Andre Agassi, la mayor creación de Brad Gilbert

Recordamos de qué manera cambió la carrera de Agassi tras la llegada de BG a su equipo de trabajo. “Lo que Brad hizo conmigo es inconfundible, se lo debo todo”.

Fernando Murciego | 31 Mar 2024 | 18.05
facebook twitter whatsapp Comentarios
Brad Gilbert y Andre Agassi durante un entrenamiento. Fuente: Getty
Brad Gilbert y Andre Agassi durante un entrenamiento. Fuente: Getty

La trayectoria de Andre Agassi esta marcada por múltiples personalidades que se cruzaron en su camino, algunas para ayudar y otras para hundirle. Hoy hablaremos del hombre que catapultó su potencial.

Siempre es buen momento para hablar de Andre Agassi, pero apetece un poco más cuando el calendario apunta a uno de esos lugares donde el estadounidense forjó su leyenda. Porque no existe hombre que haya jugado más semifinales (10) y más finales (8) que Andre en el Miami Open. Nadie que haya sumado más victorias (59) y que haya ganado más títulos (6) que él en Crandon Park. Eso sí, todos estos éxitos no hubieran sido posibles sin la aparición de Brad Gilbert, el entrenador que se instaló en los banquillos para poner orden en su vida deportiva… y también en la personal. La persona que convirtió el juego de Andre en un jeroglífico imposible de descifrar.

Para conocer los orígenes de esta relación, nada mejor que leer el bestseller escrito por Gilbert en 1993, ‘Winning Ugly’. “Brad era un gran conversador, de hecho, siempre estaba hablando”, cuenta el de Las Vegas. “Cuando lo conocí en el circuito me molestó que hablara tanto, porque hablaba mucho, siempre estaba diciendo algo o intentando entablar conversación con alguien. ¡Hablaba todo el tiempo! Pero ese es Brad, tiene una opinión para todo y sobre todos. Luego empecé a conocerlo un poco mejor, cenamos juntos varias veces y me di cuenta que siempre sabía de lo que hablaba, sobre todo si se trata de deporte, concretamente de tenis. Al final, tras varias series de Copa Davis, terminamos siendo amigos”.

Brad Gilbert y Andre Agassi entrenan juntos.

 

Separados por una brecha de nueve años de edad, el circuito les permitió entablar una rivalidad de ocho enfrentamientos, con cuatro victorias para cada uno. Así fue como fueron estrechando lazos, hasta el punto de que Gilbert, incluso antes de anunciar su retirada definitiva, comenzó a asesorar a Agassi en enero de 1994. Juntos formaron una dupla que les llevó a coleccionar seis títulos de Grand Slam y unas cuantas semanas en lo más alto del ranking ATP. Después de acabar quemado con Nick Bolletieri y probar unas semanas con Pancho Segura, el de Nevada terminó apostando por su compañero de vestuario tras una conversación en el propio torneo de Miami, antes conocido como Lipton. Andre le preguntó a Brad si tenía alguna idea para rediseñar su tenis y regresar al top30. La respuesta que se encontró fue tan íntegra y cabal que terminó por convencerle: aquel hombre debía ser su entrenador.

“Si juegas con Sampras de la misma manera que juegas con Chang, perderás. Si juegas con Becker de la misma manera que juegas con Courier, perderás. Cada jugadora es diferente, así que tu estrategia debe ser diferente para cada uno de tus rivales. Solo aplicando esta máxima podrás cambiar tu juego por completo”, le apuntó el técnico californiano, que llegó a ser Nº4 del mundo y ganó 20 títulos en categoría individual. Gilbert tenía un plan para su amigo, pero antes debía sentar las bases para que el trabajo posterior diera sus frutos. Suena simple, pero es fundamental definir la estrategia correcta para que una idea tenga éxito. Estos fueron los tres pilares con los que empezaron a cimentar la reconquista:

  1. Conocer tus fortalezas y debilidades
  2. Comprender las fortalezas y debilidades de tu rival
  3. Reflexionar sobre los dos puntos anteriores: ¿Cómo puedo enfrentar mis fortalezas con las debilidades de mi rival?
Conversaciones entre Brad Gilbert y Andre Agassi.

 

Gilbert tenía muy claro dónde apuntar: a lo más básico. Imagínense el momento de desconcierto por el que pasaba Agassi para afirmar que decidía dónde iba a sacar en el mismo momento en que se lanzaba la pelota al aire. Un despropósito que debía corregirse. “Una de las primeras cosas que me dijo fue que tenía que salir a matar en cuanto pisara la pista: ‘Cuando tengas la oportunidad de finalizar un punto, debes aprovecharlo, ve a matar’. También me hizo pensar en mi servicio, comencé a utilizar este golpe para establecer el punto, variarlo mucho más, siempre con la intención de que mi oponente no se sintiera cómodo. Así lo hicimos en la final del US Open 1994 ante Michael Stich, por ejemplo”, recuerda Agassi en las últimas páginas del libro.

LA MENTE, ESE GRAN DESCONOCIDO

Con casi 25 años, el hombre que había crecido odiando al tenis descubrió lo valiosa que podía llegar a ser la cabeza si se cultivaba en pos de la competición. La mayoría de tenistas se limitaban a proyectar al máximo sus talentos físicos, pero se olvidaban cada día de los mentales, pensando quizá que no les harían falta durante los partidos. En el caso de Andre, la mente representaba su mayor debilidad, ya que hasta el momento confiaba en que los problemas se solucionaban pegándole más fuerte a la pelota.

