Federer y el regreso a la hierba

El helvético acude a su superficie fetiche con la voluntad de coger temperatura en un 2013 opaco

Álvaro Rama | 11 Jun 2013 | 09.12
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Roger Federer encara la gira de hierba con la voluntad de coger velocidad en una temporada con más sombras que luces. Apunta el suizo a la segunda mitad del año como el período más factible para el éxito. Una fase que arranca sobre los eventos de césped, escenario que le vio coronar un Grand Slam y ascender al número 1 el pasado año. En su hoja de ruta, dos citas: Halle y Wimbledon. En el evento alemán, tal es la admiración generada que goza de una avenida con su nombre, tiene el helvético su primera piedra de toque para alzar el vuelo. Sentirse como en casa puede ayudar, ¿será lo que necesite el suizo para dibujar un punto de inflexión en 2013?

En París, un imposible. Un Roger cabizbajo contempla cómo el francés Tsonga, desbocado, puro músculo, lo engulle entre adrenalina y potencia. Camina el suizo cariacontecido por la arcilla. Algo no funciona. Roger, que por primera vez en su dilatada carrera de Grand Slam es incapaz de conectar un saque directo, abandona la capital de Francia con la sensación de no haber dado la talla. Él, el campeón de 17 grandes. El considerado por numerosas voces el tenista más brillante que vieron los libros, sale del cuadrilátero con una sensación de deber no cumplido. “He sido inferior en cada departamento del juego” cuenta el jugador del manual infinito. “Estoy realmente decepcionado con la forma en que he jugado” dice un Federer que no duda en piropear a Roger cuando su cuerpo produce arte en forma de actuación deportiva.

Mientras el mundo contempla con atención cómo Djokovic y Nadal libran una interminable pelea de fe y sudor sobre arcilla Roger ya acopla el sistema a la hierba. Esa superficie donde la brecha física que lo separa de los auténticos portentos que hoy discuten las grandes coronas se atenúa. Sobre ella tiene la capacidad para llevar los partidos a su terreno: un terreno que prima el tenis directo le permite encontrar los ganadores con mayor facilidad. Un firme que proporciona botes a menor altura le posibilita golpear a la altura de la cintura, ahí sigue siendo casi imparable, con generosa regularidad. Un suelo donde su versátil servicio, capaz de volar a las cuatro esquinas, le otorga una temperatura no pensada en otros entornos.

Esa superficie donde Federer, un lustro más veterano que sus principales competidores, ha venido encontrando motivos de alegría en una etapa de poder discutido. Y sobre ella espera poder tomar coger velocidad durante las próximas semanas.

El suizo, que en 2013 logró coronar en la superficie verde el asalto al número 1, tiene en la gira de hierba una oportunidad de oro para comenzar a dar lustre a una temporada algo opaca. Nunca en el siglo llegó Federer al mes de junio con la cuenta de títulos desierta. Nunca, tampoco, llegó a estas alturas de temporada con apenas un partido por el título en la bolsa. Con un calendario mucho más poroso en aras de ofrecer el máximo rendimiento en cada cita programada, con amplios períodos de descanso insertados entre torneos, el helvético está penando para encontrar el ritmo.

Tiene, no obstante, el recuerdo presente de su última incursión en los jardines de la disciplina. Sufriendo para mantener la vertical hasta los domingos –esta temporada únicamente ha alcanzado la final en el Masters 1000 de Roma- sabe el helvético que en 2012 acudió al último partido en todos los torneos de hierba donde firmó presencia.

Allí alcanzó su séptima final de Halle, evento donde busca el impulso de cara a Wimbledon. Allí, en el All England, logró reactivar su cuenta de Grand Slams tras más de dos años sin poder alzar un torneo de oro –la sequía más larga de su trayectoria-. Y allí, sobre la mullida tarima que es el pasto, quedó a un paso el suizo de morder uno de los pocos resquicios de su vitrina: una medalla dorada en los Juegos Olímpicos. Roger trazó una hoja de ruta en césped y nadie fue incapaz de impedir que disputase todos los partidos.

Federer acudirá a Wimbledon sabiendo que habrá dudas en cada rival de altura. Allí estará Murray, rodando con mimo el cuerpo entre las precauciones de una dolorida espalda. También acudirá Djokovic, contemplando el frente tras haber rozado con las yemas de los dedos la final –y quién sabe si algo más- de Roland Garros. Firmará presencia Nadal, por primera sin competición previa sobre hierba desde que es campeón de Grand Slam.

Es el reto de una superficie donde, pese a la ralentización progresiva, todo sigue sucediendo a ritmo más vertiginoso. Donde se exige el pensamiento rápido y no hay lugar a la duda. Un entorno de ejecución instintiva, donde el mecanicismo prima sobre la reflexión. Y donde la precisión, siempre importante, adquiere especiales enteros.

Y, ante tal panorama, tiene carta preferente el suizo. Acude al cobijo de las briznas Roger sabiendo que ningún hombre en el circuito maneja tantos triunfos como él (117) cuando los partidos se discuten en los jardines. Sabiendo que no hay tenista que presente un balance de resultados (87.3% de triunfos) más favorable en la superficie. Con la certeza de que no hay rival que pueble las vitrinas con una cantidad de coronas discutidas en pasto más frondosa que la suya (12 títulos).

Antes de salir de París, un aviso. “Sé que alguna gente piensa que a mí sólo me preocupo por cómo jugué y no por el resultado. Me interesa más el marcador, para ser honesto, porque me da otra oportunidad para jugar bien el siguiente partido. No lo hice en París. Pero es más sencillo cuando cambias de superficie. Eso definitivamente ayuda” argumentó un Roger no forzado a convivir con malos recuerdos sobre arcilla.

Mirada al frente pues, para el hombre de los 7 Wimbledon, llega un entorno amistoso. “Amo la gira de hierba. Especialmente estoy animado porque han pasado 10 años desde mi primera victoria en Londres. Estoy deseando volver a Halle y Wimbledon, donde hice el doblete una década atrás. Estoy seguro de que va a ser una gran gira”.