Líder en mitad de una pandemia

El serbio cumple 33 años sumergido en unas circunstancias extraordinarias. El futuro es incierto, pero Nole sigue siendo referencia.

Djokovic, con el trofeo de campeón de Wimbledon 2019. Fuente: Getty
Djokovic, con el trofeo de campeón de Wimbledon 2019. Fuente: Getty

Acababa de conquistar el ATP 500 de Dubai. La alegría era evidente, la felicidad de conquistar otro título. Tanta era que, entre bromas, Djokovic afirmó que sí, que acabar la temporada imbatido era uno de sus objetivos. De repente cambió el gesto. Dejó entrever que no, que no era broma.

11 semanas después, aquel momento parece, en la distancia, uno de esos sueños premonitorios en los que para muchos el único deseo es despertar, mientras que para los fans del serbio es quedarse en él hasta que la temporada de 2020 escriba su final. La única realidad que nos atañe es que todo eso está cerca de cumplirse, pero lejos de las pistas. Un consuelo que se vuelve un castigo si tenemos en cuenta que Novak ve cómo su botín como número uno se queda igual de congelado que la acción en las pistas.

El trigésimo tercer cumpleaños del "chacal" se cumple entre dudas, envuelto en asuntos que no tienen que ver con el tenis. Las redes sociales han dictado sentencia y sus directos de Instagram con personalidades inquietantes ocupan titulares y noticias. Su posición con respecto a las vacunas también fue sometida al escrutinio más visceral, a la búsqueda del titular y el distanciamiento de los grises que escondían sus palabras. Y sí, realmente yo tampoco estoy de acuerdo con lo que dijo ni con lo que puede llegar a prodigar en Instagram.

Pero en lo que al tenis se refiere, se despejan todas las dudas. La balanza se inclina hacia el Djokovic más humano, a esa persona que está intentando marcar la diferencia que en la pista no puede hacer. Hacía mucho, mucho tiempo que un jugador de su estatus mostraba un interés real, con ofrecimientos aún por cuajar, en aspectos que a muchos les quedan lejos. Djokovic tiene la vida solucionada, sin necesidad de meterse en embrollos de equidad y redistribución de riqueza con los grandes transatlánticos de este deporte. Y, sin embargo, lo ha hecho.

Su iniciativa, el Fondo de Ayuda de Jugadores, ha permitido que por fin los que sufren en la jungla del tenis se sientan valorados, noten esa pizca de solidaridad de los más grandes. Ello no quiere decir que los Dominic Thiem o Matteo Berrettini, posturas críticas a su puesta en marcha, deban ser sometidos al mismo ojo crítico impasible que juzga sin entrar en detalles, ese ojo crítico que siempre ha mirado a Novak de cerca, más que a las dos leyendas que trata de alcanzar y superar. Los propios jugadores, como Carlos Gómez, admiten que iniciativas así son, sobre todo, un envión moral de solidaridad que les hacen sentirse tenistas.

Llegados los 33, Novak ha llegado al culmen de la madurez. A su cénit mental. En estos meses estamos viendo un Djokovic comprometido con sus creencias, abierto en sus pensamientos, incluso cuando eso le está jugando una mala pasada. No recibe los elogios de otros, no recibe el aplauso y el apoyo público como cuando Federer y Nadal sugieren una unión entre la ATP y la WTA.

Pero está bien. Nunca importó. Las narrativas, a veces, están controladas. Si algo ha demostrado Novak cumpleaños tras cumpleaños es que él no busca la excelencia ni la perfección, aunque a veces sus teledirigidos golpes le lleven la contraria. Verán, en 1892 un tal Nikola Tesla inventó un aparato que permitía la transmisión de energía eléctrica sin necesidad de cables. Era lo nunca visto. Pero claro, esa transmisión inalámbrica, la Bobina Transformadora Tesla, contradecía los intereses económicos de la época, ya que evitaba cualquier coste hacia el consumidor.

El mago de la electricidad, el bueno de Nikola, no se llevó el mérito que se merecía. Su proyecto se desechó. Nunca tuvo las patentes que hubiese necesitado para hacerse rico, pero no era eso lo que buscaba. La comparación con Nikola Tesla, persona a quien Nole admira profundamente, nunca pudo ser tan acertada. Ya saben que la energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma. Ese principio que Tesla trató define a la perfección a Djokovic. Su tenis y su carácter se han transformado de forma continua para llegar a ser el mejor de todos los tiempos.

A día de hoy, lo sigue haciendo. Transforma su saque y le da tanto éxito que hasta le permite ganar Grand Slams (véase Australia 2020). Transformó su dieta para ser una máquina competitiva. Transformó su mentalidad para mirar a la cara a Federer y Nadal. Ha transformado los cimientos del tenis, ha forzado a que las epopeyas que hablan de Federer y Nadal le incluyan también a él, y quizás algún día acabe transformando las estadísticas que le permitan ser el mejor. La transformación está en su ADN personal, un torrente de energía que antes se desbordaba con frecuencia y que, desde hace tiempo, fluye con vigor únicamente a través de su raqueta.

En estos meses, Djokovic es la cara visible de una pequeña transformación para el tenis. Una que tenga un poco más en cuenta a los de abajo. Cuando vuelva la acción en las pistas, de lo que no me cabe duda es que Novak se seguirá transformando, como esa energía que Tesla trataba de una forma diferente. Porque siendo diferente a los dos mejores, es único. Y sí, a veces está bien recordar que es un líder y embajador para nuestro deporte.

Felices 33, Novak.

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