Del Potro revienta los Juegos

El argentino rompe todas las quinielas y sorprende a Novak Djokovic en su debut. Los Juegos de Río se quedan sin el número uno del mundo.

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La grandeza del tenis reside en partidos como el de esta madrugada. Batallas con millones de personas pegadas al televisor -los más afortunados presentes en el campo- deleitándose de dos jugadores de leyenda. Juan Martín Del Potro, hoy en día todavía fuera del top100, derrotó por un doble 7-6 al número uno del mundo, Novak Djokovic, en primera ronda de los Juegos Olímpicos de Río. El choque tuvo de todo, grandes lotes de magia y una dosis impagable de emoción. El argentino acabó ganando en los puntos e incendió el cuadro masculino en el segundo día de competición. Ver para creer.

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En pista estaban los protagonistas del partido por el bronce en las últimas Olimpiadas de Londres 2012, solo que esta vez, enfrentados en primera ronda. La tremenda injusticia que el azar había causado se iba a comprender ya desde los primeros compases del encuentro. El duelo era a tumba abierta, buscando siempre el intercambio más espectacular. Claro, ¿qué van a hacer? Es imposible hacerlo mal cuando estamos a este nivel de calidad.

Los puntos de quiebre se paseaban de vez en cuando por la pista, acechando en cada deuce, aunque ninguno de los dos se atrevía a dar el paso. Tendría que ser el tiebreak quien decidiera el primer disparo en el Oeste brasileño, lugar donde es crucial medir los nervios… y los golpeos. Djokovic iba sobrado de lo primero y muy escaso de lo segundo. Parece mentira tratándose del número uno del mundo, gran dominador del circuito masculino los tres últimos años y gran dominador de esas situaciones desde ni se sabe cuándo. Pero hoy no era el día, al menos, no de momento. Del Potro mantenía su estrategia agresiva y se apuntaba la primera manga por 7-4 recordando su mejor versión de la temporada 2009. Qué recuerdos.

El estadio respiraba flojito, en parte porque mantenían el corazón en un puño. Lo que realmente tenía que oírse eran los gritos. Y estos no paraban, la mayoría a favor del tandilense, quién diría que estaban en Brasil. Constantes, a cada punto, pero no de forma impertinente, con motivos reales por lo mostrado en pista. Arrancó la reanudación con todo el mundo esperando la reacción del de Belgrado y lo que se encontraron fue al balcánico salvando una pelota que le hubiera puesto 2-0 abajo desde el comienzo. Su cara reflejaba ansiedad, estaba descompuesta, desacostumbrada a ser dominado de esa forma. ¿Pero enfrente no tenía al 145 del mundo? ¿Cómo era capaz de jugar así?

Juan Martín siguió con su estilo, regalando suerte en cada derecha, y casi siempre a su favor. Ese drive tan plano solo se construye en su raqueta, en ninguna más, y desde ahí empezaba a edificar todo el castillo. Y no solo en estático, sino que soltaba el latigazo desde cualquier ángulo o circunstancia. Novak ya no entendía que debía hacer, solo sabía que los juegos pasaban y cada vez le costaba más respirar. Estaba sufriendo sobre la pista, allí donde acostumbra castigar a quien se te interponga.

Otro tiebreak, otra vez en el alambre. Y Del Potro, que no le gustan las despedidas, hizo por acelerar aquel proceso. En seguida se colocó ¡5-0! en el desempate. Pero no con puntos corrientes, no. No era momento para banalidades. Cada cual mejor que el anterior, así hasta que la cinta tomó parte en el acto y repartió su gloria y su desgracia. El abrazo en la red pareció no acabarse nunca, al igual que la ovación al argentino. Al igual que las lágrimas de Djokovic al abandonar el recinto. Imágenes que tardaremos mucho tiempo en olvidar.

Era el sueño de Nole, el gran objetivo, alcanzar el Golden Slam y colgarse la medalla de Oro. Prueba de su decepción es su rostro dirigiéndose al pasillo del estadio. Como un niño que no entiende lo que ha pasado, que solo tiene ganas de llorar y olvidar lo vivido. Del Potro, por su parte, era pura felicidad. Dio gracias al cielo al igual que nosotros damos gracias por su tenis. Hoy un hombre renació en el circuito y mandó un mensaje al vestuario. Un mensaje de fe pero también una amenaza de existencia. Se llama Juan Martín, acaba de dejar estos Juegos Olímpicos sin la mejor raqueta del planeta y ya no entiende de límites.

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