Federer: “Me gustaría que los padres dijeran que fui un buen ejemplo para sus hijos”

Un repaso emocionado y emocionante a la trayectoria deportiva de Roger Federer, al legado que quiere dejar cuando se despida de las pistas y a su lugar en el mundo.

Roger Federer ve cerca el final de su carrera. De un tiempo a esta parte sus reflexiones apuntan más hacia el pasado, hacia el legado que deja en el tenis, que hacia su futuro. Es todavía el 2 del mundo, pero cumple 34 años en unos meses, y él sabe perfectamente que el tiempo nos alcanza a todos. Da la sensación de que se está haciendo a la idea y, con ese tipo de declaraciones que nos tocan irremediablemente la fibra sensible, los que le seguimos nos vamos haciendo un poco a la idea también. Pero en este cambio del tono de Federer se da una paradoja: con lo que dice queremos que ese momento se aleje y que su comunión con la raqueta se congele en el tiempo. Ojalá fuese posible.

Una de las personas que leyó el artículo que vais a leer a continuación y se emocionó fue nuestra gran amiga del foro y enorme traductora Ana que, con la ayuda de Elsa, ha tenido a bien regalarnos ésta traducción del artículo que se publicó originalmente aquí. El artículo es, como podréis comprobar a continuación, una delicatessen, por lo que hemos decidido publicarlo tal cual, sin sumar ni restar nada.

Disfrutadlo como se merece. Esperamos que os guste tanto como a nosotros:

Roger Federer sabe perder.

Pero eso no significa que le guste perder o que pierda a menudo (sólo en lo que va de año, esta estrella del tenis suizo ha hecho historia varias veces); lo que pasa es que lo hace con más elegancia que la mayoría. Aunque sus habilidades en la pista hablan por sí mismas (en la actualidad ocupa el número 2 del ranking de la ATP), sólo su deportividad le ha convertido en uno de los auténticos grandes.

Por ejemplo, después de su eliminación en el Open de Australia de 2015 a manos de Andreas Seppi en tercera ronda, el que una vez fue un chico malo no se enfurruñó, sino que lo celebró. «Cuando perdí, en realidad brindé por mi rival y estaba en plan “Gracias por darme más tiempo libre con mi familia”», dice el deportista de 33 años con una sonrisa. «Supongo que fue un poco malvado por mi parte, un poco insolente, pero también dije: “Gracias por darme más tiempo para entrenar, porque supongo que tengo que trabajar más en mi juego; si no, ¡no habría perdido en tercera ronda!”».

Federer, que es embajador global de la marca de champán Moët & Chandon desde 2012, simula alzar una copa de espumoso y dice: «[Dije] “Por mi rival, que ha ganado hoy. Ya lo he superado. Así que ¿cuál es el plan para las próximas cuatro semanas?” Así es cómo me sentí en aquel momento, y me alegra sobreponerme de las derrotas muy rápidamente a día de hoy».

No siempre ha sido así. En los primeros años, la estrella del tenis pateaba, rompía raquetas y se enfadaba; no era del todo un enfant terrible, pero casi. De adulto, no hace falta decirlo, ha hecho un cambio de 180º. Ahora su actitud respecto a la derrota es increíblemente relajada y nos atreveríamos a decir que casi Zen. No es Yoda: es un tipo que se ha dado cuenta de que hay más cosas en la vida que ganar.

«La deportividad en la pista es muy importante», declara. «Realmente entiendo que, cuando te vas, el tenis continúa. Otro será número uno, otro ganará los mayores torneos que existen. Esperas que la gente hable de ti durante mucho tiempo, pero si no pasa, también está bien».

«Estoy super agradecido a la generación anterior, que allanaron el camino y me dieron la plataforma en la que estoy jugando hoy», continúa. «Espero poder enseñar a las generaciones futuras con mi comportamiento dentro y fuera de las pistas. Decepcionarse es parte de nuestro deporte (te decepcionas una y otra vez), pero considero que es muy importante dar lo mejor de mí mismo y tener buen perder».

