Stefan Edberg: la leyenda se empezaba a forjar hace 30 años

Se cumplen tres décadas desde que la ciudad italiana de Milán fuese testigo del primer gran éxito profesional de Stefan Edberg

¿Cuántas veces vamos a leer que Edberg consiguió su primer gran éxito aquí en Milán? Escribía un admirado Rino Tommasi, cronista de la final disputada en la ciudad lombarda. Muchas, muchísimas. Esta, es una más.

Aquél 25 de marzo de 1984, el joven sueco de 18 años escribía la primera página de una historia plagada de éxitos. Tras una semana perfecta, en la que sólo había cedido un break en cuatro partidos, derrotó con contundencia a su compatriota Mats Wilander y levantó la Cuore Cup, su primer trofeo como profesional.

El prólogo, se había escrito un año antes. En 1983, Edberg se convertía en el primer junior en completar el Grand Slam, al ganar consecutivamente los cuatro grandes. Pero la mala suerte estuvo a punto de transformar tan magnífico preludio en un precipitado desenlace: en plena final del US Open contra el australiano Simon Youl, Stefan fallaba clamorosamente al ejecutar un servicio y la bola impactaba en la ingle del juez de línea Richard Wertheim. Como consecuencia del golpe, Wertheim caía desplomado y se golpeaba la cabeza contra el cemento de Flushing Meadows. El resultado de tan fatídico episodio no pudo ser peor: el línea, de 61 años, murió y Edberg, completamente abatido, estuvo a punto de retirarse del tenis.

Afortunadamente, el joven nacido en 1966 en la localidad de Västervik, superó el duro trance, y siguió labrándose una carrera en la que, además de por su fino y estiloso juego, destacaría por su gran caballerosidad. De hecho, el premio a la deportividad que la ATP concede anualmente fue rebautizado con su nombre en 1996, pasando a denominarse Stefan Edberg Sportmanship Award.

Edberg fue uno de los máximos exponentes del, ya casi extinto, juego de saque y volea. Dotado de un gran revés a una mano, tenía su talón de Aquiles en un golpe de derecha que, con el tiempo, mejoraría notablemente. Pero era en las inmediaciones de la red donde el sueco se movía como pez en el agua; en esa zona desplegaba su inagotable repertorio de voleas, que ejecutaba con inusitada facilidad, ganando un punto tras otro.

En una carrera que se prolongó durante doce años, Edberg disputó 1079 encuentros individuales, cayendo derrotado sólo en 270 ocasiones, estuvo 72 semanas como número uno mundial y se alzó con 42 títulos ATP. Entre ellos, 6 Grand Slam: Australian Open 85 y 87, Wimbledon 88 y 90 y US Open 91 y 92. La tierra batida de Roland Garros se le resistió, pese a que alcanzó la final en 1989.

En su palmarés, figuran además 4 Copas Davis, el oro olímpico en Los Ángeles 84, cuando el tenis aún era deporte de exhibición, y el bronce en Seúl 88.

También fue un estupendo doblista. No en vano, es, junto a John McEnroe, el único capaz de ser número uno del mundo en ambas disciplinas. Formando pareja con su compatriota Anders Jarryd, se colgó el bronce en Seúl 88 y ganó además otros 18 torneos, incluidos 3 de Grand Slam (Australian Open 87 y US Open 87, junto al propio Jarryd, y Australian Open 96, junto a Petr Korda).

Representando a su país, disputó la Copa Davis entre 1984 y 1996 de forma ininterrumpida, alcanzando la final hasta en 7 ocasiones. Y qué mejor evento que ese para poner fin a su carrera deportiva.

Edberg ya había anunciado en enero de 1996, al comenzar la temporada, que ese iba a ser su último año como profesional. Los 25 torneos que jugó aquél año se convirtieron en un homenaje tras otro hasta llegar a Malmoe, donde, integrando el equipo sueco, esperaba poner frente a Francia el gran colofón a su trayectoria.

No pudo ser. Stefan se despidió de su público cayendo en tres sets contra Cédric Pioline y lesionado en un tobillo. El partido final, el que decidiría qué nación conquistaba la ensaladera, lo disputó Nicklas Kulti en su lugar y cayó del lado francés en un apretadísimo quinto set.

Un final un tanto cruel para este finísimo estilista de la raqueta, cuya silueta ha sido inmortalizada por el Open de Australia en su logotipo oficial.

Atrás quedaban los míticos duelos con figuras de la talla de Yannick Noah, Ivan Lendl, John McEnroe o Pat Kash, entre muchos otros. Atrás quedaba esa oportunidad perdida de ganar en París, donde la irrupción de un jovencísimo Michael Chang le privaba de completar el Grand Slam. Pero, sobre todo, atrás quedaban las magníficas batallas que libró con Boris Becker, su particular bestia negra, sobre el césped londinense.

Bastante introvertido, poco amante del Star-system, apenas dejaba entrever detalles de su vida privada. Se casó con una antigua novia de Mats Wilander, Annette Olsen, en Abril de 1992 y de su relación nacieron dos hijos, Emilie y Cristopher.

Tras su retirada, Stefan emprendió diversos negocios inmobiliarios y fundó junto al propio Wilander una escuela de tenis en la localidad natal de éste, Vaxjö. Adidas, la marca de ropa deportiva que le vistió durante gran parte de su carrera, lo nombró su embajador mundial y durante varios años se prodigó en partidos de exhibición junto a otras grandes figuras de la raqueta.

Era en los últimos días de 2012 cuando Edberg recuperaba el protagonismo perdido en los medios. Roger Federer anunciaba la incorporación del sueco a su staff técnico y la noticia corría como la pólvora por los mentideros tenísticos. ¿Quién mejor que Edberg, su ídolo de juventud, para asesorar al suizo?

De número uno, a número uno; de súper clase a súper clase; de gentleman a gentleman. El único jugador que supera a Edberg en caballerosidad, a criterio de la ATP, es Roger Federer, ganador en 9 ocasiones del trofeo honorífico que lleva el nombre de su nuevo entrenador.

La relación profesional no ha tardado en dar sus frutos. Federer ha recuperado gran parte de la confianza perdida, juega más suelto, más agresivo y sube a la red con frecuencia. Las dudas han quedado a un lado; el gran Federer está de vuelta y más vivo que nunca. ¿Mérito de Eberg? Seguramente. Al menos, en gran medida.

Treinta años después de aquél triunfo sobre la moqueta milanesa, Stefan Edberg sigue impartiendo lecciones de tenis, aunque sea desde el banquillo. En las pistas, muchos echamos de menos ese tenis tan vistoso, tan rápido, tan…. tan de otro tiempo.

Comentarios recientes