El partido que marcó la rivalidad Federer-Hewitt

Dos carreras conectadas desde el inicio y un encuentro que cambió para siempre la inercia: el día que Roger ‘decidió’ no volver a perder con Lleyton.

Fernando Murciego | 19 Sep 2023 | 15.48
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Roger Federer y Lleyton Hewitt defendiendo a sus países. Fuente: Getty
Roger Federer y Lleyton Hewitt defendiendo a sus países. Fuente: Getty

Roger Federer y Lleyton Hewitt protagonizaron una enconada rivalidad al inicio de sus carreras. El australiano casi siempre dominaba al suizo, hasta que su duelo en las semifinales de la Copa Davis 2003 cambió para siempre el impulso.

Finales del verano de 2003. Roger Federer lo ha conseguido, por fin es campeón de Grand Slam, además en Wimbledon, allí donde dejó su huella años atrás como junior. El suizo ha cumplido con las expectativas, con las voces que le situaban como un líder generacional, pero sobre todo ha cumplido con la promesa que le hizo a su ex entrenador, Peter Carter, fallecido el verano anterior en un accidente de coche. Roger decidió que iba a ser lo que Carter le dijo que podía ser: el mejor tenista del planeta, no solo el más talentoso o el más dotado; el mejor. Con esa idea se levantaba cada día, un horizonte entre ceja y ceja, aunque todavía existían enemigos que podían entorpecer su camino.

Lleyton Hewitt era uno de ellos. Ambos nacidos en 1981, el australiano solo era seis meses mayor que el de Basilea, aunque sus tiempos de entrada en el circuito nada tuvieron que ver. Con 15 años ya había superado la fase previa del Open de Australia y con 16 ya contaba con un título ATP. ¿Qué hacía mientras el suizo? Observar a lo lejos como aquel chaval de Adelaida devoraba los plazos sin ningún tipo de prudencia. En 1999, mientras uno se convertía en el mejor junior del mundo, el otro se hacía profesional. Mientras Roger luchaba por dar el salto definitivo a la élite, Lleyton pisaba el top25 mundial y levantaba la Copa Davis con Australia, tumbando a Francia en su propia casa. Precisamente de esta competición os vengo a hablar.

En septiembre de 2003, hace justo dos décadas, las semifinales de la Copa Davis nos dejaron un cuadro de escándalo: España-Argentina y Australia-Suiza. Hewitt y Federer llegaban a la cita con los 22 años cumplidos y una competencia directa que ya no pasaba inadvertida. Se habían enfrentado en ocho ocasiones –balance de 6-2 a favor de Lleyton– y muy pronto llegaría la novena. Los oceánicos llegaban después de arrasar a Gran Bretaña (4-1) y a Suecia (5-0), nada que ver con el recorrido de sus adversarios. Suiza tuvo que padecer ante Holanda (2-3), donde Federer sumó sus dos puntos individuales, y sufrir contra Francia (2-3), de nuevo con Roger en plan estrella siendo parte de los tres puntos conquistados. El duelo prometía y no defraudó, aunque no todas las quinielas acertaron en su pronóstico.

CUENTAS PENDIENTES

Había algo más en juego que un billete a la final de la Copa Davis, algo que solamente se producía cuando se enfrentaban estas dos naciones. Tras el fallecimiento de Peter Carter –australiano de nacimiento pero entrenador durante muchos años en la federación suiza–, se acordó fundar el Trofeo Memorial Peter Carter, un galardón que se concedía al equipo ganador cada vez que estas dos potencias se enfrentaran en la competición. Aquella semifinal, disputada en Melbourne Park sobre superficie Rebound Ace –inviable jugar en hierba con el vigente campeón de Wimbledon al otro lado– arrancó con un minuto de silencio en conmemoración al técnico trágicamente desaparecido con tan solo 37 años. Aquello era una celebración, pero también una oportunidad de honrar su memoria mediante una victoria. Vamos, que había más presión que de costumbre.

Hewitt abrió la lata ganando el primer punto ante Michal Kratochvil (6-4, 6-4, 6-1). Minutos después, Federer puso las tablas venciendo a Mark Philippoussis (6-3, 6-4, 7-6), exactamente igual que meses atrás en la final de Wimbledon. El doble entró en escena el sábado y allí se decantó la balanza para los locales, con una victoria brutal de Arthurs/Woodbridge ante Federer/Rosset (4-6, 7-6, 5-7, 6-4, 6-4). El gigante Rosset ejercía de capitán-jugador en los tiempos en que todavía se permitía. Con 2-1 se llegó al domingo y el plan no podía ser más emocionante, un Federer-Hewitt con todo en juego, aunque era el helvético quien no podía fallar. Si quería devolver a su país a la final 11 años después, tenía que ganar aquel encuentro por lo civil o por lo criminal.