Tras perder contra el número 1 del mundo Novak Djokovic en la reciente final del BNP Paribas Open de Indian Wells en marzo, en un partido a tres sets 6-3 6-7(5) 6-2, Federer le dio un apretón de manos a su rival y se fue de la pista con una sonrisa. Perder fue una decepción, pero puede pasar. «No voy a volver a pensar en ese partido, en ese momento, durante mucho tiempo», dijo después de la final del 22 de marzo. «Probablemente lo olvidaré en unos 25 minutos».

Por supuesto, Federer ve a los otros jugadores como competencia, pero aun así disfruta enfrentándose a los mejores: eso hace que eleve su nivel de juego y además le exige más esfuerzo para triunfar. «Quieres jugar contra tus mayores rivales en el momento en que estás jugando bien. Por desgracia, no siempre pasa», afirma. «A lo largo de los años, contra los que más he disfrutado jugando han sido Djokovic y [Rafael] Nadal. Antes, me encantaba jugar contra Andy Roddick y su generación de tenistas».

Añade: «Me gusta el reto de jugar contra la generación más joven que está empezando, la generación de mi edad que aún aguanta y la generación de Nadal, Djokovic y [Tomas] Berdych». Realmente no importa contra quién juegue, dice Federer, porque «al fin y al cabo, lo que pasa es que amo jugar al tenis».

El deporte también ama a Roger; tan sólo hay que mirar la extensa lista de los logros de su carrera para comprobar cuánto. Es una relación de amor-amor (por supuesto, no en términos de clasificación). Tiene 84 títulos en individuales, 17 Grand Slams, 8 títulos de dobles, 2 medallas de oro olímpicas [N. de T.: traducción literal; el original dice “dos medallas de oro olímpicas”], y ha sido número uno más semanas (302) que cualquier otro jugador y durante más semanas consecutivas (247) y ganó el mayor número de puntos a final de temporada en ambos rankings. Este año también hizo historia al llegar a su sexta final en el BNP Paribas Open, ganó el título 84 de su carrera en el Dubai Duty Free Tennis Championships en febrero y se convirtió en el tercer jugador de la era Open en llegar a las 1000 victorias tras derrotar a Milos Raonic en la final del Brisbane International. Celebró este último hito como solamente una estrella del tenis querida internacionalmente lo haría: con una fiesta celebrada por Moët & Chandon en el hotel Four Seasons de Beverly Hills, donde jugó un doble mixto con la estrella de Avatar Zoe Saldana, la actriz de Sin cita previa Kate Walsh y la famosa presentadora de ESPN Jill Montgomery… con pelotas de tenis de oro, ni más ni menos.

A pesar de que llegar a las 1000 victorias fue un logro espectacular, ganar su primer Wimbledon en 2003 sigue siendo el hito más importante para esta estrella del tenis. «Vi a Becker, Edberg y Sampras ganar muchas, muchas veces en Wimbledon, y supongo que fue el torneo que siempre quise jugar. Soñaba con ganarlo. Hacía el tonto diciendo: “¡He ganado Wimbledon!” y me ponía de rodillas en el jardín», recuerda con una sonrisa y dice: «Un día, de repente, sucedió».

Más importante aún, el gran momento llegó cuando jugó contra su héroe. «Era la primera vez que jugaba en la pista central, la primera y única vez que he jugado contra Sampras, que era mi ídolo cuando era un niño, y le gané 7-5 en el quinto set. Tuve suerte y jugué un gran partido (no podía haber jugado mejor) y probablemente él no jugó a su mejor nivel, pero pude aprovecharme. Sampras iba camino de su quinto Wimbledon, y un día, de repente, yo pude ganar cinco consecutivos. Ahora tenemos los mismos títulos de Wimbledon; es una sensación increíble. Ese partido me situó en la escena principal del mundo del tenis y me dio la confianza para creer que si podía ganar a Sampras en Wimbledon, podía ganar a cualquiera casi en cualquier lugar. Fue un momento decisivo en mi vida».

Esa victoria hizo que creyera que podría convertirse en el jugador que es hoy; podría decirse que es el mejor competidor en tierra batida que el tenis ha visto (N. de T.: el original dice “tierra batida” aunque aquí no tenga mucho sentido).

