11 de octubre de 2020. Estuvimos cerca, Novak. Ivanisevic se dirige a su caballito ganador, absolutamente desolado tras recibir una de las mayores palizas en una final de Grand Slam de la historia moderna. Era el momento perfecto para pegar un zarpazo a la historia, el último nivel que le separaba de la categoría de jefe final absoluto. En el año de la pandemia, tras vivir meses llenos de críticas y dudas, tras ser descalificado del Us Open... Djokovic se había quedado muy, muy lejos de cumplir el más difícil todavía. Su carrera contra el crono había encontrado la kriptonita de siempre: Rafael Nadal, la tierra batida. Era disparatado no vislumbrar al manacorí, de nuevo, como el grande con más títulos. Tenía todo el 2021 para hacerlo.
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De nuevo, flashes. La primera final, un torbellino de nervios ante Roger Federer. El primer gran título, en un lugar de nombre histórico llamado Rod Laver al que pronto llamaría su casa. La emoción exacerbada de ganar en casa, entre rapados juveniles y jóvenes sonrientes de un país que conquistaba la Copa Davis por vez primera. La recuperación de la fé en sí mismo, el año en el que todo el mundo se giró para verle, la consistencia de mantenerse en la élite y, a la vez, las finales perdidas que no se debieron haber perdido. Vajda, Becker, Miljan, Gritsch, Stefan, Pepe, Marko, Panichi, Uli. Vajda se marcha. El hombre de piedra que duda, el cuerpo que se tambalea, los otros monstruos que resurgen. Las derrotas, la tierra que deja de ser fértil, la historia que muere. Tocar fondo ante Taro Daniel y Benoit Paire, el hundimiento ante Cecchinato y el tie-break ante Nadal.
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Cuando el tenis disponía de su familia perfecta, Novak Djokovic llegó para destruirla. Y era absolutamente inevitable. No importa cuántas finales se hayan perdido, no importa cuántas decepciones colmen su cuerpo: siempre está ahí. Como lo estuvo en una Serbia destrozada, como se lo imaginó cuando era un niño pequeño. No importa cuántos análisis se hagan sobre él, cuántos artículos hablen de sus viajes a los cuartos de baño, cuántas declaraciones se saquen de contexto: Novak Djokovic es inevitable.
Su esencia, al fin y al cabo, permanece en una pista de tenis de manera perenne. Siempre lo quiso: estaba destinado a ser el mejor. Nunca dudó de que lo sería cuando todo estaba en su contra, cuando hace once años estaba a 15 Grand Slams del mejor, cuando lo único que recibía era risas y burlas de aquellos que lo veían como un irreverente payaso. Si nunca dudó de ello cuando la lógica le negaba la razón... ¿cómo dudar ahora que el viento sopla a favor?
20 Grand Slams y contando. Novak Djokovic es absolutamente inevitable. Si piensan que lo he repetido demasiado, es que no aprendieron del tipo que se empeña en reescribir la historia. Cuando duden de algo, cuando piensen que la vida no les sonríe, conviertan esos cánticos negativos en un mantra de ilusión y esperanza de cara al futuro. Así, un tipo transformó los "Roger, Roger" en "Novak, Novak". Los gritos de "Rafa, Rafa" en cánticos de "Nole, Nole". Y... ¿saben qué? Era absolutamente inevitable.