Serena Williams, “nobody’s perfect”

Pasados unos días, analizamos varios de sus testimonios para ver cómo su figura ha llegado a ser un icono para la generación actual y para la que está por venir.

Alejandro Ladrero Benito | 13 Sep 2022 | 16.09
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Serena Williams, “nobody’s perfect”. Fuente: Getty.
Serena Williams, “nobody’s perfect”. Fuente: Getty.

El mundo de la raqueta dice adiós a una de sus principales estrellas. Serena Williams se despedía en casa, con los suyos, dejando claro que aún tiene nivel para competir en el circuito WTA, pero desde hace un tiempo, la jugadora tiene otras prioridades. Pasado unos días, y con la situación más calmada y reposada, desgranamos varias de las singularidades que definen a esta personalidad emblemática.

En sus declaraciones, cuando la tenista anunció la retirada, hubo una serie de afirmaciones que exhibían dos particularidades que han acompañado a la deportista. Por ello, este escrito intentará descifrar cuáles son los motivos por los que Serena Williams es, a día de hoy, una referencia a unos niveles que van más allá de la pista. Cabe añadir, por tanto, que la estructura del artículo se realizará con el objetivo de detallar la ambivalencia constitutiva de la pequeña de las Williams para, posteriormente, dar a entender las razones que la ensalzan como icono.

Serena y la perfección

Como decimos, y en base a su testimonio, la ganadora de 23 Grand Slams ha tenido como fijación la búsqueda de la perfección. En cierto modo, la ex número 1 del mundo ejemplifica la paradoja que suele asomar la cabeza cuando abordamos este tema, ya que sólo reconocemos la perfección asegurando que somos sujetos imperfectos: sólo en el error está la solución. Como en aquel final de la obra maestra que es Some Like It Hot (Con faldas y a lo loco), la extenista asegura aquello de: “Nobody’s perfect” (Nadie es perfecto).

“Quiero ser grande (hablando sobre su niñez), quiero ser perfecta. Sé que la perfección no existe, pero nunca quise parar hasta que lo hice bien.” Con estas palabras, Serena recordaba su deseo por accionar de forma recta, por realizar cada acto tal y como debe hacerse. Es curioso, aunque no por ello poco común, que, sin embargo, cuando uno actúa correctamente, las alabanzas se dirijan a suprimir el carácter humano: “lo ha ejecutado como un dios/a” o bien, ensalzando la figura del genio/a: “¿a qué no parece humano/a?”.

Así pues, y con la virtud como bandera, la atleta trabaja bajo un mandato o prerrogativa ética clásica, a saber: “sé capaz de comprender el sentido de la necesidad”. Y, quizá, no hay que tomarse su búsqueda por la excelencia como una exageración o propósito desmedido, sino, justamente, como la evolución, como el crecimiento por el cual superamos nuestra condición biológica para acceder a nuestra condición moral.

Una travesía que tiene como finalidad trascender y transgredir un estado de cosas, además de simbolizar y manifestar una serie de valores y contravalores. Distinción o diferenciación que envuelve al propio sujeto, como si fuera una de sus propiedades, mostrándonos que su intención es la demostrar que: “yo soy yo y mi fama”. Por eso, Serena Williams se dirige a propios y extraños intentando ser cercana a ellos, reconociendo que su condición, a pesar de lo que pueda exhibir, no es demasiado humana, sino, simple y sencillamente, humana.

Serena y la redención

“He cometido muchos errores en mi carrera. Los errores son experiencias de aprendizaje que abrazo en estos momentos. Estoy lejos de ser perfecta, pero también he recibido muchas críticas, y me gustaría pensar que pasé por momentos difíciles como tenista profesional para que la próxima generación pudiera tenerlo más fácil.”

Durante todo su razonamiento y gran parte de su carrera, la estadounidense se movió entre los dos planos. Por un lado, en su afirmación del “yo soy yo y mis circunstancias” y en el otro, como hemos aludido con anterioridad, en el de “yo soy yo y mi fama”.

La distinción entre las circunstancias y la fama es muy clara, ya que las primeras hacen referencia al entorno o contexto en el cual se inserta la norteamericana y la segunda tiene que ver con las reacciones que aparecen derivadas del ejercicio de sus acciones. Debido a esto, y por el número indeterminado de seguidores que ostenta, la dicotomía está más presente que nunca.

Ante esta situación, Serena Williams se ocupa, más bien, en ser lo que parece. Queriendo reabsorber su fama en sus circunstancias sin tener en cuenta que su fama solo se entiende cuando su nombre desborda la especialidad de su profesión­.

Su redención es la de aquel que sabe que su personalidad individual se ha transformado en un canon, presentando la manera en que sus fallos y errores convivirán con ella: “nunca he sido alguien que contenga sus emociones.” De alguna manera, la propia Serena entendía que, por su carácter e imagen, entraba “en tierra de infieles”, por lo que su papel y su estampa estaba muy alejada de las tenistas de época, como la elegante Steffi Graf o la “niña buena del circuito”, Monica Seles.

Y, sobre todo, sabiendo que encarna el paradigma de mujer moderna, negra, tenista y madre. Comprendiendo, en definitiva, que ha hecho de sí misma una imagen: “con los años, espero que la gente llegue a pensar en mí como un símbolo de algo más grande que el tenis”.

Serena y el hecho de ser un icono

De Compton al mundo, Serena Williams siempre anida en dos escenarios, fracturada. Una bilocación que todo sujeto experimenta cuando la línea entre lo público y lo privado empieza a difuminarse.

Siendo exactos, la dualidad que la caracteriza y en la que se reconoce, aunque con ciertos ambages, es la que la formaliza como icono. Un icono fabricado, pues alrededor del tenis existen multitud de industrias y empresas que han hecho de lo mismo lo otro. Es decir, el pasar del simple cuerpo a la imagen (no olvidemos su llamativa vestimenta).

Y es aquí donde la Williams quiere, desde su posición actual, romper, en cierta medida, con tal velo, o sea, manifestar que su identidad personal no quedó destruida en el propio ámbito del icono. Utilizando un término muy usado en la actualidad, diremos que la norteamericana quiere deconstruirse para que su identidad no quede relegada a la práctica deportiva.

Una cuestión crucial, ya que la extenista, con el carácter mediático que sabemos que tiene, destapa el juego de máscaras en el que se ve inversa.

Más bien, y para finalizar, Serena Williams personifica cómo su identidad se ha visto variada según un cambio de lema donde lo importante ya no es el «conviértete en alguien diferente al que eras en el momento de empezar», sino exactamente el contrario: «Conviértete en lo que eres» (be yourself), y hazlo por gusto, desembarazándote en la medida de lo posible de las constricciones, de las empresas y de las autoridades alienantes.

¿Quién dijo que ser un icono fuera a ser fácil?