Definitivamente es cierto que, desde ese día, Federer ha sido dominador del circuito. En 2004, ganó tres títulos de Grand Slam individuales por primera vez en su carrera y se convirtió en número 1; en 2006, casi no perdió ninguno de los partidos que jugó; en 2009, ganó Roland Garros y Wimbledon, etc.

Sin embargo, al hacerse mayor, las prioridades de Federer empezaron a cambiar lentamente. En 2009, se casó con la ex jugadora Mirka Vavrinec; ese mismo año, Mirka dio a luz a dos gemelas, Myla Rose y Charlene Riva, y en 2014, a dos gemelos, Leo y Lennart (Lenny). Aunque el tenis había sido su vida, su familia se convirtió en su máxima prioridad.

«Hace unos cinco años decidí que necesitaba bajar el ritmo», admite. «Me refiero a un poquito, no a mucho, porque necesitaba mantener ese impulso y continuar. Decidí tomármelo con un poco más de calma y asegurarme de que, si ganaba, me tomaba el tiempo necesario [para disfrutarlo]. Podía ser inmediatamente después del punto de partido o hasta viajar al siguiente torneo. Podía ser asegurarme de que nos reuníamos todos por la noche: mi familia, los miembros del equipo y los amigos que habían ido a apoyarme, en lugar de decir: “Bueno, nos vemos mañana”. He empezado a disfrutar de mis amistades mucho más y a dar las gracias a la gente por su esfuerzo. Incluso si pierdo, pienso que es importante que nos reunamos [mi familia y mis amigos] y digamos: “Vale, ¿qué es lo siguiente? Brindemos por ello”. Me encanta ganar torneos, pero también me encanta viajar y jugar ante mis fans en una ciudad nueva. Tengo una visión más amplia».

Eso significa pasar menos tiempo entrenando y menos tiempo en la esfera pública en general. «Hoy, cuando entreno, es una cuestión más de calidad que de cantidad. Tengo que tener cuidado con no entrenar más de la cuenta, lesionarme y perder el deseo; no es lo que quiero hacer. Obviamente, tengo actos con patrocinadores [además de Moët & Chandon, tiene otros sponsors como Rolex, Gillette, Credit Suisse, Jura, Lindt, Mercedes-Benz, Nike, Wilson, Sunrise y National Suisse], pero ya no quiero tantas sesiones fotográficas; siento como si ya no lo necesitara».

Para alguien que ha jugado al tenis la mayor parte de su vida (fue uno de los top júnior de Suiza a los 11, se convirtió en profesional cuando era adolescente y ganó su primer Wimbledon con 21) pensar en el final de su carrera es sumamente difícil. Es comprensible que no es algo a lo que a Federer le guste dar muchas vueltas, aunque es consciente, por supuesto, de que todo tiene un tiempo de caducidad.

Habla con franqueza sobre el tema de su retirada; no suena ni parece incómodo al hablar sobre el momento adecuado de dejarlo. Simplemente no sabe cuándo llegará ese día. «Sinceramente, sólo puedo mirar lo que han hecho otros jugadores. Para algunos, es muy importante acabar en lo más alto. Algunos pierden interés o los viajes se les hacen muy pesados o aparece una lesión y la rehabilitación es demasiado complicada. Otros no pueden aceptar que empiezan a bajar en los rankings. No sé qué tipo de jugador soy», admite.

Entonces menciona una conversación que mantuvo con su entrenador, el ex número 1 Stefan Edberg. «[Stefan] me dijo que [cuando estaba pensando en retirarse], iba a jugar un año más y sabía que iba a ser el final. Pero [también] me dijo que el hecho de que todo el mundo supiera que se iba a retirar un año después fue un calvario. Comentó que a cada torneo al que iba le hacían la gran despedida y se volvía loco. No sé cómo lo haré, realmente no lo sé».

«Quizá un día me despierte y sepa cómo quiero que acabe», conjetura y afirma: «No me importa bajar en los rankings. Siempre y cuando piense que puedo ser competitivo al máximo nivel, es más fácil seguir jugando, no hay duda sobre esa cuestión».

Cree firmemente que pensar en el final dificultaría su progreso actual, por lo que, como norma general, no piensa en ello. Sin embargo, cuando llegue el día, estará conforme: ha tenido éxito suficiente como para que le dure toda la vida.

