El punto débil de Pete Sampras

Fue el más grande de todos los tiempos, mentalmente inabordable, leyenda en Wimbledon. Sin embargo, hubo una asignatura que jamás consiguió dominar.

Fernando Murciego | 9 Jun 2024 | 12.09
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Pete Sampras nunca pudo ganar Roland Garros. Fuente: Getty
Pete Sampras nunca pudo ganar Roland Garros. Fuente: Getty

Hubo un tiempo donde Pete Sampras fue el mejor jugador de la historia. Por su habilidad en la red, su gran servicio, su manera de triturar rivales, pero sobre todo por su récord de 14 Grand Slams, la opinión del pueblo parecía unánime en torno al tenista de Washington. No tenía un palmarés perfecto, pero tampoco se le exigía, así que pesaban más los cromos obtenidos que los que faltaban por pegar. Sin embargo, la irrupción del Big3 cambiaría el modo de analizar las trayectorias, subiendo el listón hasta un punto donde ni siquiera el mayor campeón de los años 90 se salvó de las críticas. ¿Cómo es posible que nunca ganara Roland Garros? Hoy abordamos este gran misterio.

Echando un ligero vistazo a su palmarés, llama la atención el tremendo desajuste numérico que existe entre París y el resto de Grand Slams.

  • Open de Australia: tres finales, dos títulos.
  • Wimbledon: siete finales, siete títulos.
  • US Open: ocho finales, cinco títulos.
  • Roland Garros: una semifinal.

En sus 13 participaciones en Roland Garros, desde 1989 hasta 2002 –solamente se saltó la edición de 1990–, el americano firmó un balance de 24 victorias y 13 derrotas, es decir, un 65% de éxito. ¿Qué tal le fue en los otros majors? En todos acabó con un balance superior al 80%, incluyendo su escandaloso 90% de victorias en Wimbledon, donde era prácticamente infranqueable. Todo lo contrario que en París, donde en nueve ediciones ni siquiera consiguió sacar billete para la segunda semana de competición. Ahí estuvo el mayor hándicap de su carrera.

Pete Sampras voleando en tierra batida. Fuente: Getty

 

“Mis problemas en tierra batida estaban relacionados con la versatilidad, una desventaja en mi confianza que tanto me había ayudado en pistas rápidas”, reconoce Sampras en su biografía, la cual ya hemos citado y recomendado varias veces. “Podía ganar desde el fondo de la pista, había vencido a campeones de Roland Garros como Courier o Bruguera desde atrás, así que me resistí a prestar atención al consejo de Paul (Annacone) y otros que pensaban que mi única posibilidad de ganar era atacando”, valora el campeón de 14 grandes, aunque ninguno de ellos en la capital francesa.

OBJETIVO: PARÍS

Tras caer tres durante temporadas consecutivas en los cuartos de final, el estadounidense arrancó el calendario de 1995 con la firme intención de dar un salto de calidad sobre polvo de ladrillo, superando sus propios límites en Roland Garros. “Establecí un programa diferente de torneos y entrenamientos con el objetivo de hacerlo bien en París. Lo hice, sobre todo, para aplacar tanto a los críticos como a los amigos, quienes pensaban que tenía que centrarme en el evento si quería desbloquear nuevos misterios”, recuerda Pete, aunque luego nada salió como pensaba. “La estrategia no solo resultó contraproducente, sino que me estalló en la cara cuando perdí en primera ronda contra Gilbert Schaller (7-6, 4-6, 6-7, 6-2, 6-4). Tim (Gullikson) y yo esperábamos llegar lejos ese año en Roland Garros, pero aquella derrota afectó mucho a mi confianza a largo plazo como jugador de tierra batida”.

El propósito cambió radicalmente al año siguiente, aunque los acontecimientos también influyeron. Tim Gullikson, el hombre que llevaba entrenando a Sampras desde 1992, falleció en mayo de 1996 a causa de un cáncer incurable. Como podrán imaginar, aquello dinamitó cualquier plan a corto y medio plazo. Aquellos meses no vimos a Pete en toda la gira de tierra batida: se saltó Montecarlo, Roma y Hamburgo. Solamente jugó un par de partidos en la World Team Cup de mayo –perdiendo ambos–, por lo que llegó a París sin haber ganado un encuentro sobre arcilla en todo el curso. ¿Y qué ocurrió? El mejor resultado en el torneo de toda su carrera.

