¿Fue Federer un buen jugador en tierra batida?

Pese a tener un palmarés ilustre en cada superficie, mucha gente todavía duda sobre el rendimiento del suizo en arcilla. Hoy contamos la verdad con datos.

Fernando Murciego | 27 May 2023 | 22.30
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Roger Federer en Roland Garros. Fuente: Getty
Roger Federer en Roland Garros. Fuente: Getty

Ahora que está retirado ya no se piensa tanto pero, años atrás, con la llegada de la gira de tierra batida, eran muchos los que se hacían la siguiente pregunta: ¿es Roger Federer uno de los principales candidatos de abril a junio? Posiblemente, los mismos que también se la hagan con Novak Djokovic, aficionados que vean el tablero desvirtuado por la inmensa brecha de palmarés que ha existido entre Rafa Nadal y sus perseguidores, al menos en cuanto a éxito en polvo de ladrillo.

¿Que cuál es mi opinión? Que el suizo era un tipo a tener en cuenta en cualquier lugar, también sobre superficie roja, al menos hasta que empezó a saltársela debido a motivos físicos. De hecho, él se crió jugando en arcilla, aunque luego su estilo se adaptara mejor a condiciones rápidas. Nunca sabremos la cantidad de Roland Garros que tendría en su maleta de no haber coexistido con el extraterrestre de Manacor, pero lo que seguramente no recuerde la gente –algo normal, puesto que nos vamos a ir más veinte años al pasado– es lo duro que fueron los inicios de Federer con la tierra batida en su etapa como profesional. Acompáñenme y lo verán.

Aterrizamos en 1998, temporada en la que Roger apuesta por la transición entre circuitos, tomando una de las decisiones más duras de su carrera: dejar de trabajar con Peter Carter y arrancar una nueva etapa con Peter Lundgren. Aquel cambio dejaría realmente tocado al técnico australiano, que seguiría a distancia la progresión de su pupilo, aceptando resignado que aquel volantazo fue todo un acierto. Pero no fue de la noche a la mañana, no fue en tiempo récord, todo formó parte de un proceso que, en el caso de la tierra batida, se demoró más que sobre el resto de superficies. Bastará un dato para que lo entendáis: Roger Federer perdió los ONCE primeros partidos oficiales que disputo sobre arcilla. Los repasamos.

  • 1998 / Gstaad - Lucas Arnold Ker (6-4, 6-4)
  • 1999 / Montecarlo - Vincent Spadea (7-6, 6-0)
  • 1999 / Roland Garros - Patrick Rafter (5-7, 6-3, 6-0, 6-2)
  • 1999 / Gstaad - Younes El Aynaooui (6-2, 6-3)
  • 1999 / Copa Davis - Christophe Van Garsse (7-5, 3-6, 1-6, 7-5, 6-1)
  • 1999 / Copa Davis - Xavier Malisse (4-6, 6-3, 7-5, 7-6)
  • 2000 / Montecarlo - Jiri Novak (6-1, 2-6, 7-5)
  • 2000 / Barcelona - Sergi Bruguera (6-1, 6-1)
  • 2000 / Roma - Andrei Medvedev (3-6, 6-3, 7-5)
  • 2000 / Hamburgo - Andrei Pavel (6-4, 6-3)
  • 2000 / St.Polten - Markus Hantschk (6-2, 6-1)

Sé que los Federistas estáis sufriendo, ya paro. Esta sangría se cerraría en Roland Garros del año 2000, donde Roger se vengaría ganado tres encuentros y pisando por primera vez los octavos de final de un Grand Slam. Sí, sucedió en tierra batida. Tras superar a Wayne Arthurs, Jan Michael Gambill y Michael Kratochvil, la figura de Àlex Corretja se interpondría en su camino.

  • 2000 / Roland Garros - Wayne Arthurs (7-6, 6-3, 1-6, 6-3)
  • 2000 / Roland Garros - Jan Michael Gambill (7-6, 6-3, 6-3)
  • 2000 / Roland Garros - Michael Kratochvil (7-6, 6-4, 2-6, 6-7, 8-6)
  • 2000 / Roland Garros - Àlex Corretja (7-5, 7-6, 6-2)

Perder mis primeros once partidos en tierra batida fue muy duro. En muchos de ellos estuve a punto de ganar, pero once son once, es una buena cifra”, comentó el suizo con sarcasmo en una entrevista reciente. ¿Y por qué este mal arranque sobre tierra? Difícil de explicar. A sus 18 años, Federer llegó a aquel Roland Garros del 2000 con 29 victorias oficiales, todas ellas en pista dura (24 bajo techo). En hierba la cosa tampoco pintaba mucho mejor (0-2), aunque estarán de acuerdo conmigo que sobre pasto no hace falta abrir ningún debate. Curiosamente, en Roland Garros 2001 daría un paso más, obteniendo sus primeros cuartos de final de Grand Slam. Sí, también sucedió sobre arcilla. Entonces, ¿en qué quedamos?

DERROTAS DOLOROSAS

De esa lista de 0-11, merece la pena estacionar en ciertos capítulos para explicar qué pasó exactamente Por ejemplo, con su debut en Grand Slam, cuando cedió ante Patrick Rafter en Roland Garros 1999. El australiano venía de ganar dos veces el US Open, mientras que Federer, con solo 17 años, fue obsequiado con una WC por haber terminado la temporada como #1 Junior (y por tener un manager francés). El partido se jugó en la Suzanne Lenglen delante de 10.000 personas, un estadio repleto para ver al tercer favorito del cuadro […] Mentira, la gente iba a ver al adolescente. La cuestión es que en aquel momento las reglas decían que si un WC derrotaba a un cabeza de serie, recibía un extra de puntos en el ranking genera. Esto fue lo que puso nervioso al suizo.

