Nadal agranda su leyenda con un triunfo memorable

El español consigue su duodécimo título en Roland Garros con un tenis inabordable, incluso para un Thiem brillante en los dos primeros sets

Rafael Nadal, campeón Roland Garros 2019. Foto: gettyimages
Rafael Nadal, campeón Roland Garros 2019. Foto: gettyimages

Se acaban las palabras. Cada año nos afanamos en rebuscar en el diccionario en busca de un concepto que pueda aproximarse a lo que hace Rafael Nadal. Antológico, excelso, sublime, apoteósico, histórico... Busquen lo que más les convenza. Yo me doy por vencido. Ganar un título en París es algo tremendamente complejo; el tenis en tierra batida requiere algo más que talento, siendo el más exigente en cuanto a fortaleza física, mental e inteligencia en pista. Son muchas las leyendas de este deporte que no saben lo que es levantar la Copa de los Mosqueteros y este ¿hombre? ya va por la duodécima. Roland Garros 2019 vuelve a ver cómo el mejor jugador de la historia agranda el mito y suma un título más a su interminable palmarés. Lo hizo tras ganar a Dominic Thiem, un jugador impresionante que tuvo que rendirse a la evidencia y cuyo esfuerzo sobrehumano le valió para ganar un set. 6-3 5-7 6-1 6-1 fue el resultado de un castigo inmisericorde con un tenista que tendrá que seguir esperando su oportunidad.

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Lo más impresionante ya no son las cifras, cuyo alcance solo podrá apreciarse en su plena magnitud cuando la carrera profesional de Nadal toque a su fin, sino la manera de conseguirlo. Año tras año el guion es diferente, apasionante, una especie de película en la que el director jugara con los espectadores a lo Peter Weir en El Show de Truman. Nadie duda del sufrimiento tremendo que hay detrás de la gloria, pero la manera de levantarse, más fuerte que nunca después de cada varapalo es digna de un thriller hollywoodiense. Thiem era consciente de que le esperaba una tortura y en los siete primeros juegos ya se topó con la más cruenta de todas. Siguió perseverando, nadando a contracorriente hasta que encontró una isla en forma de set ganado. Fue tal el alivio de Dominic que quiso creer que esa isla era su salvación. Pero no. Un tsunami llegó y arrasó con todo.

Y es que la primera manga fue uno de los espectáculos más sublimes del torneo. Algo irreal, inalcanzable e inexplicable para los aficionados, que veían cómo los dos tenistas ofrecían su versión en los compases iniciales. Intercambios interminables, alternativas en el marcador, clarividencia táctica y potentes golpes que intentaban recluir al contrincante al fondo de pista. Rafa cambiaba alturas con el revés y no eludía una refriega de fondo de pista en la que el austriaco se sentía cómodo, mostrándose mucho más sólido y paciente con su revés de lo habitual. La batalla se recrudeció en el séptimo juego, donde Thiem rondó un break que habría demoledor después de diez minutos de lucha incesante, como también fue demoledor el mantenimiento del saque del español. Salió muy reforzado a nivel moral y puso la directa, encadenando tres juegos consecutivos que le otorgaron la ventaja parcial.

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Bajaron las revoluciones en el segundo set, cuando ya parecía que esos dos entes que se desplazaban por el albero eran productos de la ingeniería biológica y nanotecnológica. Los saques adquirieron importancia, ambos pusieron velocidad de crucero y no encontraban resquicios al resto. Comenzó a verse una mayor variedad en forma de dejadas y subidas a la red. Los errores no forzados de Nadal empezaron a llegar y se desataron justo en el momento en que no podía fallar: en el duodécimo juego. Sucumbió a la presión de Dominic que dio un zarpazo salvaje para cosechar el premio a un esfuerzo titánico. No desesperarse con Nadal en tierra batida resulta algo tan imposible como no acusar el desgaste que ello conlleva, y Dominic lo acusó con más crudeza de la esperada.

No transmitía la sensación de estar al límite, pero debía estarlo. Quizá ante cualquier otro jugador, esa especie de resaca del éxito y bajada de adrenalina habría significado encajar un break recuperable a medida que avanzara el set. Pero con Rafa supone decir adiós a toda esperanza. La máquina empezó a carburar con violencia y precisión, esas piernas del balear se movían con una velocidad y decisión inauditas y el brazo le fluía libre cual agua de manantial para obtener golpes ganadores. 10 golpes ganadores y 2 errores no forzados en el tercer parcial por parte del español. Los números hablan por sí solos, aunque son incapaces de hacer sentir la impotencia que debía inundar a Thiem.

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El austriaco quiso morir matando en el cuarto set y salió con el objetivo de imprimir un plus de agresividad a su tenis. Se encontró con la respuesta mayúscula de un coloso al que ya nadie podía sacar de su zona de confort. Fue imperial la manera de cerrar el partido de un hombre que con 33 años puede seguir mirando al futuro con optimismo. Dominic Thiem tendrá que seguir esperando el momento en que pueda competir sin la distorsión de un extraterrestre. Rafael Nadal es campeón de Roland Garros 2019, suma su duodécimo título en París y alcanza el Grand Slam 18º de su carrera deportiva. Historia viva, historia por hacer.

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