Radek Štěpánek y lo excéntrico

No dejaba a nadie indiferente. Difícil de categorizar y etiquetar, al checo le gustaba mostrarse distinto. El tenis era su mejor terapia.

Alejandro Ladrero Benito | 2 Aug 2022 | 10.10
facebook twitter whatsapp Comentarios
Radek, genio y figura. Fuente: Getty
Radek, genio y figura. Fuente: Getty

Uno de los mejores puntos en la carrera de Rafael Nadal fue ante Radek Štěpánek. Aquel día, Roma disfrutaba de un buen encuentro entre dos jugadores antagónicos.

El de Karviná salió con las ideas claras, llevando a la práctica lo entrenado. Demostrando una gran maestría en las dejadas, el checo obligaba a Nadal a jugar en su territorio. En su comarca se exhibía con su habitual agilidad, apareciendo en todas las zonas. Si la red es la frontera, al checo le gustaba jugar en el alambre.

En el límite

Esta capacidad para jugar en el límite, en el sector en el cual se delimita el juego, fue su gran cualidad. Felino, escenificaba su temperamento. Un comportamiento peculiar en un jugador de pura acción. Donde se debe ser rápido, el tenista actuaba gracias a una excelente lectura del juego. Acción y reacción, dos momentos de un mismo síntoma.

Intervenía instintivamente como si estuviera pre-programado para la ejecución. Sin tiempo para pensar, Radek parecía parodiar lo que había conseguido. Sus celebraciones así lo ejemplificaban. Steps, tal y como le apodan, decidía sacarse la presión, liberarse. Su tenis no era rebelde, era homeostático.

Debía regularse, sentir que el público era partícipe de su espectáculo. Para él, la cancha era un paraje donde sabía que podía demostrar cómo es en realidad. Autodeterminarse en un albedrío. Jugando en la divisoria llevaba, en algunas ocasiones, al límite a su oponente que no era capaz de entender el porqué de sus gestos. Unos ademanes auspiciados, como decimos, por los márgenes. La red es un instrumento que condiciona las conductas más de lo que podemos imaginar.

Su excentricidad

Su estilo rebosa talento. Poseía una delicadeza en su muñeca que parecía no casar con su imagen. Su indumentaria y raqueta (durante un tiempo de su carrera) aparentaban lo que él mismo quería. Buscaba la mirada, la complicidad. Tenis de autor.

Identificaba a la pista con su propia imagen, creativo y voraz, le gustaban las grandes citas. El poder ser la sorpresa. Un soñador que presentaba un juego de otra época. Le faltaba un gran golpe, pero disfrutaba de un gran repertorio.

El gusano, tal y como se le conocía, no dejaba a nadie indiferente. Se abría en la pista, florecía en ella. Por ello, contemplábamos a un jugador dual, de polos opuestos. Maniqueo, o lo amabas o lo detestabas.

Por ello, y a través de estos artículos, podemos centrarnos en otras partes de este deporte de raqueta. Hablamos de cualidades por las que uno destaca más allá de su hacer técnico.

Sin duda, estamos ante un tenista excéntrico. No entendía de cotas ni de imposiciones (más allá de las que él se proponía). No encajaba en los patrones habituales, en los más comunes.

Una extravagancia que ha sido criticada, ya que, para muchos, puede tener como objetivo la llamada de atención. Y puede que así lo fuera, pero no es fácil obtener la atención y conseguir mantenerla. Hipnótico, la pista era su diván.

Hasta cierto punto, la excentricidad produce una extrañeza en aquel que visiona. Excediendo toda comprensión, lo excéntrico atrae a la vez que repele. Compleja situación, pues no vale con señalar deícticamente, no vale con una valoración in recto.

Sin ser simple el tenis, ver a Radek era ver a un individuo que no entendía vivir sin la competición. Le gustaba fluir, a su ritmo, sin deudas y sin reparos. Descentrado y desalineado, en su frontera, donde sólo algunos pocos se sienten cómodos, él moraba, coexistía para no caer en el olvido. Este es nuestro pequeño homenaje a un hombre indómito que vive del recuerdo.