Los más veteranos recordarán todavía sus victorias ante Bruguera en segunda ronda (6-3, 6-4, 6-7, 2-6, 6-3), contra Todd Martin dos días después (3-6, 6-4, 7-5, 4-6, 6-2) o frente a Jim Courier en cuartos de final (6-7, 4-6, 6-4, 6-4, 6-4). Esta última, por cierto, fue la única victoria de su vida ante un top10 sobre tierra batida. La segunda pudo haber llegado en semifinales ante Yevgeny Kafelnikov, pero el ruso se encargó de marcar el límite de Sampras (7-6, 6-0, 6-2). El hombre al que muchos ya empezaban a mirar como favorito, se despidió del Bois de Bolougne sin saber que nunca más volvería a quedarse tan cerca de aquel sueño.

Pete Sampras no pudo ganar Roland Garros. Fuente: Getty

 

“La situación era desconcertante, ya que periódicamente sí obtuve buenos resultados en arcilla. Había ganado en Roma y Kitzbühel, además de llevar a USA a la victoria clave en la final de la Copa Davis de 1995, en Moscú, pero casi siempre siempre surgían de la nada”, afirma el de Washington, que no volvió a perder contra Kafelnikov en los siete próximos encuentros. "Tim (Gullikson) murió poco antes de Roland Garros 1996, lo cual me inspiró a realizar el mejor resultado de mi carrera allí, pero seamos realistas: esa fue una situación extraordinaria. La cruda realidad es que, después de 1996, jamás volví a hacer nada en París, incluso me costaba pasar un par de rondas”, declara con dolor.

CUESTIÓN DE TÁCTICA Y DE FE

Su mayor oportunidad para conquistar la Philippe Chatrier ya formaba parte del pasado, aunque los pensamientos en su cabeza continuaron durante algunos años más. “Siempre hubo mucha presión sobre mí para ganar en París con un juego de ataque. Una parte de mí quería hacerlo así, como lo hizo Stefan Edberg con su atrevido estilo el año (1989) que llegó a la final. No creo que yo fuera un gran jugador de arcilla, ese fue el factor clave en mi lucha. Encontraba la superficie muy resbaladiza e insegura bajo mis pies, así que jugaba erguido, al menos en comparación con otros como Yannick Noah, que jugaba agachado como un gato, siempre listo para saltar. A menudo me sentía incluso incómodo en la red”, comparte el norteamericano acerca de sus dificultades para adaptarse.

Cierto es que desde aquellas semifinales en 1996 ya no volvimos a saber nada de Pete en París, incapaz de encadenar dos victorias seguidas, hasta que una derrota terminó por derrumbar cualquier halo de esperanza. En la edición de 1998, después de fulminar a Todd Martin en el debut, Sampras se citó en la pista con el número 97 del mundo, el paraguayo Ramón Delgado, alguien que no tendría por qué darle mucha guerra. O eso pensó él.

“Llegué en buena forma, sabía que él era un experto en tierra batida, pero le había derrotado fácilmente semanas atrás en Atlanta, en la misma superficie. Si embargo, en aquel partido surgieron de nuevo todos mis problemas. Paul (Annacone) se quedó sentado, callado, horrorizado. Mientras tanto, yo perdía el tiebreak del primer set y luego caía ganando solo siete juegos en los dos siguientes parciales (7-6, 6-3, 6-4). No fue solo el hecho de perder, sino cómo perdí. Parecía un pez fuera del agua, desplomándome en el polvo de ladrillo de la Philippe Chatrier. Enfrente tenía a un tipo que apenas estaba en el top100, alguien que se retiraría sin ganar un solo título y con récord negativo de victorias. Sin embargo, era yo quien jugaba con los hombros caídos y sin fuego en el estómago. Aquel día reconocí que mi tiempo en París se estaba acabando”.

