Cilic rompe sus moldes en Rotterdam

El croata, bajo la tutela de Ivanisevic, ha inclinado a Tsonga y Murray al abrigo de la bóveda holandesa

En Rotterdam, una insurreción. Eso no es un tenista, es un hombre sin pensamientos. Cuando Marin Cilic deja clavado a Andy Murray, el número 6 mundial, en dos mangas (6-3 6-4) baja la mirada. Como el futbolista que encuentra la escuadra y guarda el rostro. Como por rubor hacia la grandeza de lo obrado. No hay euforia por cercar a un doble campeón de Grand Slam. Como sin darle importancia, no se deja llevar por la segunda victoria top10 de la semana, ese grupo del que tiempo atrás formó parte.

Ése no es Marin Cilic. Al menos no corresponde a su impronta habitual. Cualquier observador puntual, en base a su caminar en Holanda, anotaría la frialdad de trato como un rasgo inherente a su figura. El balcánico camina, desde el pasado otoño, bajo la tutela de Goran Ivanisevic con el paso cambiado. Un antiguo rey de los Balcanes uniendo fuerzas, Nole al margen, con el mayor talento actual de la antigua Yugoslavia. Esa partida de nacimiento suele tener sangre caliente. Y la de Marin era proclive al burbujeo. Un hombre rico en recursos pero pobre en usos. Capaz de conectar la indolencia y conectar la bombona de oxígeno en el rival.

Después de afrontar una sanción por niveles anormales de glucosa, pareció cambiar el chip con Goran como testigo. Bajo la bóveda de Bercy, un partido mirando a los ojos de un Del Potro encendido atisbaba cierto avance. La vuelta del indoor ha recuperado lo mejor del croata. Tras ganar en Zagreb, primera miel tras los meses a la sombra, la irrupción de Rotterdam.

Hay tres áreas del juego, reconocidas por el propio Marin, donde Ivanisevic ha puesto especial empeño en sudar: servicio, juego de red, solided mental. Con 198cm hay que imponer tenis, aprovechar ese don físico en favor propio. Horas de pretemporada empleadas en simplificar un gesto impropio de un tallo cercano al segundo metro. Cilic modificó su moción, optando por un movimiento más fluido, con un giro más seco de hombros y menor torsión lumbar. El objetivo ganar potencia. El resultado: bombas con más de 200km/h como marcha habitual.

“En resumen, me dijo 'tírate la pelota y rómpela'” afirma un Marin cuyos guarismos de servicios directos rozan las dobles figuras con frecuencia y cuyo primer saque -un 89% ganado y sin quiebres ante un restador de élite como Murray- causa estragos casi inéditos. “Antes pensaba mucho en el servicio. Estar más relajado no es habitual para mí. Hemos trabajo mucho en esto, y está funcionando”. Entre susurros de Goran, apologeta del tragar sin masticar, en Holanda nadie le ha tomado un juego al resto.

Su partido ante el escocés Murray, un compendio de virtudes. La plasmación del paradigma de rendimiento donde el de Medjugorje busca llevar su talento. Abandonar el corsé de mera intriga y susto hasta ceñirse el traje de habitual candidato. Al margen de la autoridad en primer impacto, no hay respiro. Marin vive sobre la línea de fondo. O pega dentro de pista, o colgado a un metro de la raya. El resto, excepciones muy puntuales. Con arcos templados de golpeo de vez en cuando, pero permanente decisión por jugar dentro. Caminar hacia delante, otra clave del código Ivanisevic. “Hemos trabajado muchísimo en la voleas, y por supuesto en el juego de red. Ahí tengo el mayor margen de mejora. En los últimos años no lo hice demasiado bien cerca de la cinta y no era tan ofensivo como me gustaría” afirma un Cilic que apedreó a Murray con un 40% de impactos dentro de pista.

“Mi evolución pasa por jugar como un tenista alto, para acortar los puntos y colocar más presión en el otro jugador” argumenta Marin, que sacó los demonios de un Andy cuya lengua visitó lo peor del diccionario.

Finalmente, y nos menos clave, la fortaleza mental. El gran caballo de batalla de Marin. Su tradicional puerta al infierno. Cuando el partido se ensucia, cuando parece venir el colapso ante un hombre que le domina 9-1, emerge un hombre de hielo. El paso adelante. Ese extra que puede llevarlo a un nuevo terreno. Así, nada más haber conseguido el quiebre del segundo acto, la prueba de fuego. Un 0-40, más una cuarta opción de rotura, anuladas a puro manotazo. Después, mientras Andy sigue repasando el lenguaje británico, un 0-30 termina por el mismo camino.

Tras clavar a Tsonga, dos victorias top10 seguidas para un hombre renovado. Algo inédito desde el Australian Open 2010, un esfuerzo que le colocó entre los diez mejores con apenas 21 años. En Rotterdam, la emergencia de un talento dormido.

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