“Los jugadores sabían que, incluso cuando estaba jugando bien, si me aguantaban el tiempo suficiente en pista, probablemente perdería el partido. Todo cambió cuando descubrí esta debilidad y fui capaz de convertirla en fortaleza. Luego tuve la sensación de que, incluso los días en los que no estaba jugando bien, llevaría el partido tan al límite que cualquiera de ellos podría perder el corazón. Esa diferencia no la noté hasta que Brad entró al equipo, fue cuando los jugadores empezaron a tenerme respeto, a saber que daría mi 100% físico y mental en cada partido”, asegura en sus memorias acerca de esta evolución. ¿Quieren un ejemplo práctico? La final del Open de Australia de 1995.

Abrazo entre Brad Gilbert y Andre Agassi.

 

Después de conquistar su primer US Open en 1994, el que suponía su segundo título de Grand Slam, Agassi puso rumbo por primera a las Antípodas, donde se citó en la final con Pete Sampras. “En el primer set mantuve mi saque con facilidad, tuve tres bolas para romperle el servicio, pero no lo hice. Luego estaba sacando con 4-5, pero también se me escapó. De repente, Pete conecta un buen tiro y yo cometo un error. De repente, el marcador señala 0-30. Luego, 15-40. Al final acabo perdiendo el set con una doble falta, ¡una doble falta para perder el primer set en la final de un Grand Slam! Aquello fue increíble”, expresa con cierta locura sobre aquel momento.

“Ahí estaba muy molesto, muy cabreado conmigo mismo, debería haber ganado ese set al menos dos veces y, en cambio, lo perdí con una doble falta. Pero luego llegó la diferencia”, añade Agassi girando el relato. "Con Brad trabajando en mis emociones, convertí esa ira en una emoción positiva. En lugar de deprimirme, me forcé a explorar otro nivel. Recibí una inyección de adrenalina, volviendo a pista como si fuera un perro de presa. La verdad es que empecé el segundo set muy intenso, corriendo a por cada bola, presionando en toda la cancha, luchando por cada punto. De repente, 6-1 para mí, estaba de nuevo en el partido. No solo estaba de vuelta, sino que acabaría ganando en cuatro mangas”.

CONCLUSIONES

Aquella final es tan solo uno de tantos ejemplos que podríamos rescatar para subrayar lo mucho que aportó la mentalidad de Brad Gilbert a la carrera de Agassi, un viaje intermitente con sombras y peligros en cada esquina. Es cierto que no todas las temporadas fueron buenas, que todavía hubo grandes oportunidades desperdiciadas, rachas negativas y ataques de ira que empujaron a Agassi al límite de su paciencia. La diferencia fue que, dentro de tantas contradicciones, la parte positiva siempre acabó ganando el pulso. ¿Por qué? Porque Gilbert había logrado que su pupilo empezara, no solo a entender un poco mejor el juego, sino también a disfrutar de la competición.

Brad Gilbert, Andre Agassi y Gil Reyes.

 

Lo que Brad hizo por mi juego es inconfundible, nadie podría haberlo hecho mejor porque nadie conoce mejor mi juego”, manifiesta agradecido el estadounidense. “Tiene un tremendo conocimiento de todo este asunto: la estrategia, táctica, dinámica del partido y cómo aplicarla en cada situación para vencer a jugadores como Pete, Chang, Boris o Courier. Es muy científico a la hora de analizar rivales, los pone bajo el microscopio y puede ver claramente sus defectos y fortalezas, especialmente durante los puntos de presión, donde todo cuenta doble. La primera vez que descubrí esta habilidad fue cuando me enfrenté a Brad en torneos, siempre fue una experiencia estresante porque no te dejaba sacar tu juego, acababas jugando a lo que él quería. Además de tener esa gran mentalidad para el tenis, también tenía corazón: nunca se dio por vencido en ningún encuentro”, evalúa el único jugador de la historia con todos los cromos en su álbum de campeón.

Así fue como llegarían, entre otras cosas, sus seis títulos en el Miami Open (1990, 1995, 1996, 2001, 2002, 2003), además de otras dos finales perdidas (1994, 1998). Capítulos de un viaje que duró desde 1994 hasta 2002, periplo donde Andre absorbió una de las cualidades más importantes que necesitaba para dejar de ser un buen jugador y convertirse en uno de los mejores de todos los tiempos.

“Ganar feo, para mí, es descubrir cómo ganar. Incluso cuando no estás en tu mejor momento, cuando las cosas no van a tu favor y te ves obligado a golpear la pelota con más fuerza. Esa es una de las cosas más importantes que aprendí de Brad: cómo ganar feo cuando era necesario. Él me enseñó a permanecer en el partido cuando las cosas no iban bien. Cuando tu rival está jugando ‘en la zona’ será imposible ganar en un 5% de las ocasiones, el mismo 5% que cuando seas tú quien esté en la zona. Pero en el 90% restante siempre hay una forma de ganar, solo tienes que descubrirla. Y para ello, la clave es mantener una actitud positiva, no dejar de creer. Todo esto se lo debo a Brad”. Se lo debe él y se lo agradecemos todos nosotros.