Si ganaba a Rafter en un Grand Slam conseguía el doble de puntos. En lugar de 45 puntos me habría llevado 90. ¿Te imaginas lo que supondría eso en mi ranking? Todas estas cosas se te pasan por la cabeza antes del partido”, recuerda el helvético, que recibió un total de diez invitaciones aquella temporada. El potencial que tenía para su edad era brutal, aunque le faltaban muchos ingredientes para alcanzar la cocción deseada. Pese a todo, Federer ganó el primer set ante Rafter, confirmando que si estaba allí era por alguna razón… para luego sumar cinco juegos en los tres siguientes sets. “Siempre he sido un jugador de grandes partidos, pero supe que contra Rafter iba a pasarlo mal, con su saque veloz y mi revés a una mano. Tras el primer set adivinó mi juego y me trituró, Ahí todavía me faltaban recursos para salir de aquellos atolladeros y él era un veterano, sabía perfectamente lo que hacía”, confesó años después.

Otro partido que merece la pena desgranar es el de Roland Garros 2003, hace justo dos décadas. ¿Sabían que Roger Federer solamente perdió en 1R de Grand Slam en seis ocasiones? Pues aquel día fue la última, siendo ya Nº5 del mundo y enfrentándose a Luis Horna, que en aquel momento era Nº88 y jamás había ganado un partido en un major. Y eso que la temporada estaba siendo buena, con segunda semana en el Open de Australia y títulos en Marsella, Dubái y Múnich, además de cuartos de final en Miami o final en Roma. De Roger se decía que había llegado para relevar a Yannick Noah, último jugador de ataque en conquistar París, aunque las cosas no habían salido bien el año anterior, donde Hicham Arazi le bajó a la tierra en el debut. Aquello fue un mensaje de lo mucho que le costaría en su carrera dominar aquel torneo.

Pero volvamos al año 2003 y aquella derrota con Horna (7-6, 6-2, 7-6). Para el que no lo sitúe, este hombre había sido campeón de Roland Garros Junior, aunque nadie pudo imaginar aquel desastre. Federer estaba tenso, pagó la presión del escenario, incluso desperdició una bola de set para ganar el primer parcial. Aquel encuentro lo terminó con 88 errores no forados, muchos de ellos con su derecha. “Quizá tenía que haber gritado o destrozado una raqueta para sacarlo todo”, declaró Lundgren tras el partido, pero el suizo estaba en una etapa de reconversión donde el objetivo era dominar a sus demonios. Antes que auto-destruirse, prefería perder.

Según el propio jugador, la pista Phillipe Chatrier llegó a ser un rival más en aquella época. “No asimilaba las dimensiones, lo notaba en mi campo visual, a veces me hacía sentir inseguro”, subraya el hombre que perdería en 2004 con Gustavo Kuerten en tercera ronda, un tricampeón de Roland Garros venido a menos por aquel entonces. Federer ya era Nº1 del mundo, ya tenía dos Grand Slams en la mochila, pero el sueño de ganar en París haciendo saque y volea resultaba un truco de magia ajeno al mejor mago. ¿Qué necesitaba? Muchas derrotas, mucho aprendizaje y mucha madurez.

Roger sabía que gritar y enfadarse no estaba bien, pero los demás jugadoras no son tontos. ¿Cómo iban a ganarle? No sería jugando a tenis”, apunta Peter Lundgren, el entrenador que le acompañó en sus primeros años como profesional. “Le ganaban desde el plano mental, así terminó aprendiéndolo. Hubo un momento donde se volvió demasiado blando y se dio cuenta de que eso tampoco era bueno, hasta que un día encontró la manera”, resuelve el sueco.

CONCLUSIONES FINALES

Roger Federer no pasó del debut en Roland Garros en tres de sus cinco primeras participaciones. En las otras dos cayó ante Corretja, en octavos y en cuartos respectivamente. Más adelante, entre 2005 y 2015, solamente Ernests Gulbis (2014) fue capaz de dejarle fuera del grupo de los ocho mejores. Claro que habría que hablar de sus múltiples derrotas en la Philippe Chatrier ante Rafa Nadal, cuatro en finales y dos en semifinales. Por supuesto que merece mención aparte su ansiado título en 2009 ante Robin Soderling, logrando cerrar el prestigioso Grand Slam. O el demencial duelo de semifinales de 2011 ante un Novak Djokovic que llegaba invicto tras cinco meses de temporada. ¿Y el día que le cortó la racha de 81-0 a Nadal en aquella mítica final de Hamburgo? Alguno ya no se acordaba, pero sí, fue Roger el responsable. De todo ello podríamos dialogar largo y tendido, pero hoy prefiero centrarme únicamente en sus inicios sobre arcilla.

Con los números en la mano, Roger acabó su carrera con un balance de 73-17 en Roland Garros y de 226-71 (76%) sobre tierra batida. Disputó 19 veces el segundo major del año, saliendo campeón en 2009, única vez que no cruzó con Nadal. Por cierto, ganó el último partido que disputó, ante Dominik Koepfer en cuarta ronda de 2021. En su vitrina aparecen ONCE títulos en polvo de ladrillo: Roland Garros, Hamburgo (4), Madrid (2), Munich, Bastad, Estoril y el último en Estambul 2015. Perdió quince finales en arcilla, pero no ante cualquiera: una con Félix Mantilla (Roma 2003), una con Jiri Novak (Gstaad 2003), una con Stan Wawrinka (Montecarlo 2014), una con Novak Djokovic (Roma 2015) y ONCE con Rafa Nadal.

¿Entonces fue un buen jugador sobre tierra batida? Para mí no fue bueno. Para mí fue uno de los mejores.