Facundo Lugones, el hombre que dejó de lado la economía por el tenis

Cuando Norrie pidió que le acompañase en su andadura profesional, allá por 2017, jamás imaginó ser nombrado el Mejor Entrenador del Año. Esta es su historia.

Facundo Lugones festeja junto a Cameron Norrie tras ganar en Indian Wells. Fuente: Getty
Facundo Lugones festeja junto a Cameron Norrie tras ganar en Indian Wells. Fuente: Getty

Muchos habrán quedado sorprendidos tras el anuncio que la ATP llevó a cabo esta misma tarde. La organización del tenis masculino le otorgaba el premio de Mejor Entrenador del Año a un tipo que nunca ha sido fanático de los focos, un hombre que ha visto recompensadas la lealtad, el esfuerzo y la ética de trabajo. Facundo Lugones se ha convertido en uno de los nombres propios de la temporada, el arquitecto de Cameron Norrie, un jugador que ha florecido durante el 2021 y que ha roto todas las expectativas puestas sobre él. El argentino se lleva un reconocimiento que hace justicia al brutal crecimiento del británico, aunque admite en declaraciones a la ATP que jamás pensó que optaría a ganar un galardón así.

A Cameron lo llama "pollo", cariñosamente. No es un mal apelativo para un tipo con muelles en las piernas, que confunde a sus rivales, que les hace estar perdidos en la pista para luego quitarles su lugar a base de dentelladas silenciosas. Su juego, heterodoxo y difícil de resolver si no tienes un día excelso, le ha servido para firmar un registro de 52-25, además de conseguir su primer título en el circuito, debutar en las ATP Finals y colarse dentro de los 15 mejores del mundo. Pero antes de que todo esto llegase, la historia conjunta de Facundo y Cameron comienza en el college estadounidense, concretamente en la Texas Christian University. Allí, Lugones era uno más del equipo de tenis, si bien la diferencia de edad le hizo finalizar el programa deportivo antes que Norrie. A Facundo aún le quedaba un año para terminar su carrera, la de Economía, mientras en el horizonte podía ver nuevos objetivos formándose.

"Estaba en la carrera de Economía y mi objetivo era trabajar en el mundo de las finanzas, en un banco o algo así. Debido a que aún me quedaba otro año de clases sin poder jugar, empecé a ayudar al equipo como entrenador voluntario. Esa experiencia me encantó, así que empecé a trabajar como entrenador en un club de tenis mientras ayudaba al equipo de la universidad. Allí, los entrenadores me animaban a que le diese una oportunidad a ser entrenador. Me encantaba, mejoraba cada vez más. Pensaba que quizás podría hacerme una carrera en ese puesto, y fue entonces cuando Cam me ofreció empezar a viajar con él. Tanto él como sus entrenadores vieron algo en mí y pensaron que podría hacerlo bien, así que me dejé llevar y acepté", recuerda el argentino.

A partir de ahí, la pasión por el mundo del tenis y los banquillos se intensificó, se hizo tan fuerte que eclipsó todo lo demás. Lugones acabó dejando de lado el mundo de la economía, porque sabía que su lugar estaba cerca de las pistas. "Disfrutaba mi carrera de Economía, me lo pasaba bien, pero no sentía pasión. Empecé a pensar que si mejoraba en el banquillo, si me hacía bueno, tenía la posibilidad de trabajar haciendo algo que realmente amaba. Todo se redujo a una cuestión: ¿qué te gusta más, el tenis o las finanzas? Vas a necesitar hacer tu propio camino y buscar maneras de que te paguen bien, pero cuando todo se reducía a eso, pero al fin y al cabo todo se reducía a lo que me gustase más, y ahí no había color".

Un premio inesperado

La progresión de Norrie ha sido gradual a la par que silenciosa. A pesar de su excéntrico background, el tenista británico no es alguien que destaque por sus comentarios o acciones fuera de la pista. Es el ejemplo perfecto del jugador que maximiza sus recursos al límite y que, además, es capaz de hacer que su rival no pueda utilizar sus propios recursos. Una capacidad física a prueba de balas, desplazamientos explosivos y una tremenda disparidad entre sus dos alas (revés increíblemente plano, raso, que pasa por muy poca distancia por encima de la pista; derecha liftada, con mucho pique, que en tierra se convierte en un arma incomodísima para el rival) han hecho que Norrie sea uno de los nombres del año. Y nada de eso existiría sin la mano derecha y el pincel de Lugones, que a pesar de ello, jamás imaginó que optaría a ser nombrado como el mejor coach.

"Es surrealista, jamás pensé que podría ganar este premio, pero ahí está la belleza del deporte: todo puede ocurrir. Sobre todo, quiero agradecer a Cam por ser un auténtico animal y sobrevivir en todos esos partidos durísimos que, al fin y al cabo, son los que han hecho que pueda llevarme este premio. Nos vemos en el próximo año", avisa un Lugones hambriento, con ganas de ver si su pupilo puede dar el salto al siguiente nivel. Ya saben: por trabajo no será.

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