Y no empezó mal, ganando el primer set por 7-5 y el segundo por 6-2. Incluso dominando claramente el tercer parcial, colocándose 5-3 al saque. Con 30-30 en ese juego, todos dieron por hecho que habría quinto punto, imposible que se le escapara algo tan obvio. Es más, aunque en ese momento fuera impensable, aquel Hewitt de 22 años ya había escrito las mejores páginas de su carrera. Ya había sido campeón del US Open (2001), campeón de Wimbledon (2002) y bicampeón del torneo de maestros (2001, 2002). Ya había estado 80 semanas en el Nº1 del mundo, apartado de la cima por los Andre Agassi, Juan Carlos Ferrero y Andy Roddick. Aquella semana, tras no pasar de cuartos de final en ninguno de los Grand Slams de 2003, aparecía como el Nº7 del ranking. Pero la Copa Davis era otra historia, tenía algo que le motivaba especialmente, hasta el punto de convertirlo en el mismísimo demonio.

Quizá fuera su personalidad, o sus múltiples victorias ante Federer, o quizá fuera la sangre australiana que corría por sus venas. Un país que había levantado la Ensaladera en 27 ocasiones, tal y como Peter Carter le había relatado tantas veces al joven Federer. El suizo soñaba con disputar este torneo en un futuro y, a ser posible, enfrentarse a los australianos en territorio hostil. La vida le había llevado justo a ese punto de encuentro, a dos bolas de cumplir con su objetivo y forzar un quinto punto. ¿Le temblarían las piernas a Philippoussis en el punto definitivo? ¿Podrían Kratochvil o Bastl dar la campanada? Jamás lo supimos.

Con el 30-30, Hewitt mete dos restos que dejan congelado a Roger, que hacen que el estadio se caiga a la misma velocidad que el suizo. Nadie hubiera apostado en aquel momento por Lleyton, ni su capitán John Fitzgerald, ni su pareja Kim Clijsters, ni siquiera los padres de Peter Carter, todos ellos presentes en la grada. “Para Lleyton era importante pelear contra los mejores porque, cuando sentía que peleaba como Rocky Balboa, se mentalizaba de una forma que solo él comprendía. Empezaba a creer que todo era posible: ‘Puedo darle la vuelta a esto, vuelvo a estar fuerte’. Era como Popeye engullendo una lata de espinacas”, comenta quien fuera su entrenador, Roger Rasheed, en el libro MASTER, de Christopher Clarey.

UNA HERIDA PARA SIEMPRE

Aquellos dos restos desembocaron en un tiebreak que fue a parar a manos del tenista de Adelaida, exactamente igual que el cuarto set, donde una rotura fue suficiente para desorientar al suizo. Federer se derrumbó en el quinto asalto, destruido por completo en lo físico y lo mental, incapaz de comprender cómo había sido capaz de desaprovechar aquella ventaja. Cuanto más pequeño se hacía él, más gigante se volvía Lleyton. “Esto es mejor que ganar Wimbledon o el US Open”, declaró el australiano tras consumar una remontada histórica (5-7, 2-6, 7-6, 7-5, 6-1) y sellar la eliminatoria. Dos meses después, tras inclinar a España en la final, le daría la 28ª Copa Davis a su país, aunque esto es otra historia. Volviendo a los hechos, dicen los presentes en aquel vestuario que jamás olvidarán lo que presenciaron. “Nunca había visto a nadie llorar así, nadie se atrevía a decirle nada. Al cabo de un rato me acerqué a él, pero seguía tapándose la cara con las manos”, confesó Georges Deniau sobre Federer, técnico francés integrado en el staff suizo.

Nada quedaba en ese momento del campeón de Wimbledon, una estrella diluida por completo. De nuevo Hewitt le había demostrado que no todo era potencia o técnica, que el talento no solo era jugar bonito. Nueve partidos ante el australiano, siete derrotas. Pero esta dolía más, mucho más. Aquí se había fallado a sí mismo, le había fallado a su equipo, a su país y hasta a Peter Carter. Al fin y al cabo, cada tropiezo que tenía dentro de la pista le llevaba hasta Carts, como él le llamaba. ¿Una de sus derrotas más duras? Sin ninguna duda, además de ser la primera derrota en su carrera después de ganar los dos primeros sets. Luego solamente lo lograrían David Nalbandian (Masters Cup 2005), Jo-Wilfried Tsonga (Wimbledon 2011), Novak Djokovic (US Open 2011) y Kevin Anderson (Wimbledon 2018).

Fue un momento complejo para Federer, alguien con un tenis imparable cuando el viento soplaba a favor, pero al que todavía le faltaba sumar el ingrediente secreto de los campeones: el toque mental. Él sabía que estaba cerca de profundizar en un nivel superior, posiblemente un rango de juego nunca antes visto, y así lo demostró a finales de esa temporada y en todo el lustro posterior. Roger necesitó pasar primero por unos cuantos desencantos –no todos tan amargos como éste– para definir una de sus grandes señas de identidad: la capacidad para recuperarse con rapidez de una decepción, aunque fuera una decepción brutal.

Un último dato. Entre 2004 y 2014, Federer y Hewitt volvieron a enfrentarse en 18 ocasiones, de las cuelas el australiano solo pudo ganar dos. Nadie volvió a hablar de esta rivalidad.