Richard Gasquet, Monte-Carlo y la belleza

El juego del galo encontró en Monte-Carlo el primer lugar en el que brillar. Un tenis estético que se quedó en menos de lo que parecía

Richard Gasquet, en Monte-Carlo 2005. Fuente: Getty
Richard Gasquet, en Monte-Carlo 2005. Fuente: Getty

Monte-Carlo es sinónimo de fotos preciosas. Sinónimo de costa, mar y ese cielo inmaculado que baña la Costa Azul. Es sinónimo de yates y grandes barcos, de gente de renta alta. Es uno de los enclaves más cercanos a la definición de "paraíso" dentro de la vieja Europa. Monte-Carlo también es, sin embargo, la capital de un pequeño principado, a la sombra de una de las mayores potencias históricas. Es, para muchos, un lugar de gente que pretende y aparenta. De casinos, de tributación laxa y de una población poco unida, mezcla de grandes estrellas que allí tributan con el dudoso porcentaje de monegascos.

Si Richard Gasquet fuese un lugar, sería Monte-Carlo. Lo sería porque en un pequeño vistazo quedarías absolutamente fascinado por lo que ves. Inmediatamente desearías vivir allí. Al cabo del tiempo, te das cuenta de que igual no merece tanto la pena, de que se te queda chico y de que no es tu ambiente. Algo parecido ha pasado con la carrera de uno de los grandes prodigios del último siglo, que no ha cumplido con las desmedidas expectativas que generó en un principio.

Y todo comenzó en Monte-Carlo. Como si el destino guardase ese macabro guiño para hacer esta improvisada conexión. "Era un niño. Recuerdo que me dieron una invitación y que viajé con mi madre y con mi padre hacia allí. Nunca hubiese imaginado ganar a Squillari y jugar ante Safin. Fue un sueño, era mi sueño jugar al tenis y hacerlo ahí". Era su primera victoria ATP, con solo 15 años. Era el año 2002; 16 después, Gasquet consiguió su victoria número 500 también en el Principado. Cerrando el círculo, claro.

Entre medias, el tenista de Beziers dejó una actuación para el recuerdo que acrecienta la sensación de "lo que pudo ser y no fue". No me confundan: la trayectoria del francés es absolutamente envidiable, digna de un magnífico jugador y poseedora de una longevidad y regularidad más que meritorias. Pero en el año 2005, tres años después de su primera aparición, Richard enfrentó a Federer y a Nadal de forma consecutiva y miró, feroz, a los ojos de los dos. "Una estrella ha nacido", dijo el comentarista tras su victoria ante Roger en cuartos. "Nadal se impone en el primero de muchos clásicos", tituló Eurosport tras las semifinales, como si lo que acabasen de presenciar fuese un indicativo directo de éxito y élite.

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Realmente lo parecía. Gasquet tenía 18 años y todo para triunfar. Era la esperanza que el tenis francés ansiaba y parecía tener esa mezcla de carácter y juego preciosista que por allí enamora. Venía de ganar dos Challengers seguidos, al borde del top-100 y tratando de dejar atrás algunas molestias. En Monte-Carlo explotó con la misma virulencia que sus reveses paralelos. Sus golpes de fondo tenían auténtico veneno, y lo más importante: tenía 18 años. Aquello prometía ser la primera exhibición de muchas.

Ante Roger, Richie salvó bolas de partido y cerró el encuentro con un passing de revés paralelo descomunal. Era un Federer que, para poner en contexto, solo perdió 4 partidos en toda la temporada. 4. Safin, Gasquet, Nadal y Nalbandián fueron los únicos capaces de derrocarlo aquella temporada. Al día siguiente, el más difícil todavía: Rafael Nadal, el joven al que Coria ya había llamado "el mejor jugador sobre tierra batida del mundo" antes de llegar a la final y con el que solo se llevaba dos semanas.

Debía ser la primera de muchas batallas, ¿no? Era el destino, dos carreras entrelazadas que debían pelear por el trono en el futuro. Richard era joven y alocado, y mostraba unos niveles de agresividad que pocas veces hemos visto en su carrera. Su objetivo era comerse los segundos saques de Nadal, impactar la bola con la mayor fuerza posible. Bien plantado de piernas en el fondo de la pista, su revés repartía juego. Primer set y break arriba en el segundo. Ah, y solo 18 años. ¿Lo había dicho ya?

Lamentablemente, aquel nivel irreal de juego no pudo sostenerse ante el enorme desgaste físico con el que cargaba Richard. Rafa se impuso, pero Gasquet se llevó el aplauso. Y merecido. Tiempo después, entre sanciones por supuesto dopaje, molestias físicas de cuando en cuando y una estrategia en pista dudosa, la estrella de Gasquet siguió brillando pero a una intensidad mucho menor de lo que todos llegamos a vislumbrar algún día. En sus vitrinas no hay Masters 1000, ni tan siquiera ATP 500. Ni hablar de Grand Slams. Pero si algo es cierto es que todos lo recordaremos. Ese revés, uno de los más elegantes y virtuosos de la historia de este deporte, se quedará en nuestras retinas como si de un flash fotográfico se tratase.

Porque Gasquet es belleza y la belleza no puede ser perfecta. Y, con todas sus imperfecciones, hay que abrazarla sin pensar en lo que pudo ser. Mientras tanto... siempre nos quedará Monte-Carlo.

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