Pete Sampras compitiendo en tierra batida. Fuente: Getty

 

Esa fue la primavera donde todos lo vimos claro: Pete Sampras, una de las mayores leyendas del deporte, jamás ganaría Roland Garros. “Tuve algunos buenos resultados en el pasado, intentaba recurrir a ellos para cambiar mi opinión, pero nunca funcionó. No pude convencerme ni engañarme. Ese partido ante Delgado fue la gota que colmó el vaso en cuanto a mi relación con Roland Garros. Para mí, pensar en este torneo suponía más preguntas que respuestas”, sostuvo décadas después el estadounidense, que terminó su carrera con un balance de 90-54 (62%) sobre la superficie roja, muy lejos de su porcentaje en hierba (83%) o en pista dura (80%). De sus 64 títulos individuales, solo tres llegaron en polvo de ladrillo: Kitzbühel 1992, Roma 1994 y Atlanta 1998. Además, perdería las finales de Atlanta 1992 (Agassi) y Houston 2002 (Roddick).

“La arcilla le dio a mis oponentes algunas ventajas adicionales, como la de explotar mi revés con bolas altas”, garantiza el ex Nº1 mundial. “Basta con mirar los problemas que Roger Federer tuvo con Rafa Nadal, aunque su caso se agravaba más por la condición de zurdo de Rafa. En mi caso, la tecnología también me alcanzó por sorpresa en este asunto. No solo ignoré los beneficios de los nuevos diseños de raquetas, sino que esos avances ayudaron a nivelar todo mucho más dentro de la pista, dando un empujón a aquellos jugadores que sí estaban más inclinados a adaptarse”, garantiza con la experiencia del paso del tiempo.

¿QUÉ LE FALTÓ PARA GANAR ROLAND GARROS?

Durante sus trece participaciones en Roland Garros, el mundo del tenis vio hasta nueve rostros diferentes conquistando la Copa de los Mosqueteros: Michael Chang (1), Jim Courier (2), Sergi Bruguera (2), Thomas Master (1), Yevgeny Kafelnikov (1), Gustavo Kuerten (3), Carlos Moyá (1), Andre Agassi (1) y Albert Costa (1). Vale que la mayoría eran especialistas en la materia pero, ¿de verdad no tenía Sampras el talante suficiente para haber estado en esa lista? Ni siquiera los años más abiertos del circuito ATP, previos a la llegada del Big3, le permitieron darse la oportunidad de cerrar el Career Grand Slam, una espinita que la acompañó toda la vida.

Pete Sampras en Roland Garros. Fuente: Getty

 

Realmente, nunca evolucioné en París, nunca llegué a una zona de confort”, sostiene Pete en sus memorias. “Estaba acostumbrado a sentir el control total de mi juego, como en Wimbledon o el US Open, como en césped o canchas duras. Mi mentalidad pasaba por darle un gran impulso a la acción y ver si el otro podía aguantar. Sin embargo, en tierra batida hay que frenar un poco ese acelerador, incluso cuando juegas al ataque. Debes tener más paciencia y esperar tu oportunidad, pero no me sentía cómodo jugando de esa manera. Cuando jugué bien en arcilla fue porque me encontraba tranquilo y tanteaba los partidos, sin cambiar apenas el juego a cómo lo hacía en canchas duras”, valora el hombre que cumplirá 53 años en un par de meses.

Con tristeza pero con mucha honradez, así se muestra ‘Pistol’ cada vez que le preguntan por Roland Garros o la tierra batida, dos ecuaciones que jamás logró descifrar. “Como nunca adapté mi plan de juego a la tierra batida, cada partido era como un cubo de Rubik: siempre tenía que empezar de cero. La realidad es que después de aquel partido con Delgado en 1998 jamás volví a mirar con los mismos ojos a Roland Garros, la sensación es que me había quedado sin opciones, como si el destino lo hubiera marcado así. Tal vez me choqué con la realidad, tal vez no fui lo suficientemente bueno en arcilla para ganar en París, o tal vez nunca tuve el golpe de suerte o esa buena racha que podría haberme llevado a ser campeón”.