«Si pienso demasiado en lo que está por venir, siento que el final de mi carrera está cerca. Quiero tener cuidado al pensar con mucha anticipación, pero sé que el final llegará en algún momento y estaré de acuerdo, porque mi carrera ha sido increíble», afirma. «Creo que, como deportista, siempre tienes presente que puede aparecer alguna lesión y eso puede ser el final. Por eso creo que tienes que aceptar que eso pase, porque puedes tener mala suerte y se acabó. Quiero estar abierto y vivir el momento, y dejar que mi carrera siga su curso natural».

Federer no sería el hombre que es sin un plan para el futuro, claro. Ha tenido la suerte de trabajar con marcas como Rolex y, durante este tiempo, ha aprendido estrategias que podrían empujarle a dedicarse al ámbito de los negocios. «Con suerte viviré en Suiza y estaré involucrado en el tenis de alguna forma. Me encanta la parte empresarial; siempre me ha encantado implicarme en lo que pasa en mi vida y con mis socios. Tengo una relación increíblemente estrecha con mis sponsors y he conocido a mucha gente muy interesante», afirma; una de esas personas es Anna Wintour. A pesar de su amistad con la jefa de redacción de Vogue, descarta inmediatamente la idea de hacer algo en la moda con un “¡Puf!” clamoroso.

Cambia de opinión al mismo tiempo. «Indudablemente me encantan los trajes y la ropa de Nike que llevo para jugar», afirma pensativamente. «Llevar el logo de Roger Federer en una marca como Nike ha sido genial los ocho últimos años. ¿Quién sabe dónde me va a llevar eso? Sin duda, tener amigos como Anna ha sido muy, muy bonito».

Una de las cosas de las que está absolutamente seguro sobre su futuro es que trabajará mucho más a fondo con la fundación sin ánimo de lucro que creó en 2003, la Roger Federer Foundation, que ayuda a los niños desfavorecidos y les permite acceder a la educación y los deportes. Tiene práctica con las causas solidarias; la suficiente como para haber sido galardonado con el premio Arthur Ashe Humanitarian del año dos veces, en 2006 y en 2013.

Para Federer, agradecer y devolver es obligatorio para alguien que esté en la esfera pública, e insta a que aquellos que tienen voz utilicen la fama para algo bueno. «Sinceramente, creo que si tienes éxito, sea cual sea el ámbito, y tienes el poder de un micrófono o de ser el centro de atención, y puedes ser inspiración y generar dinero, tienes que devolver», afirma y apunta: «Es algo que tienes que hacer y pasártelo bien haciéndolo. Estoy contento de haber empezado tan pronto con la fundación. Es increíble lo lejos que hemos llegado y ¡tengo la sensación de que aún estamos sólo en la fase inicial!».

Afirma que su dedicación a actos benéficos empezó muy pronto en su vida. Cuando era niño, su madre, Lynette, le enseñó los sitios más empobrecidos de Sudáfrica, donde nació. «Sí que vi un poco de pobreza cuando era un crío, y siempre creí que si pudiera volver a Sudáfrica de vacaciones o gracias a la fundación, [podría marcar la diferencia]. Mi fundación les [da] a los niños una educación de mayor calidad; ahora trabajamos en ochos países y queremos llegar a un millón de niños en 2018. Tenemos grandes objetivos».

Si bien tiene grandes ambiciones para su fundación, en el ámbito personal sus planes son bastante sencillos. «Cuando todo haya acabado, quizá me tome algo de tiempo libre o quizá esté una semana en el sofá y diga: “Vale, ¿qué podemos hacer ahora?”. Quiero llevar a mis hijos al colegio, estar con ellos y educarlos».

Federer no pide demasiado, pero realmente lo tiene claro cuando se trata de su legado. «Simplemente quiero que la gente hable de mí [y diga] que fui bueno para el tenis, que atraje a más seguidores, que representé bien al deporte, que disfrutaron viéndome. Me gustaría que los padres dijeran que fui un buen ejemplo para sus hijos; que les digan a sus hijos: “Intenta jugar como él; intenta ser como él, porque es una buena persona”».

Recibido, Roger.

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